lunes, 18 de octubre de 2010


Del comunismo universitario a defensor del liberalismo



Valedor del régimen cubano, se distanció de él por la encarcelación de disidentes y llegó a declararse admirador de Margaret Thatcher 

08 de octubre de 2010
Mario Vargas Llosa representa el tipo de escritor al que se ha llamado comprometido siguiendo la estela de Jean-Paul Sartre. Es una figura muy del siglo XX, cuando aún se creía que los intelectuales estaban más cerca de la verdad por su mejor preparación, y se subían al estrado en sentido real o figurado aunque luego cometieran errores garrafales, como su tozudo apoyo a dictaduras por lo general de signo comunista.
Como hoy cada uno cree tener sus propias opiniones, igual de válidas que las de los otros, su poder de influencia ha disminuido, si no desaparecido. Pero hay algunos que insisten, Vargas Llosa entre ellos, tanto que llegó a presentarse en 1990 a la presidencia de su país natal, Perú. Enfrente tuvo al 'chinito' Alberto Fujimori, cuyo populismo derrotó el discurso más elitista del escritor, que antes y después ha tenido un largo recorrido político, desde el marxismo a posiciones afines al liberalismo clásico.
Mientras estudiaba en la Universidad San Marcos de Lima, en 1954, participó en la una célula estudiantil del Partido Comunista Peruano, entonces en la clandestinidad. Año y medio más tarde se afilió al Partido Demócrata Cristiano hasta que lo dejó en 1960 por su tibieza a la hora de apoyar la revolución cubana.
Su estancia en París determinó un nuevo giro a la izquierda. Allí se encontró con Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, muy cercano al régimen de Castro. Vargas Llosa escribió reportajes sobre la nueva situación cubana y participó como miembro del jurado de premios oficiales, como el Casa de las Américas. Pero fue el primero en distanciarse del castrismo, cuando detuvieron en 1971 al disidente Heberto Padilla.
A partir de ese momento comenzó su viaje al liberalismo, luego realizado por muchos otros intelectuales. Cambió a Sartre, ídolo de su juventud, por Albert Camus, e integró en su panteón ideológico al economista Friedrich Hayek y a los filósofos Karl Popper e Isaiah Berlin, ambos muy críticos con el totalitarismo, y el segundo también con el nacionalismo.

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