domingo, 27 de enero de 2013


Alumbramiento en agosto

27 de enero de 2013
Fuente La República
Escribe Mario Vargas llosa

Sólo hay un placer más grande que leer una obra maestra y es releerla.  William Faulkner escribió Light in August  en seis meses, entre agosto de 1931 y febrero de 1932 y sólo hizo unas pocas enmiendas al corregir las pruebas, algo que maravilla dada la complejidad de la estructura y la perfección de la prosa con que está escrita la novela, sin un solo desfallecimiento de principio a fin. Se ha traducido al español como Luz de agosto pero, ahora que acabo de leerla de nuevo luego de dos o tres décadas, tiendo a dar la razón a quienes piensan que acaso hubiera sido más justo llamarla en nuestro idioma Alumbramiento en agosto.
Porque el nacimiento del niño de Lena Grove y el borrachín, vago y canallita Lucas Burch, que ocurre en el corazón del verano sureño y que trae al mundo con sus manos el reverendo Hightower, es un hecho central del que arrancan o con el que coinciden hechos capitales de la historia, una de las más deslumbrantes y violentas de la saga de Yoknapatawpha County. El mundo al que viene a habitar esta desamparada criatura, pese a estar como en los márgenes de la civilización, una tierra pobre, antigua, aislada y salvaje, se parece mucho al de nuestros días, porque está devastado como el de hoy por el fanatismo religioso, los prejuicios raciales, el despotismo y una falta de solidaridad que hace vivir a los seres humanos en el miedo y la soledad y los empuja a menudo a la locura.
No son la política ni la codicia lo que más envenena la vida de las gentes en la sociedad donde el mulato Joe Christmas padece la maldad de los otros e inflige la suya a los demás, sobre todo a las mujeres, sino la religión. Es verdad que Christmas no muere asesinado y castrado por un pastor sino por el ultranacionalista y patriota Percy Grimm, convencido de que “la raza blanca es superior a todas las otras y la de América superior a todas las otras razas blancas”, pero igual hubiera podido asesinarlo y castrarlo su propio abuelo, el viejo Doc Hines, que iba a predicar a las iglesias de la gente de color sus convicciones racistas y, en vez de ser linchado por ellas, fue respetado y alimentado por los negros asustadizos y reverentes que lo escuchaban y le creían. La esclavitud ha sido abolida en el condado, pero no la mentalidad que la sostenía y que sigue vigente, en las costumbres, en el lenguaje cotidiano, en el desprecio y la marginación de los blancos –sobre todo de las blancas– que socializan con los negros como si fueran seres humanos, y los linchamientos a quienes osan transgredir las invisibles pero estrictas fronteras raciales que regulan la vida.
El padre adoptivo de Joe Christmas, que lo rescata del orfanato donde lo abandonó el abuelo, el fanático Mr. McEachern, le hace aprender el catecismo a latigazos y quiere, además, inculcarle que Dios creó a la mujer –esa Jezabel– para tentar al hombre, hacerlo pecar y condenarse al infierno, una idea generalizada entre los pobladores de Jefferson, la capital del condado, de la que participa incluso uno de los personajes menos repelentes del lugar, el reverendo Hightower, quien trata por todos los medios de impedir que el buenazo de Byron Bunch se case con la madre soltera (en otras palabras, pecadora) Lena Grove. El horror a las mujeres del extraordinario Hightower, que, antes de ser expulsado de la parroquia presbiteriana que regentaba, solía mezclar en sus sermones las alegorías bíblicas con una carga de caballería en la que participó su abuelo durante la guerra civil, se acentuó con su matrimonio: estuvo casado con una mujer que se escapaba los fines de semana a Memphis para prostituirse y terminó suicidándose.
Al igual que la religión, el sexo es en el mundo puritano de Faulkner algo que atrae y espanta al mismo tiempo, una manera de desfogarse de ciertos humores destructivos que turban la conciencia, de ejercer el dominio y la fuerza contra el más débil, de abandonarse al instinto con la brutalidad ciega de los animales en celo. Nadie goza haciendo el amor, nadie siente el sexo como una manera de enriquecer la relación con su pareja y vivir así una experiencia que exalta el cuerpo y el espíritu. Por el contrario, al igual que Joe Christmas, que hace pagar en la cama a las mujeres que se acuestan con él las humillaciones y vejaciones que ha recibido y el rencor que tiene empozado en el alma, el ayuntamiento sexual es en este mundo de fornicantes reprimidos y tortuosos, una manera de vengarse, de hacer sufrir al otro, de inmolarse en la vergüenza y en la culpa. Cuando Percy Grimm lleva a cabo la mutilación del mulato, simbólicamente se auto mutila, que es lo que, en el fondo sucio de sus corazones, quisieran hacer todos esos puritanos de Yoknapatawpha horrorizados de tener urgencias sexuales y convencidos de que por ellas arderán por la eternidad.
¿Por qué nos hechiza de esta manera un mundo en el que hay tanta gente malvada y estúpida que usa la religión para justificar sus inclinaciones perversas y sus taras y prejuicios? Es verdad que, entre esa muchedumbre de pobres diablos despreciables, aparecen también algunas personas sanas y bien intencionadas, como Byron Bunch o la propia Lena Grove, pero incluso ellas parecen ser buenas gentes más por cándidas o tontas que por generosidad, convicción y principios. La fugaz aparición del cultivado Gavin Stevens, héroe de tantas aventuras y desventuras de la saga faulkneriana, reconcilia al lector por un momento con esa fauna  de seres tan horribles.
¿Por qué el hechizo, pues? Porque el genio de Faulkner, como el de Dostoievski, a quien tanto se parece en sus obsesiones y en la creación de personajes desorbitados, ha sido capaz de construir una historia, en la que se muestra sobre todo la dimensión más siniestra y vil de la condición humana, con tanta astucia, sabiduría y elegancia que, en ella, esta valencia estética, su belleza verbal, la sutileza con que se silencian ciertos datos para infundirles ambigüedad y misterio, la sabia reconstitución del tiempo, el escudriñamiento acerado de los laberintos psicológicos que mueven las conductas, redimen y justifican el horror de lo que se cuenta. Y generan la tensión, el alelamiento, las intensas emociones y el trance psíquico que experimenta el lector. Esas son las magias y milagros de la gran literatura. De ese baño de mugre salimos conmovidos, turbados, sensibilizados y mejor instruidos sobre lo que somos y hacemos. Ahora bien,  ¿de veras somos así, esas basuras ambulantes? ¿Es la vida esa cosa tan terrible? No exactamente. Esa es sólo una parte de la verdad humana, que ha servido de materia prima al que cuenta para fantasear una mitología sesgada y soberbia de la vida. Hay otra, felizmente, que no aparece en esa radiografía parcial y mítica concebida con tanto maquiavelismo y destreza por el gran novelista norteamericano.  
La literatura no documenta la realidad, la transforma y adultera para completarla, añadiéndole aquello que, en la vida vivida, sólo se experimenta gracias al sueño, los deseos y a la fantasía. Pero el pesimismo de Faulkner nunca se aleja demasiado de lo real. El Sur Profundo no es hoy lo que era cuando él lo vivió. Hoy mismo, Barack Obama, un Presidente negro, juramenta por segunda vez en Washington en el día en que todo Estados Unidos recuerda a Martin Luther King como un héroe nacional indiscutido. Los prejuicios raciales, aunque no hayan desaparecido, tienden a declinar, y, al igual que la discriminación de la mujer, se enmascaran y disimulan porque hay una moral y una legalidad que los rechazan. En este sentido, la sociedad norteamericana ha avanzado más rápido que otras, que progresan a paso de tortuga, o retroceden.
Pero el mundo de nuestros días sigue siendo faulkneriano en lo que concierne a la religión. En los grandes centros de la civilización occidental, como la propia sociedad estadounidense, la religión sirve todavía de refugio a fanáticos e intolerantes que quisieran detener la historia y hacerla regresar al oscurantismo, aboliendo a Darwin y reemplazando la teoría de la evolución por el “diseño inteligente divino”, y no se diga en otras regiones del mundo, como Israel o los países musulmanes, donde, en nombre de un Dios justiciero e implacable como el que truena a través de las bocas de los pastores en las iglesias de Jefferson, se justifican los despojos territoriales, la discriminación de la mujer y de las minorías sexuales y hasta los asesinatos y torturas de los adversarios. En The New York Times de esta mañana leo la historia, en Afganistán, de una jovencita de 16 años que por rehusar casarse con el viejo que la negoció con su padre, luce la cara desfigurada a cuchillazos por su hermano mayor, que de esta manera lavó el honor de la familia. La nota añade que en los últimos meses varias decenas de jóvenes afganas han sido asesinadas o mutiladas por sus propios padres o hermanos por razones parecidas.
Ochenta años después de publicada Light in August, buena parte del mundo se empeña todavía en parecerse a la pequeña sociedad apocalíptica de verdugos, víctimas y desquiciados mentales que Faulkner fantaseó en esta formidable novela. 


sábado, 19 de enero de 2013


Apogeo y Decadencia de occidente

13 de enero de 2013
Fuente La República
Escribe: Mario Vargas Llosa


En su ambicioso libro Civilización: Occidente y el resto, Niall Ferguson expone las razones por las que, a su juicio, la cultura occidental aventajó a todas las otras y durante quinientos años tuvo un papel hegemónico en el mundo, contagiando a las demás con parte de sus usos, métodos de producir riqueza, instituciones y costumbres. Y, también, por qué ha ido luego perdiendo brío y liderazgo de manera paulatina al punto de que no se puede descartar que en un futuro previsible sea desplazada por la pujante Asia de nuestros días encabezada por China.
Seis son, según el profesor de Harvard, las razones que instauraron aquel predominio: la competencia que atizó la fragmentación de Europa en tantos países independientes; la revolución científica, pues todos los grandes logros en matemáticas, astronomía, física, química y biología a partir del siglo XVII fueron europeos; el imperio de la ley y el gobierno representativo basado en el derecho de propiedad surgido en el mundo anglosajón; la medicina moderna y su prodigioso avance en Europa y Estados Unidos; la sociedad de consumo y la irresistible demanda de bienes que aceleró de manera vertiginosa el desarrollo industrial; y, sobre todo, la ética del trabajo que, tal como lo describió Max Weber, dio al capitalismo en el ámbito protestante unas normas severas, estables y eficientes que combinaban el tesón, la disciplina y la austeridad con el ahorro, la práctica religiosa y el ejercicio de la libertad.
El libro es erudito y a la vez ameno, aunque no excesivamente imparcial, pues privilegia los aportes anglosajones y, por ejemplo, ningunea a los franceses, y acaso sobrevalora los efectos positivos de la reforma protestante sobre los católicos y los laicos en el progreso económico y cívico del Occidente. Pero tiene muchos aspectos originales, como su tesis según la cual la difusión de la forma de vestir occidental por todo el mundo fue inseparable de la expansión de un modo de vida y de unos valores y modas que han ido homogenizando al planeta y propulsando la globalización. Por eso, con argumentos muy convincentes Niall Ferguson sostiene que la promoción del pañuelo y el velo islámicos no es una moda más, sino forma parte de una agenda cuyo objetivo último es limitar los derechos de la mujer y conquistar una cabecera de playa para la instauración de la sharia. Así ocurrió en Irán tras la Revolución de 1979 cuando los ayatolás emprendieron la campaña indumentaria contra lo que llamaban la “occidentoxicación” y así comienza a ocurrir ahora en Turquía, aunque de manera más lenta y solapada.
Ferguson defiende la civilización occidental sin complejos ni reticencias pero es muy consciente del legado siniestro que también constituye parte de ella –la Inquisición, el nazismo, el fascismo,  el comunismo y el antisemitismo, por ejemplo–, pero algunas de sus convicciones son difíciles de compartir. Entre ellas la de que el imperialismo y el colonialismo, haciendo las sumas y las restas, y sin atenuar para nada las matanzas, saqueos, atropellos y destrucción de pueblos primitivos que causaron, fueron más positivos que negativos pues hicieron retroceder la superstición, prácticas y creencias bárbaras e impulsaron procesos de modernización. Tal vez esto valga para algunas regiones específicas y ciertos tipos de colonización, como los que experimentó la India, pero difícilmente sería válido en el caso de otros países, digamos del Congo, cuya anarquía y disgregación crónicas derivan en gran parte de la ferocidad de la explotación y del genocidio de sus comunidades que impuso el colonialismo belga.
El libro dedica muchas páginas a describir la fascinante transformación de la China colectivista y maoísta del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural de Mao Tse-tung a la que impulsó Deng Xiaoping, la de un capitalismo a marchas forzadas, abriendo mercados, estimulando las inversiones extranjeras y la competencia industrial, permitiendo el crecimiento de un sector económico no público y de la propiedad privada, pero conservando el autoritarismo político. Al igual que la Inglaterra de la Revolución Industrial que estudió Max Weber, el profesor Ferguson destaca el poco conocido papel que ha desempeñado también en China, a la vez que su economía se disparaba y batía todos los récords históricos de progreso estadístico, el desarrollo del cristianismo, en especial el de las iglesias protestantes. Las cifras que muestra en el caso concreto de la ciudad de Wenzhou, provincia de Zhejiang, la más emprendedora de China, son impresionantes. Hace treinta años había una treintena de iglesias protestantes y ahora hay 1.339 aprobadas por el gobierno (y muchas otras no reconocidas). Llamada “la Jerusalén china”, en Wenzhou buen número de empresarios emergentes asumen abiertamente su condición de cristianos reformados y la asocian estrechamente a su trabajo. La entrevista que celebra Ferguson con uno de estos prósperos “jefes cristianos” de Wenzhou, llamado Hanping Zhang, uno de los mayores fabricantes de bolígrafos y estilográficas del mundo, es sumamente instructiva.
Aunque no lo dice explícitamente, todo el contenido de Civilización: Occidente y el resto deja entrever la idea de que el formidable progreso económico de China irá abriendo el camino a la democracia política, pues, sin la diversidad, la libre investigación científica y técnica y la permanente renovación de cuadros y equipos que ella estimula, su crecimiento se estancaría y, como ha ocurrido con todos los grandes imperios no occidentales del pasado –Ferguson ofrece una apasionante síntesis de esa constante histórica–, se desplomaría. Si eso ocurre, el liderazgo que la civilización occidental ha tenido por cinco siglos habrá terminado y en lo sucesivo serán China y un puñado de países asiáticos quienes asumirán el papel de naves insignias de la marcha del mundo del futuro.
Las críticas de Niall Ferguson al mundo occidental de nuestros días son muy válidas. El capitalismo se ha corrompido por la codicia desenfrenada de los banqueros y las élites económicas, cuya voracidad, como demuestra la crisis financiera actual, los ha llevado incluso a operaciones suicidas, que atentaban contra los fundamentos mismos del sistema. Y el hedonismo, hoy día valor incontestado, ha pasado a ser la única religión respetada y practicada, pues las otras, sobre todo el cristianismo tanto en su variante católica como protestante, se encoge en toda Europa como una piel de zapa y cada vez ejerce menos influencia en la vida pública de sus naciones. Por eso la corrupción cunde como un azogue y se infiltra en todas sus instituciones. El apoliticismo, la frivolidad, el cinismo reinan por doquier en un mundo en el que la vida espiritual y los valores éticos conciernen solo a minorías insignificantes.
Todo esto tal vez sea cierto, pero en el libro de Niall Ferguson hay una ausencia que, me parece, contrarrestaría mucho su elegante pesimismo. Me refiero al espíritu crítico, que, en mi opinión, es el rasgo distintivo principal de la cultura occidental, la única que, a lo largo de su historia, ha tenido en su seno acaso tantos detractores e impugnadores como valedores, y entre aquellos, a buen número de sus pensadores y artistas más lúcidos y creativos. Gracias a esta capacidad de despellejarse a sí misma de manera continua e implacable, la cultura occidental ha sido capaz de renovarse sin tregua, de corregirse a sí misma cada vez que los errores y taras crecidos en su seno amenazaban con hundirla. A diferencia de los persas, los otomanos, los chinos, que, como muestra Ferguson, pese a haber alcanzado altísimas cuotas de progreso y poderío, entraron en decadencia irremediable por su ensimismamiento e impermeabilidad a la crítica, Occidente –mejor dicho, los espacios de libertad que su cultura permitía– tuvo siempre, en sus filósofos, en sus poetas, en sus científicos y, desde luego, en sus políticos, a feroces impugnadores de sus leyes y de sus instituciones, de sus creencias y de sus modas. Y esta contradicción permanente, en vez de debilitarla, ha sido el arma secreta que le permitía ganar batallas que parecían ya perdidas.
¿Ha desaparecido el espíritu crítico en la frívola y desbaratada cultura occidental de nuestros días? Yo terminé de leer el libro de Niall Ferguson el mismo día que fui al cine, aquí en New York, a ver la película Zero Dark Thirty, de Kathryn Bigelow, extraordinaria obra maestra que narra con minuciosa precisión y gran talento artístico la búsqueda, localización y ejecución de Osama bin Laden por la CIA. Todo está allí: las torturas terribles a los terroristas para arrancarles una confesión; las intrigas, las estupideces y la pequeñez mental de muchos funcionarios del gobierno; y también, claro, la valentía y el idealismo con que otros, pese a los obstáculos burocráticos, llevaron a cabo esa tarea. Al terminar este film genial y atrozmente autocrítico, los centenares de neoyorquinos que repletaban la sala se pusieron de pie y aplaudieron a rabiar; a mi lado, había algunos espectadores que lloraban.  Allí mismo pensé que Niall Ferguson se equivocaba, que la cultura occidental tiene todavía fuelle para mucho rato.


miércoles, 9 de enero de 2013


Sartre y sus ex Amigos


30 de diciembre de 2012
Fuente La República
Escribe Mario Vargas Llosa


Estaba ordenando el escritorio y un libro cayó de un estante a mis pies. Era el cuarto volumen de Situations (1964), la serie que reúne los artículos y ensayos cortos de Sartre. Lo encontré lleno de anotaciones hechas cuando lo leí, el mismo año que fue publicado. Comencé a hojearlo y me he pasado un fin de semana releyéndolo. Ha sido un viaje en el tiempo y en la historia, así como una peregrinación a mi juventud y a las fuentes de mi vocación.
Sus libros y sus ideas marcaron mi adolescencia y mis años universitarios, desde que descubrí sus cuentos de El muro, en 1952, mi último año de colegio. Debo haber leído todo lo que escribió hasta 1972, en que terminé, en Barcelona, los tres densos tomos dedicados a Flaubert (El idiota de la familia), otra de las tetralogías que dejó incompletas, como las novelas de Los caminos de la libertad y su empeño en fundir el existencialismo y el marxismo, Crítica de la razón dialéctica, cuya síntesis final, prometida muchas veces, nunca escribió. Después de veinte años de leerlo y estudiarlo con verdadera devoción, quedé decepcionado de sus vaivenes ideológicos, sus exabruptos políticos, su logomaquia, y convencido de que buena parte del esfuerzo intelectual que dediqué a sus obras de ficción, sus mamotretos filosóficos, sus polémicas y sus úcases hubiera sido tal vez más provechoso consagrarlo a otros autores, como Popper, Hayek, Isaías Berlin o Raymond Aron.
Sin embargo, confieso que ha sido una experiencia estimulante –algo melancólica, también– la relectura de su polémica con Albert Camus de 1952, sobre los campos de concentración soviéticos, de su recuerdo y reivindicación de Paul Nizan, de marzo de 1960, y del larguísimo epitafio (casi un centenar de páginas) que dedicó a la memoria de su compañero de estudios, aventuras políticas y editoriales, amigo y adversario, el filósofo Maurice Merleau-Ponty (1961).
Era un soberbio polemista y su prosa, que solía ser siempre inteligente pero seca y áspera, en el debate se enardecía, brillaba y parecía insaciable su afán de aniquilación conceptual de su contrincante. No se equivocó Simone de Beauvoir cuando dijo de él que era “una máquina de pensar”, aunque habría que añadir que ese intelecto desmesurado, esa razón razonante, podía ser también, por momentos, fría y deshumanizada como un arenal. Leída hoy, no cabe la menor duda de que su respuesta a Camus era equivocada e injusta, y que fue el autor de El extranjero quien defendió la verdad, condenando la muerte lenta a que fueron sometidos millones de soviéticos en el Gulag por el estalinismo a menudo por sospechas de disidencia totalmente infundadas y sosteniendo que toda ideología política desprovista de sentido moral se convierte en barbarie. Pero, aun así, los argumentos que esgrime Sartre, pese a su entraña capciosa y sofística, están tan espléndidamente expuestos, con retórica tan astuta y persuasiva, tan bien trabados e ilustrados, que suscitan la duda y siembran la confusión en el lector. Arthur Koestler pensaba en Sartre cuando dijo que un intelectual era, sobre todo en Francia, alguien que creía todo aquello que podía demostrar y que demostraba todo aquello en que creía. Es decir, un sofista de alto vuelo.
La evocación de Paul Nizan (1905-1940), su condiscípulo en el liceo Louis le-Grand y en la École normale supérieure, a quien lo unió una amistad tormentosa, es soberbia y –adjetivo que rara vez merecían sus escritos– conmovedora. Hijo de un obrero bretón que, gracias a su talento, recibió una educación esmerada, Nizan fue muchas cosas –un dandy, un anarquista, autor de panfletos disfrazados a veces de novelas que seducían por su violencia intelectual y su fuerza expresiva– antes de convertirse en un disciplinado militante del Partido Comunista. Cuando el pacto de la URSS con la Alemania nazi, Nizan renunció al partido y criticó con dureza esa alianza contra natura. Poco después, apenas comenzada la segunda guerra mundial, murió en el frente de una bala perdida. Pero su verdadera muerte fue la pestilencial campaña de descrédito desatada por los comunistas para envilecer su memoria.
Camus rompió con Sartre por la cercanía de este con el Partido; Nizan, por las diferencias y reticencias que guardaba con aquel. En su ensayo, que sirvió de prólogo a Aden, Arabie, Sartre hace un recuento muy vivo de la fulgurante trayectoria de ese compañero que parecía destinado a ocupar un lugar eminente en la vida cultural y que cesó, de aquella manera trágica, a sus treinta y cinco años. En tanto que, cuando refuta a Camus, aparece como un perfecto compañero de viaje, en el que dedica a defender la vida y la obra de Nizan, Sartre es un debelador implacable del sectarismo dogmático que cubría de calumnias infames a sus críticos y prefería descalificarlos moralmente antes que responder a sus razones con razones. El ensayo es también una premonición de lo que podría llamarse el espíritu de mayo de 1968, pues en él Sartre propone a Nizan como un ejemplo para las nuevas generaciones, por haber sido capaz de romper los moldes ideológicos y las convenciones y esquemas dentro de los que se movía la izquierda francesa, y haber buscado por cuenta propia y a través de la experiencia vivida un modo de acción –una praxis– que acercara el medio intelectual a los sectores explotados de la sociedad.
El ensayo sobre Merleau-Ponty es, también, una autobiografía política e intelectual, un recuento de los años que compartieron, como estudiantes de filosofía en la École normale supérieure, su descubrimiento de la política, del marxismo, de la necesidad del compromiso, y, sobre todo, su toma de conciencia del odio que les inspiraba el medio burgués de que ambos provenían. Este odio impregna todas las frases de este ensayo y se diría que, a menudo, es él, antes que las ideas y las razones, y antes también que la solidaridad con los marginados, el que dicta ciertas tomas de posición y pronunciamientos de los dos amigos.  Sartre es muy sincero y poco le falta para reconocer que, en su caso, la revolución no tiene otro objetivo primordial que borrar de la tierra a esa clase social privilegiada, dueña del capital y del espíritu, en la que nació y contra la que alienta una fobia patológica. En este ensayo aparece la famosa afirmación sartreana (“Todo anticomunista es un perro”) que llevó a Raymond Aron a preguntar a Sartre si había que considerar a la humanidad una perrera.
Merleau-Ponty fue el último de los intelectuales de alto nivel con los que Sartre fundó Les Temps modernes, en romper con la revista que, durante años, fue para muchos jóvenes de mi generación una especie de Biblia política. A partir del alejamiento de Merleau-Ponty, en los años cincuenta, solo quedarían con Sartre los incondicionales, que, durante toda la guerra fría, aprobarían sus idas y venidas y sus retruécanos a veces delirantes en esa danza sadomasoquista que vivió hasta el final con todas las variantes comunistas (incluida la China de la revolución cultural).
Este ensayo impresiona porque muestra la fantástica evolución de Europa en el medio siglo transcurrido desde que se escribió. Cuando Sartre lo publica, la URSS parecía una realidad consolidada e irreversible. La guerra fría daba la impresión de poder transformarse en cualquier momento en guerra caliente, y aunque Sartre y Merleau-Ponty discrepan sobre muchas cosas, ambos están convencidos de que la tercera guerra mundial es inevitable y que, una vez que estalle, el Ejército soviético tardará muy poco en ocupar toda Europa occidental.
La política impregna hasta los tuétanos la vida cultural en todas sus manifestaciones y los extremos apenas dejan espacio a un centro democrático y liberal que tiene pocos defensores en el mundo intelectual. No solo Sartre y Merleau-Ponty ven en De Gaulle y la Quinta República a un fascismo renaciente y en Estados Unidos a un nuevo nazismo. Semejante disparate es en aquellos años de esquematismo e intolerancia un lugar común. Produce vértigo que pensadores que nos parecían los más lúcidos de su tiempo se dejaran cegar de ese modo por los prejuicios políticos.
Ahora bien. Pese a las orejeras ideológicas que delatan, aquellos debates tienen algo que en el mundo de hoy ha sido barrido por, de un lado, la banalidad y la frivolidad, y, por otro, el oscurantismo académico: la preocupación por los grandes temas de la justicia y la injusticia, la explotación de los más por los menos, el contenido real de la libertad, cómo conciliar esta con la justicia e impedir que sea solo una abstracción metafísica, etcétera. En nuestros días los debates intelectuales tienen un horizonte muy limitado y transpiran una secreta resignación conformista, la idea de que aquellas utopías de los tiempos de Sartre y Camus han quedado para siempre erradicadas de la historia. Hoy por hoy, tratándose de política, el sueño está prohibido. Ya solo son admisibles los sueños literarios y artísticos.

viernes, 28 de diciembre de 2012


Los Derechazos de Vargas llosa

Fuente El Espectador de Colombia


Artículo sobre Mario Vargas Llosa. El Magazín, 3 de octubre de 1971.
Óscar Alarcón Nuñez *
Tan cerca, tan cerca y después tan lejos, tan lejos. Así puede resumirse la amistad de dos grandes escritores que optaron por coger rumbos distintos y que ahora el destino vuelve a poner en un mismo sitio porque definitivamente no quiere que vayan por atajos diferentes.
Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa son dos figuras que a pesar de luchar por encontrar sus propias identidades, el sino sigue poniéndolos en uno mismo porque es su deseo que ambos tengan la misma grandeza y el mismo reconocimiento. Ahora el Nobel, que ya había obtenido el colombiano, es para el peruano, como el Rómulo Gallegos, que ganó primero Vargas Llosa y luego  García Márquez, con cinco años de diferencia. Así les ha sucedido innumerables veces, infinidades, desde cuando varios años atrás ambos habrían de recordar los albergues parisinos en donde, sin saberlo, estuvieron en épocas distintas, pobres e indocumentados, esperando ellos el trabajo o la ayuda para conseguir lo que siempre deseaban lograr y lo obtuvieron: ser escritores. Esa es la increíble y triste historia de estos dos grandes novelistas latinoamericanos, llena de paradoja pero que siempre confluyen..
Cuando en los años cincuenta García Márquez viajó a París, como enviado especial de éste diario, llegó al hotel Flandre, en rue Cujas. El periódico lo cerraron y como el coronel de su novela, que entonces la escribía desde allí, y en la que reflejó su propia situación del  momento,  él no esperaba una pensión sino algo con que pagar la pensión. La dueña le permitió quedarse de gratis, hasta cuando pudiera ponerse al día, siempre que se ubicara en la guardilla y arreglara diariamente sus propias cosas. Igual le pasó a Vargas Llosa años después, entonces con su tía Julia, pero en el hotel Wetter, muy cerca del otro –ambos en el barrio latino–, en rue du Sommerard. Con el tiempo se dieron cuenta de que quien le había fiado al primero era la misma que años después  dio albergue al segundo, la señora Lacroix. Después, mucho después, cuando la “madame” vio al colombiano, lo reconoció enseguida y con admiración exclamó: “¡Claro que lo conozco! Es el señor Márquez, el periodista del último piso”.
Primer derechazo
Pero aún no se conocían, sólo se enviaban cartas, pero la casualidad los juntó en Caracas en 1967, cuando acababa de salir Cien Años de Soledad y con motivo de la adjudicación del Rómulo Gallego al peruano.   Desde allí iniciaron una gran amistad que se rompió con un “derechazo”. Pero no fue únicamente por el golpe que recibió al colombiano, cuyo motivo sigue siendo un misterio, sino por el cambio político que comenzó a dar Vargas Llosa a partir del famoso caso del poeta Padilla que lo hizo romper con la revolución cubana.
Era el año de 1971 cuando Vargas Llosa viajaba de París a Lima y a las cinco de la tarde de un día de julio, éste cronista se enteró de que el avión de Air France hacía escala en Eldorado de Bogotá. La sorpresa del novelista fue grande cuando nos vio, pero fue mayor la del cronista cuando le escuchó de viva voz declarar que la revolución cubana se estaba volviendo “stalinista”, que iba camino al fracaso y que no compartía la actitud que habían tenido con el  poeta Heberto Padilla. Eso, dicho por alguien que meses atrás defendía a Fidel Castro y colaboraba con el movimiento cultural de la isla, era una novedad que en esos momentos no se concebía.
Dos meses después Vargas Llosa volvió a Colombia pero esta vez fue a Manizales en donde anualmente se celebraba el Festival Latinoamericano de Teatro que congregaba, además de las delegaciones internacionales, a la muchachada universitaria que colgaba en sus casas y apartamentos los afiches del Che Guevara, que lamentaba la muerte del padre Camilo Torres, que tiró piedras por la visita de Nelson Rockefeller, que protestaba contra la guerra del Vietnan y que no permitía que se hablara mal de la revolución cubana. A Vargas Llosa, en su nueva condición política, le correspondió capotear a esa juventud que deseaba trasladar a Colombia la revolución de París de mayo de 1968.
Dejando atrás los gritos enardecidos, el escritor en un lugar tranquilo, con un ambiente caldeado, tuvo oportunidad de volverse a ver con el cronista para anunciar con orgullo que acababa de concluir un libro en donde analizaba la obra de su amigo Gabriel García Márquez, la que iba a llamar Historia de un deicidio. El reportaje apareció en dos páginas del Magazin Dominical de este periódico, el 3 de octubre de 1971. Explicó que su ensayo estaba dividido en dos partes. En uno se planteaba el interrogante de por qué alguien, en un momento determinado, decide escribir literatura y en el otro, el de por qué escribe sobre ciertas cosas y no sobre otras.
“Yo creo que el caso García Márquez es bastante interesante para analizar y responder a  este tipo de interrogantes”, declaró y además hizo un adelanto minucioso del estudio en el que había trabajado con las novelas y cuentos del colombiano, hasta “Cien Años de Soledad”.
Mario Vargas Llosa. Efe.
Mario Vargas Llosa. Efe.
Segundo derechazo
La amistad de los dos escritores era tal que coincidieron al vivir ambos en Barcelona, muy cerca, cuando García Márquez escribía El Otoño del Patriarca y Vargas Llosa hacía lo propio, metido de lleno en uno de sus tantos libros o uno de sus tantos ensayos. Pero después coincidiría con el colombiano escribiendo también de un dictador latinoamericamo, el dominicano Rafael Leonidas Trujillo, novela que llamó La Fiesta del Chivo.
Pero eso no era todo porque tenían muchas cosas en común. La catalana Carmen Balcells (conocida como la Mamá Grande) era editora de ambos, además de que tenían los mismos amigos con quienes crearon una cofradía a la que comenzaron a llamar el “boom” latinoamericano de escritores. Sobre el grupo de México, Luis Guillermo Piazza, escribió La Mafia y José Donoso hizo su Historia personal del “boom”. Pero llegó el 12 de febrero de 1976 cuando se iba a proyectar una película sobre la tragedia de los deportistas uruguayos en los Andes, cuando el avión se estrelló, cuando los doce sobrevivientes duraron setenta y dos días en bajas temperaturas  y cuando debieron  acudir a la antropofagia para alimentarse. Era una proyección privada en el Museo de Bellas Artes de México. Gabo, desprevenidamente, fue a saludar a su amigo Vargas Llosa y este le respondió con un derechazo que lo mando al suelo. Los motivos aún se desconocen y mucho se ha especulado sobre las razones que tuvo el escritor peruano, hoy Nobel, para bajar de su pedestal y montarse en el cuadrilátero.
Se puso allí fin a una amistad que desde entonces los dos han ido por caminos distintos, sobre todo en la política. El peruano tomó la senda del presidente Fernando Belaúnde Terry y de otros catalogados de derecha en su país (algunos lo llaman liberales) y llegó hasta lanzarse de candidato a la jefatura de Estado de su país, para recibir la derrota de Alberto Fujimori. Mientras tanto García Márquez siguió con su afinidad a Fidel Castro y a la revolución cubana, pero apartándose de la militancia política de izquierda. En los últimos años ha sido  respetuoso de los gobiernos socialdemócratas de centro, compartiendo con líderes mundiales como Clinton, Felipe González y Mitterrand.
Los años han disminuido la tensión de los dos novelistas. Vargas Llosa no permitía que se volviera a reimprimir Historia de un deicidio y recientemente autorizó que se incluyera en sus obras completas y además no tuvo inconveniente en aceptar que su ensayo sobre Cien Años de Soledad –que hace parte del libro– apareciera en la edición de la Academia de la Lengua, publicada con motivo de los 80 años de García Márquez.
El Premio Nobel a Vargas Llosa vuelve a ponerlo en el mismo camino del colombiano. Ojalá que  la distancia sea cada día más corta.

domingo, 16 de diciembre de 2012


El Soldado Desconocido


16 de diciembre de 2012
Fuente La República
Escribe Mario Vargas llosa


Lurgio Gavilán Sánchez ha tenido una vida que parece sacada de una novela de aventuras. La cuenta en una autobiografía que acaba de publicar: Memorias de un soldado desconocido (IEP, 2012).  Nacido en una aldea indígena de la sierra peruana, a los doce años se enroló, emulando a su hermano mayor, en un destacamento revolucionario de Sendero Luminoso y durante cerca de tres años fue un activo participante en la sangrienta utopía maoísta de Abimael Guzmán, la “cuarta espada del marxismo”, que quería materializar en los Andes, mediante el terror, el paraíso comunista.
Antes de cumplir 15 años, su destacamento fue emboscado por el Ejército.  Normalmente, hubiera sido ejecutado, como exigían los ronderos (campesinos que lucharon contra Sendero) que participaron en su captura. Pero el teniente de la patrulla militar –nunca conoció su nombre, solo su apodo, “Shogún”– se compadeció del chiquillo, le perdonó la vida y le embutió un uniforme de soldado. También lo mandó a la escuela, donde Lurgio aprendió a leer. Durante siete años sirvió en el Ejército, siempre en la región de Ayacucho, combatiendo a sus antiguos camaradas y participando a veces en operaciones tan crueles como las que perpetraba la Compañía 90 de Sendero Luminoso a la que perteneció.  Llegó a ser sargento primero y, cuando estaba por ascender a suboficial, pidió su baja.
Gracias a una monja, había descubierto en él una vocación religiosa.  Consiguió ser aceptado como aspirante en la orden franciscana y durante algunos años fue novicio, primero en Lima y luego en el convento colonial de Ocopa, en el departamento andino de Junín. Los años que estuvo de novicio franciscano parece haberlos vivido intensamente, entregado al estudio y a la meditación, al ejercicio de la catequesis en aldeas campesinas y visitando centros misioneros de la sierra oriental y la Amazonia.
Pero, luego de algunos años, colgó los hábitos para estudiar antropología, disciplina a la que se dedica desde entonces.
El libro en que Lurgio Gavilán Sánchez cuenta su historia es conmovedor, un documento humano que se lee en estado de trance por la experiencia terrible que comunica, por su evidente sinceridad y limpieza moral, su falta de pretensión y de pose, por la sencillez y frescura con que está escrito. No hay en él ni rastro de las enrevesadas teorías y la mala prosa que afean a menudo los libros de los “científicos sociales” que tratan sobre el terrorismo y la violencia social, sino una historia en la que lo vivido y lo contado se integran hasta capturar totalmente la credibilidad y la simpatía del lector.
Limitándose a contar lo que vivió e intercalando a veces en el relato breves evocaciones del paisaje andino, la desaparición de los compañeros, la muerte de su hermano, el miedo cerval que a veces sobrecogía a todo el grupo, y la ferocidad de algunos hechos –la ejecución del centinela que se quedaba dormido, por ejemplo, y el asesinato de los reales o supuestos soplones–, Lurgio Gavilán instala al lector en el corazón de la locura ideológica y la crueldad vertiginosa que vivió el Perú, en los años ochenta, sobre todo en la región de los Andes centrales, por la guerra que desató Sendero Luminoso. Lo que comienza como un sueño igualitario de justicia social se convierte pronto en un aquelarre de disparates sectarios y brutalidades ilimitadas. A diario hay sesiones de adoctrinamiento en las que los guerrilleros leen –en voz alta para los que no saben leer– folletos de Stalin, Lenin, Marx y Abimael Guzmán y cantan marchas revolucionarias. Al principio, los campesinos ayudan y alimentan a los guerrilleros, pero, luego, estos imponen esta ayuda por la fuerza, y, a la vez, ejecutan matanzas colectivas contra las comunidades rebeldes a la revolución, que apoyan a los ronderos. Al mismo tiempo, ahorcan o fusilan a sus propios compañeros sospechosos de ser “soplones”. Todos viven en la inseguridad y el temor de caer en desgracia, por debilidad humana –robar comida, por ejemplo– pues el castigo es casi siempre la muerte.
El salvajismo no es menor entre los soldados que combaten a los terroristas. Los derechos humanos no existen para las fuerzas del orden ni se respetan las más elementales leyes de la guerra.  Los prisioneros son ejecutados casi de inmediato, salvo si se trata de mujeres, pues a estas, antes de matarlas, las llevan al cuartel para que cocinen, laven la ropa y sean violadas cada noche por la tropa.
Si la autobiografía de Gavilán Sánchez no estuviera escrita con la austeridad y el pudor con que lo está, las atrocidades de las que fue testigo y tal vez cómplice no serían creíbles. Lo son, porque ha sido capaz de referir aquella  historia con una naturalidad y sencillez que sobornan al lector y desarman sus prevenciones. Es extraordinario que quien vivió, desde niño, semejantes horrores no se insensibilizara y perdiera toda noción de rectitud, compasión o solidaridad con el prójimo.
Todo lo contrario. El libro delata en todas sus páginas un espíritu sensible, que ni siquiera en los momentos de máxima exaltación política pierde la racionalidad, deja de cuestionar lo que está haciendo y se abandona a la pasión destructiva. Siempre hay en él un sentimiento íntimo de rechazo al sufrimiento de los otros, a los asesinatos, a las represalias, a las ejecuciones y torturas, y, por momentos, lo colma un sentimiento de tristeza que parece anularlo. Ese afán de redención que lo colma se transmite al paisaje, repercute en las grandes moles de los nevados andinos, estremece los bosquecillos de los valles donde cantan las calandrias.
Esos paréntesis que de tanto en tanto se abren en el relato para describir el entorno, las plantas, los árboles, los cerros, los ríos, arrojan una brisa refrescante en medio de tanto dolor y miseria y son como una delicada poesía en medio del apocalipsis.
Es un milagro que Lurgio Gavilán Sánchez sobreviviera a esta azarosa aventura. Pero acaso sea todavía más notable que, después de haber experimentado el horror por tantos años, haya salido de él sin sombra de amargura, limpio de corazón, y haya podido dar un testimonio tan persuasivo y tan lúcido de un periodo que despierta aún grandes pasiones en el Perú. El suyo es un libro que deberían leer todos esos jóvenes que todavía creen que la verdadera justicia está en la punta de un fusil. Memorias de un soldado desconocido muestra, mejor que cualquier tratado histórico o ensayo sociológico, lo fácil que es caer en una espiral de violencia vertiginosa a partir de una visión dogmática y simplista de la sociedad y las supuestas leyes históricas que regularían su funcionamiento. La esquemática convicción de Abimael Guzmán de que el campesinado andino podía reproducir la “gran marcha” de Mao Tse Tung, incendiar la pradera, arrasar a la burguesía, el capitalismo y convertir al Perú en un país igualitario y colectivista produjo decenas de miles de muertos, miles de miles de torturados y desaparecidos, familias y aldeas destruidas, aumentó la desesperación y la pobreza de los más pobres y desamparados y permitió que se entronizara en el país por diez años una de las más corruptas dictaduras de nuestra historia. Parecía que esta tragedia había abierto los ojos de los peruanos y los había vacunado contra semejante locura. Sin embargo, precisamente ahora, cuando gracias a la democracia y a la libertad el Perú vive un periodo de desarrollo económico sin precedentes en su historia, Sendero Luminoso comienza a reaparecer,  emboscado detrás de supuestas asociaciones que piden abrir las cárceles a los autores de los atentados terroristas de los años ochenta. El momento no puede ser más propicio para la aparición de un libro como el de Lurgio Gavilán Sánchez.

Otras visiones sobre el libro:
¿Seremos capaces de valorar y procesar la reconversión de un ser humano? Gavilán, por Eduardo Dargent

martes, 4 de diciembre de 2012


La Ciudadela de Los Libros


02 de diciembre de 2012
Fuente La República
Escribe Mario Vargas Llosa

Hace unos veinte años oí a la agente literaria y matriarca de escritores Carmen Balcells hablar de un proyecto fabuloso relacionado con Barcelona y los libros.  En los años siguientes siguió hablando de él, mientras lo pulía y redondeaba, a la vez que, utilizando todas las artes y técnicas de que es capaz (y que son poco menos que infinitas), trataba de convencer a las autoridades de la Generalitat de que lo pusieran en marcha.
El proyecto consistía nada menos que en convertir todos los antiguos cuarteles de la Ciudad Condal en Archivos y Bibliotecas de Escritores. Como Barcelona había sido en los años setenta la capital del “boom” y tierra privilegiada del reencuentro entre los escritores latinoamericanos y españoles, Carmen quería que los primeros archivos y bibliotecas que sentaran sus reales en los ex cuarteles fueran los de García Márquez, Cortázar, Fuentes, etcétera, y que poco a poco se les añadieran muchos otros, de España, Europa y el mundo entero.  En unos años (diez, veinte o cincuenta) Barcelona se convertiría en una esplendorosa Ciudad de los Libros donde investigadores, bibliófilos, letra heridos y lectores de los cinco continentes acudirían a consultar, leer, e impartir seminarios y cursos sobre todas las literaturas contemporáneas.
Las autoridades catalanas no debieron ser muy  receptivas al respecto,  porque, con el paso de los años, Carmen Balcells fue refiriéndose cada vez menos al asunto hasta, un buen día, desistir de semejante sueño, por imposible.
Lo que nadie podía prever es que, años después, una idea equivalente, aunque de proporciones menos gigantescas, germinaría de pronto allende los mares, en la capital de México, gracias al empeño de una matriarca mexicana llamada Consuelo Sáizar Guerrero, tan iluminada y tan pragmática como Carmen Balcells (aunque tal vez menos apabullante), y que esta vez el proyecto se haría  realidad, convirtiendo a México, D.F. en la sede de la más bella, original y creativa biblioteca del siglo XXI: La Ciudad de los Libros.
Está instalada en una Fábrica de Tabacos que se construyó a fines del siglo XVIII, en un área de 40 mil metros cuadrados, en el centro colonial de la ciudad.  Fue también fábrica de armas, cárcel militar, hospital y cuartel.  En 1946, José Vasconcelos la convirtió en la Biblioteca Nacional, que dirigió hasta su muerte.  Luego, entiendo que hubo un largo paréntesis de inactividad en el desgastado local hasta que en 1987 el arquitecto Abraham Zabludovsky inició su rehabilitación.
La Ciudadela, inmenso y hermoso espacio, consta de patios, jardines y pabellones donde se han reunido las bibliotecas privadas de un puñado de escritores mexicanos –José Luis Martínez, Antonio Castro Leal, Jaime García Terrés, Alí Chumacero y Carlos Monsiváis– que suman, juntas, cerca de 350 mil volúmenes.
Cada biblioteca ha sido confiada a un grupo de arquitectos, artistas y decoradores que han reconstruido y ordenado las diferentes colecciones respetando la personalidad –los gustos, las manías, las fantasías y las ocurrencias– de sus antiguos dueños, y, al mismo tiempo, facilitando al máximo la accesibilidad de los libros y la comodidad de los lectores.  No exagero si digo que todos estos edificios –muy diferentes uno del otro– son creaciones donde el buen gusto, lo funcional y lo grato de la atmósfera, resultan extraordinariamente estimulantes para el quehacer intelectual.  Sé por qué lo digo.  Me he pasado la vida leyendo y escribiendo en las bibliotecas de todas las ciudades en las que he vivido y, con la excepción quizás de la antigua British Library –cuando estaba en el Museo Británico, antes de mudarse al mastodonte de St. Pancras– no recuerdo haber sentido tantas ganas de ponerme a trabajar (y hasta quedarme a vivir allí) como en las varias bibliotecas de la Ciudadela mexicana.
Nada más cierto que las bibliotecas retratan a sus dueños.  Basta comparar el orden y el equilibrio de los setenta mil volúmenes que reunió el historiador, ensayista y crítico José Luis Martínez, con la atmósfera poética y ecléctica de García Terrés, o el alegre desorden y la curiosidad desenfrenada del agudo cronista de la cultura popular que fue Carlos Monsiváis.  A la entrada del pabellón que alberga la biblioteca de este último recibe al visitante una fotografía con los ojos subyugantes de María Félix en la que la diva ha estampado una cariñosa dedicatoria a Monsiváis.  El pintor Francisco Toledo ha alfombrado este local con un tapiz lleno de los gatos que aquel criaba y concebido un panel  delicado y exótico con los lomos de los libros y una cabeza de pelusas de su viejo dueño, que los contempla con nostalgia.
Además de estos pabellones, hay otros, dedicados a los niños, a los bebés –sí, he dicho a los bebés y su local se llama ¡la bebeteca!– y a los ciegos (eufemísticamente bautizada Biblioteca para Débiles Visuales).  Me quedé con las ganas de echar un vistazo a la misteriosa bebeteca; pero, en cambio, sí tuve tiempo de pasearme un buen rato en el pabellón de la puericia y sentirme niño otra vez, entre esos juguetes diseñados con personajes y lugares de cuentos de hadas y novelas de aventuras que van astutamente empujando la curiosidad de los precoces lectores hacia los libros en que aquellos juguetes se inspiran. Hay también un auditorio mil y una nochesco para los cuenta cuentos.
Probablemente el más literario y original de todos estos pabellones sea la biblioteca de invidentes.  La música es en ella tan importante como en la bella novela de Bruce Chatwin, The Songlines, donde este describía el antiguo mundo de los aborígenes australianos como un fantástico recinto donde las fronteras entre las distintas etnias y comunidades no eran geográficas sino musicales.  En el interior de esta biblioteca los espacios están delimitados por composiciones sonoras, cuyos autores han trabajado en su gestación con la asesoría de los propios invidentes. Estos pueden dirigirse, guiados por la música, hacia los estantes o puntos de lectura que usualmente ocupan. La biblioteca no sólo dispone de una vasta colección de obras en braille sino también de tabletas, cintas y discos de libros grabados que pueden ser escuchados en pequeñas cabinas individuales. Para aislar este pabellón de los ruidos de la calle hay, entre esta y aquel, un jardín y un camino delimitado por aromas de flores y de árboles que guían al usuario desde la puerta de entrada de la Ciudadela hasta el pabellón, sin necesidad de lazarillos.
La licenciada Consuelo Sáizar Guerrero, Presidenta de Conaculta (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes) no hubiera podido materializar este formidable proyecto cultural si no hubiera recibido el apoyo (y los recursos) del gobierno del Presidente saliente de México, Felipe Calderón. Como se atrevió a enfrentar al dragón del narcotráfico, guerra que ha hecho correr mucha sangre y mucho sufrimiento en su país, muchos juzgan negativamente la gestión de este gobernante.  Yo creo que ha sido valiente, honrado y que ha contribuido decisivamente a la democratización del que es, ahora, el primer país hispanohablante del mundo.  Y no creo equivocarme si digo que, una vez que pasen los años y se vayan desvaneciendo de la memoria histórica las violencias de estos años asociada al narcotráfico, la Ciudadela de los Libros seguirá allí, intacta, atrayendo cada vez más lectores, como un enclave de civilización invulnerable a la barbarie.
México, D.F., noviembre de 2012

domingo, 2 de diciembre de 2012


Revisando La Ciudad y Los Perros


02 de diciembre de 2012
Fuente La República
Escribe Fernando Ampuero


Romper con la tradición, cambiando la forma de escribir una historia, exige un colaborador creativo: un nuevo lector. ¿Y cómo se obtiene eso? Con espíritu de aventura, sin duda, pero al amparo de una propuesta sólida, atrapante y técnicamente sustentada. En la historia de la literatura universal (a. J. Léase: antes de Joyce), todo había sido narración lineal, con puntos de vista únicos y omniscientes, en tercera persona. Hasta que, inesperadamente, surgió un primer renovador, hoy olvidado. Era un francés llamado Édouard Dujardin, novelista simbolista que, como una suerte de Juan Bautista, anunciaba la buena nueva para las letras. Dujardin inventó el monólogo interior, razón por la que ahora lo recordamos, y el mundo tuvo la suerte de que Joyce, que andaba por París, lo leyera, retuviera esa técnica narrativa y, juntándola con otras novedosas técnicas de su cosecha, hiciera una revolución.
A partir de entonces, la literatura se llenaría de andamios y voces muy diferentes. Dos Passos y Faulkner, por citar a dos de los grandes, existen actualmente en la literatura contemporánea (d.J. Léase: después de Joyce), merced a sus nuevas formas de contar, que, fuera de repotenciarles el genio narrativo, revelan otras perspectivas y múltiples puntos de vista. Con Joyce, en suma, se llegó al grado más alto del juego verbal y, a la vez, se cambió para siempre la estructura convencional del siempre peligroso artefacto literario.
Aplicado lector de Joyce, Faulkner, Flaubert, Sartre y Malraux, entre otros, Mario Vargas Llosa ha sido un caso pasmoso de precocidad y, sobre todo, de trabajo disciplinado. En la época en que cualquier joven anhelaba barrer con las chicas, beberse todas las cervezas del mundo, gozar de la locura de vivir, él, Vargas Llosa, leía y escribía frenéticamente. Pero su vida –basta leer las mil y una peripecias de su biografía– no fue limitadamente libresca, o aburrida, de ninguna manera. El joven escritor, en diálogo telescópico con sus mayores, era un hombre de acción: oficiaba de ingeniero, constructor y albañil de su obra. La novela La ciudad y los perros (1962), que este año cumple su aniversario número cincuenta, es hoy el gran ejemplo en América Latina de la utilización, mejorada y reordenada, o bien felizmente desordenada, de las técnicas literarias joyceanas al servicio de una lectura vívida y absorbente. 
En cuanto a su trabajo de galeote, basta darles una ojeada a las primeras versiones de esta novela. Vargas Llosa, y no exagero, tuvo muchísimo que corregir, reescribir y reacomodar, antes de plasmar la versión final. Se lanzó a entrecruzar tiempos y espacios narrativos, al igual que puntos de vista que contrastaban y saltaban desde una tercera persona impersonal hasta las voces internas y externas de varios personajes. Planificó una urdimbre textual, de deliberada apariencia caótica, con un claro objetivo: capturar al lector, obligándolo a leer y esclarecer lo que iba sucediendo, y en un ritmo sincopado que no daba tregua. Vargas llosa hizo que pasemos de una escena intensa a otra igualmente intensa, y de ahí a otra y otra hasta el final, descontado el breve epílogo, único tramo apacible de esa lectura adictiva. Sus continuos flashback, flujos de la conciencia y monólogos, y su empleo de la técnica de los datos escondidos y los vasos comunicantes cuajaron un fresco realista de Lima, como nunca antes se había visto. Pero además, en el trasunto de su argumento, encontró la manera de expresar al Perú y sus conflictos. 
La ciudad y los perros, cuyos primeros lectores en originales fueron Julio Cortázar, Sebastián Salazar Bondy, José Miguel Oviedo y Carlos Barral, causó conmoción al momento de su aparición. Ganó el premio Biblioteca Breve, el Nacional de la crítica española y, cuando se tradujo al inglés, tuvo un lanzamiento que difundió el rumor de que se habían quemado mil libros en el patio del colegio militar Leoncio Prado, escenario de la novela. La quema de libros, lo sabemos ahora, nunca sucedió, pero nadie lo sabía entonces con certeza, ni siquiera su autor, y ayudó a promocionar la novela por la crítica social que entrañaba, más que por sus innovaciones técnicas. Pero la novela, mal que bien, recibió una lectura adecuada. El colegio militar, crisol de todas las razas y clases sociales del Perú, era un microcosmos de la realidad desintegrada que esperaba a los alumnos no bien se graduaran. Allí, con una educación paralela a los cursos académicos, adiestraban a los pupilos en las miserias de la vida en sociedad: las desigualdades, las trampas, los crímenes, la extorsión, las denuncias fallidas, la corrupción, la resignación y el acomodo.    
Entre los peruanos, no cabe duda, Vargas Llosa puso el listón muy alto a los escritores de su generación. Y esto le generó rechazos y ataques frontales. Durante varios lustros se habló de que La ciudad y los perros y otras de sus inmediatas obras maestras como La casa verde, Los cachorros y Conversación en La Catedral sepultaron incontables vocaciones y hasta carreras comenzadas. También, por otro lado, desplazaron de la liza a la literatura indigenista, imponiendo lo urbano como temática urgente y más atractiva, pues esta ya reflejaba nuestra realidad cardinal. Lima, la gran urbe, concentra hoy un tercio de la población del país.
Ciertamente las obras de Ribeyro y Congrains Martin trataban a su vez lo urbano, pero Vargas Llosa, con una avasalladora narrativa, fue todo un éxito internacional y, por si fuera poco, el autor fundador y clave del llamado boom de escritores latinoamericanos (Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante y Donoso), que pondrían además bajo los reflectores a otros grandes que los precedieron, Borges, Onetti y Rulfo. Y la academia y los autores de Europa y Estados Unidos tuvieron finalmente que aceptar que la mejor y más novedosa literatura que se escribía en la segunda mitad del siglo XX era obra de un puñado de plumas de América Latina, hoy refrendada por dos Premios Nobel, a García Márquez y Vargas Llosa, y por un premio escamoteado a Borges.
¿Pero qué más significa para los peruanos La ciudad y los perros cincuenta años después? En muchos sentidos, diría yo, es la eterna historia del Perú, sencilla y brutal. En un colegio militar de internos, obvia metáfora del país, donde impera una mafia de alumnos, el Jaguar, líder de esa mafia, juega a los dados la comisión de robar las respuestas del examen de química. La operación falla y un muchacho, apodado el Esclavo, delata a Cava, el ladrón, quien será expulsado. Luego, durante unas maniobras, el Esclavo cae muerto de un balazo. No se sabe si por un accidente, o si porque el Jaguar se vengó de su delación. Alumnos como Alberto y un oficial ejemplar, el teniente Gamboa, querrán denunciarlo. Pero los altos mandos temen el escándalo y todo termina arreglado por lo bajo.
¿Qué más se puede pedir? Vargas Llosa, autor moderno, visionario y honesto, habló en voz alta cuando muchos apenas murmuraban. Y además, causando perplejidad en el país literario, se dio el lujo, tal como lo señala el crítico Carlos Garayar, de anticiparse en cuarenta años a la técnica del “desorden narrativo” –fórmula que combina estructura compleja y lenguaje claro–, utilizada luego en la célebre Pulp Fiction de Quentin Tarantino. 
¿Y aún Vargas Llosa tiene enemigos?, se preguntan muchos, desconcertados. Bueno, enemigos no, según dicta el cáustico wit de la intelectualidad británica. Tiene solo contemporáneos.