03 de febrero de 2008
Crónica VARGAS LLOSA, GARCÍA Y FUJIMORI
Un triángulo de novela
Un ex presidente en la cárcel. Un ex 'contumaz' en la presidencia. Y entre los dos, un escritor que los enfrentó en el pasado y cuyas ideas se han implantado en el país.
Por Renato Cisneros
El Comercio
No es poca la ironía con que se ha matizado el destino político de Mario Vargas Llosa, Alan García y Alberto Fujimori. La historia de afectos y recelos que ellos han venido escribiendo (acaso involuntariamente) es una metáfora de lo impredecible que puede llegar a ser el devenir de los actores que comparten roles estelares en un escenario tan cáustico como el de una contienda electoral.
El jueves pasado, 31 de enero, el novelista acudió a Palacio de Gobierno a agradecerle públicamente a García Pérez la reciente preocupación que este mostró por su estado de salud. Luego de su visita, el fundador del ya extinto movimiento Libertad soltó ante la prensa un surtido combo de elogios para referirse al comportamiento del Gobierno. "No me arrepiento de haber votado por él en la segunda vuelta. Voté por él porque me parecía que representaba el mal menor frente a un candidato que nos hubiera llevado por un abismo de populismo", llegó a admitir.
Exactos 18 años atrás, en el decisivo 1990, la relación entre ambos tenía, evidentemente, otra tesitura. Por ejemplo, justo el 31 de enero de ese año, el candidato Vargas Llosa responsabilizó ante los medios al presidente García de patrocinar una maniobra en su contra.Los críticos del escritor lo acusaron por la presunta evasión de impuestos en la presentación de la declaración jurada de su domicilio, y él no dudó en identificar al entonces mandatario como el autor intelectual de semejante boicot.
"Yo no estoy haciendo política para enriquecerme. Si llego a la presidencia, no voy a tener la indecencia que tuvo el presidente García de llenarse de casas en el primer año de gobierno. En mi gobierno no habrá operaciones tan dolosas como las que ha habido en estos cinco años. En mi gobierno irán a los ministerios hombres capaces y honrados, y no bribones como han ido en tanta abundancia en este gobierno. Y cuando yo gane las elecciones, se conocerá con lujo de detalles, por mi boca, lo que yo gane, cuáles son mis propiedades, qué hago con mi dinero y no voy a cobrar un solo centavo ni del Gobierno ni del pueblo peruano, mientras sirva en el Poder Ejecutivo", rabió el hombre fuerte del Fredemo, en ese momento favorito para suceder a García.
VAMOS A TUMBARTE
Las de Vargas Llosa no eran rabietas gratuitas; la indignación que exudaba cada vez que se refería a Alan tenía justificados asideros. En el último trecho de aquella campaña, varios dirigentes del Apra, azuzados por el presidente, propiciaron una campaña de desprestigio contra el escritor por, básicamente, darle cobijo a partidos tradicionales como Acción Popular y el PPC, feroces opositores del régimen."Debemos impedir que el país caiga en manos de la derecha", ordenaba García día y noche a sus disciplinadas bases.De ese modo, el aprista intentaba repeler las críticas de Vargas Llosa, que acusaba al Gobierno de tomar medidas inconsistentes y de haber hecho retroceder al país hasta los límites mismos del subdesarrollo y la barbarie.
Por cierto, las objeciones del escritor no eran coyunturales, sino que ya las venía madurando desde hacía tres años atrás, desde 1987, cuando --ante el anuncio de la nacionalización de la banca-- ofreció aquel inolvidable mitin de protesta en la Plaza San Martín, donde, en medio de una copiosa lluvia de pica pica, escuchó cómo su auditorio acuñaba la pegajosa arenga de "Y va a caer, y va a caer, caballo loco va a caer". Al joven y ególatra mandatario, como es de suponer, las referencias ecuestres de ese cachoso estribillo no le hacían nadita de gracia.
ECUACIÓN COMPLETA
Pero si Vargas Llosa entró a la carrera política casi por culpa de Alan, fue también por culpa de este que se quedó al margen de la misma. Luego de la primera vuelta de 1990, con el candidato aprista Luis Alva Castro expectorado de la competencia electoral, Alan conminó a los 'compañeros' a respaldar con su voto a ese aparentemente inofensivo chinito que respondía al nombre de Alberto Fujimori.La conexión entre el 'Chino' y el aprismo se hizo evidente.
Por poner un solo ejemplo: el mismo día que el candidato de Cambio 90 viajó en avión a Tacna para iniciar su campaña en provincias antes de la segunda vuelta, Alva Castro tomó un vuelo de la misma compañía rumbo a esa ciudad, y al llegar, anunció con un megáfono su "cruzada contra la derecha".En un artículo de la época el fallecido ex senador Enrique Chirinos Soto afirmaba: "Fujimori es el candidato de Alan García y eso sellará su derrota, pues no creo que la gente quiera votar por alguien vinculado a él".
Sin embargo, Chirinos, como tantos otros analistas, se equivocaría de cabo a rabo. Gracias a la patita de gallo que le extendieran el Apra y la izquierda, Fujimori obtuvo el 62% de los votos y venció a Vargas Llosa, que se quedó con el respaldo del 38%.Cuando Alan recibió en Palacio al ingeniero nipón para felicitarlo por la victoria en las urnas, su amplia sonrisa de satisfacción dejaba traslucir un pensamiento cantado: "me encanta cuando un plan se realiza".
EL SHOW DE LA YUCA
A García el tiro le salió por la culata. Si lo que pretendía era que Fujimori fungiera de títere de feria para que el Apra gobernase desde la trastienda (pensando quizá en su retorno triunfal para el 95), pues sus planes se fueron al agua. Fujimori se rodeó de tecnócratas y no solo se deshizo de sus socios apristas e izquierdistas con una olímpica patada en la retaguardia, sino que luego del golpe de abril de 1992 los mandó perseguir.
La historia de García escapando por el techo de su casa, disparando tiros al aire y refugiándose finalmente en guaridas facilitadas por amigos es ya un clásico, casi un 'western' del anecdotario político nacional.Con Alan asilado en Colombia y con un desencantado Vargas Llosa autoexiliado en Europa ("ser candidato fue una pérdida de tiempo, para participar en política no hace falta tener ingenio, sino aprender a mentir", dijo en noviembre del 93), Fujimori se dedicó a edificar un régimen de oscuras columnas, y a enviciarse con un dominio absoluto que lo acabaría ensimismando.
QUIÉN TE VIERA, QUIÉN TE VE
Dieciocho años más tarde, el cuento continúa, solo que ahora los protagonistas están ubicados en posiciones ciertamente paradójicas si se las contrasta con las que tuvieron en el pasado.Vargas Llosa, superando los rencores provocados por la derrota , ya no es más adversario intelectual de García. Hoy lo visita, le sonríe y le palmea la espalda, teniendo como escenografía el mismo paisaje palaciego por el cual alguna vez soñó transitar con la banda sobre el pecho.
Y aunque parte del país se sigue preguntando, de tanto en tanto, qué hubiera pasado si él ganaba aquel duelo electoral, otra parte celebra que ese traspié lo haya devuelto con tantos bríos a su irrenunciable vocación literaria.García --ayer apestado y recluido en esa fría cárcel que debe ser el exilio forzado-- hoy goza nuevamente del poder y divisa el país desde el vanidoso altillo de su investidura, con el propósito de reconstruir su prestigio y merecer un cálido lugar en la memoria del pueblo. Y como Vargas Llosa lo subrayó, asume las políticas que el escritor defiende hace más de 20 años.
Para completar el cuadro, el tercer actor, Fujimori, es el que (hasta el momento) ha llevado la peor parte. Mintió, huyó, cayó preso y ahora está sentado en el banquillo de los acusados, amnésico, soportando un juicio que, según los especialistas, probablemente perderá.Imaginamos que el jueves, al ver en la pequeña televisión de su celda la imagen de García y Vargas Llosa renovando su amistad en la puerta de Palacio, el ex presidente habrá cambiado inmediatamente de canal.
Ésta es una bitácora que recopila los escritos del Nobel de Literatura peruano, Mario Vargas llosa, así como las versiones a favor y en contra de su obra. No es un espacio auspiciado por el novelista ni por sus editores. Pretende ser un habitad de las diferentes corrientes de pensamiento que envuelven al extraordinario escritor y su extensa producción literaria y periodística.
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martes, 6 de octubre de 2009
sábado, 12 de septiembre de 2009
MVLL: Su Juventud (I)
Juventud, Parte I
(1959-1964)
En 1959, tras graduarse el año anterior, Mario Vargas Llosa, acompañado por su esposa Julia, viaja Madrid gracias a una beca de doctorado en Letras de la Institución Javier Prado de Lima. La intención era continuar profundizando, en la Universidad Complutense, el estudio de la ficción de Rubén Darío (no su poesía), pero, como cuenta Julia en sus memorias, Mario no pudo llevar esta tarea a cabo al tener como asesor de tesis a un maestro inadecuado y abusivo, que intentaba apropiarse de las investigaciones del peruano. (Recién en 1971, Mario obtendría su doctorado con un ensayo sobre García Márquez, Historia de un deicidio.)
Aunque esto a la larga no importa, porque la llegada a Europa es el primer gran paso en busca del terreno que consideraba más estimulante para su ya clara carrera de escritor: "El matrimonio con la tía Julia fue realmente un éxito y duró bastante más de lo que todos los parientes, y hasta ella misma, habían temido, deseado o pronosticado: ocho años. En ese tiempo, gracias a mi obstinación y a su ayuda y entusiasmo, combinados con una buena dosis de buena suerte, otros pronósticos (sueños, apetitos) se hicieron realidad. Habíamos llegado a vivir en París y yo, mal que mal, me había hecho un escritor y publicado algunos libros." (La tía Julia y el escribidor, 1977, Capítulo XX).
La mudanza a París se da en 1959, cuando Mario decide abandonar los estudios de doctorado. Gracias al apoyo desde Lima de Raúl Porras y su ex maestro de universidad Luis Alberto Sánchez, consigue algunos trabajos temporales. Esta estadía en la Ciudad Luz durará aproximadamente 7 años, y en este periodo consigue trabajos diversos. Su dirección era "17, rue de Tournon - París VI, Francia."
Como profesor de español en la Escuela Berlitz, donde para ser aceptado debió aprender la z y la c como los españoles y el método en quince días. En competencia con 14 españoles gana el concurso: "Eso era como un campo de concentración. Uno no sabía a qué horas tenía que enseñar. El día anterior sólo nos anunciaban la primera hora de enseñanza: de 9 a 10. Era para que no nos dedicáramos a otras cosas. Luego nos decían las horas restantes: de 12 a 1, de 3 a 4, de 6 a 7. Y a veces hasta me enviaban a la Academia Berlitz de Versalles. Eran 180 francos por hora y yo sólo podía escribir los domingos".
En 1960 consigue un trabajo más estable al ingresar como periodista en la sección española de France Presse y colaborador en los programas de la Radio y Televisión Francesa para América Latina, aquí junto a su esposa. Selecciona noticias, las traduce al español, las dice por radio y tiene a su cargo una mesa redonda literaria a la semana: "Mi trabajo comienza a las 11 de la noche y termina a las 3 y media de la madrugada. Leo hasta las 6 y duermo hasta las 12. Por las tardes, escribo. Escribo unas seis horas diarias y a veces más. A veces hasta 10 horas al día" (Caretas, agosto de 1966).
En octubre de 1962, es comisionado por la ORTF para realizar labor periodística en la ciudad de México, acompañando al presidente De Gaulle, quien -entre otros eventos- iba a inaugurar una gran exposición en el famoso bosque de Chapultepec. Ese mismo día debía realizar un reportaje a propósito de la Fiesta de los Muertos de los indios Tarascos, al interior del territorio mexicano. En esta visita conoce a Carlos Fuentes, quien con Mario habría de destacar en la novela latinoamericana de los 60. De allí pasó a Cuba, que por esos días se encontraba convulsionada con la invasión a la Bahía de Cochinos.
En diciembre de 1962, Mario es anunciado como el ganador del Premio Biblioteca Breve que entregaba la Editorial Seix Barral, gracias a su novela La ciudad y los perros, presentada con el título de Los impostores (y cuyo título temporal fue de La morada del héroe). Entabla además una amistad continua con el editor Carlos Barral, cabeza de Seix Barral. Mario había venido escribiendo el manuscrito desde el mismo barco que lo llevaba hacia Madrid, como cuenta Julia en sus memorias, y gracias a la ayuda de ésta transcribió varias veces el original para la corrección posterior. Esta primera novela de Mario está considerada como el evento que inició el llamado "boom" de la novela latinoamericana. En Lima, el libro provoca reacciones de rechazo por parte de las autoridades del Colegio Leoncio Prado, donde se sitúa la novela. Algunas de las noticias injuriosas a la novela y al autor puede leerlas haciendo clic aquí.
La historia más detallada de estos años parisinos en el anonimato, previos a La ciudad y los perros, se encuentra en el libro de Julia Lo que Varguitas no dijo, aunque sea un punto de vista parcial: mientras conocemos asuntos de vida marital, no podemos conocer los eventos de crecimiento como escritor que tiene Mario en esos años. Se divorcia de Julia Urquidi entre 1964 y 1965.
"Cuando la tía Julia y yo nos divorciamos hubo en mi dilatada familia copiosas lágrimas, porque todo el mundo (empezando por mi madre y mi padre, claro está) la adoraba. Y cuando, un año después, volví a casarme, esta vez con una prima (hija de la tía Olga y el tío Lucho, qué casualidad) el escándalo familiar fue menos ruidoso que la primera vez (consistió sobre todo en un hervor de chismes). Eso sí, hubo una conspiración perfecta sobre todo para obligarme a casar por la Iglesia, en la que estuvo involucrado hasta el arzobispo de Lima (era, por supuesto, pariente nuestro), quien se apresuró a formar las dispensas autorizando el enlace. Para entonces, la familia estaba ya curada de espanto y esperaba de mí (lo que equivalía a: me perdonaba de antemano) cualquier barbaridad" (La tía Julia y el escribidor, 1977. Capítulo XX)
En 1962 había empezado a trabajar simultáneamente en dos relatos, uno acerca de la selva y otro acerca de sus recuerdos piuranos. Para recoger material sobre el Amazonas y los indígenas, viaja en 1964 a la selva, repitiendo otra experiencia de 1958 en compañía del antropólogo mexicano Juan Comas. Terminará fundiendo los dos relatos en una novela que titulará La Casa Verde (1966), que está dedicada a Patricia.
Mario Vargas Llosa sobre un aspecto de su transición de joven a adulto:
Fumando Espero [Haga clic sobre el título para leer un artículo de Mario sobre su abandonada adicción a la nicotina]
"Fui un adolescente profundamente romántico, que se enamoraba como los seres de las novelas románticas, y al mismo tiempo gozaba y sufría extraordinariamente con esos amores, que eran siempre muy apasionados y que yo vivía de una manera mucho más dramática, trágica, de lo que eran en la realidad.Y en mi vida, el amor es algo muy importante: es y ha sido un gran apoyo para trabajar, para escribir, para tomar decisiones. (...) Desde que yo era muy joven empecé a sentir una serie de reservas frente a la religión, porque la religión combatía lo que a mí me parecía respetable, que era el deseo. "
"Esta es una fuente de enriquecimiento para el hombre. Y así como no soy una persona que esté a favor de la promiscuidad, por ejemplo —porque creo que ella abarata el sexo y envilece la experiencia sexual—, en cambio estoy por la defensa intransigente del deseo. Entonces, su condena, su represión, su abolición ética o religiosa es algo que desde muy niño —al principio de una manera muy confusa, luego de una manera más razonada— me llevó a cuestionar la religión. Creo que los hombres tienen derecho al placer, que el placer es algo muy respetable y defendible en toda su extrañísima diversificación, complejidad, matices y variantes, que tienen que ver con la complejidad misma del ser humano".
© Augusto Wong Campos, 2004. Yahoo! Geocities Inc.
(1959-1964)
En 1959, tras graduarse el año anterior, Mario Vargas Llosa, acompañado por su esposa Julia, viaja Madrid gracias a una beca de doctorado en Letras de la Institución Javier Prado de Lima. La intención era continuar profundizando, en la Universidad Complutense, el estudio de la ficción de Rubén Darío (no su poesía), pero, como cuenta Julia en sus memorias, Mario no pudo llevar esta tarea a cabo al tener como asesor de tesis a un maestro inadecuado y abusivo, que intentaba apropiarse de las investigaciones del peruano. (Recién en 1971, Mario obtendría su doctorado con un ensayo sobre García Márquez, Historia de un deicidio.)
Aunque esto a la larga no importa, porque la llegada a Europa es el primer gran paso en busca del terreno que consideraba más estimulante para su ya clara carrera de escritor: "El matrimonio con la tía Julia fue realmente un éxito y duró bastante más de lo que todos los parientes, y hasta ella misma, habían temido, deseado o pronosticado: ocho años. En ese tiempo, gracias a mi obstinación y a su ayuda y entusiasmo, combinados con una buena dosis de buena suerte, otros pronósticos (sueños, apetitos) se hicieron realidad. Habíamos llegado a vivir en París y yo, mal que mal, me había hecho un escritor y publicado algunos libros." (La tía Julia y el escribidor, 1977, Capítulo XX).La mudanza a París se da en 1959, cuando Mario decide abandonar los estudios de doctorado. Gracias al apoyo desde Lima de Raúl Porras y su ex maestro de universidad Luis Alberto Sánchez, consigue algunos trabajos temporales. Esta estadía en la Ciudad Luz durará aproximadamente 7 años, y en este periodo consigue trabajos diversos. Su dirección era "17, rue de Tournon - París VI, Francia."
Como profesor de español en la Escuela Berlitz, donde para ser aceptado debió aprender la z y la c como los españoles y el método en quince días. En competencia con 14 españoles gana el concurso: "Eso era como un campo de concentración. Uno no sabía a qué horas tenía que enseñar. El día anterior sólo nos anunciaban la primera hora de enseñanza: de 9 a 10. Era para que no nos dedicáramos a otras cosas. Luego nos decían las horas restantes: de 12 a 1, de 3 a 4, de 6 a 7. Y a veces hasta me enviaban a la Academia Berlitz de Versalles. Eran 180 francos por hora y yo sólo podía escribir los domingos".
En 1960 consigue un trabajo más estable al ingresar como periodista en la sección española de France Presse y colaborador en los programas de la Radio y Televisión Francesa para América Latina, aquí junto a su esposa. Selecciona noticias, las traduce al español, las dice por radio y tiene a su cargo una mesa redonda literaria a la semana: "Mi trabajo comienza a las 11 de la noche y termina a las 3 y media de la madrugada. Leo hasta las 6 y duermo hasta las 12. Por las tardes, escribo. Escribo unas seis horas diarias y a veces más. A veces hasta 10 horas al día" (Caretas, agosto de 1966).
En octubre de 1962, es comisionado por la ORTF para realizar labor periodística en la ciudad de México, acompañando al presidente De Gaulle, quien -entre otros eventos- iba a inaugurar una gran exposición en el famoso bosque de Chapultepec. Ese mismo día debía realizar un reportaje a propósito de la Fiesta de los Muertos de los indios Tarascos, al interior del territorio mexicano. En esta visita conoce a Carlos Fuentes, quien con Mario habría de destacar en la novela latinoamericana de los 60. De allí pasó a Cuba, que por esos días se encontraba convulsionada con la invasión a la Bahía de Cochinos.En diciembre de 1962, Mario es anunciado como el ganador del Premio Biblioteca Breve que entregaba la Editorial Seix Barral, gracias a su novela La ciudad y los perros, presentada con el título de Los impostores (y cuyo título temporal fue de La morada del héroe). Entabla además una amistad continua con el editor Carlos Barral, cabeza de Seix Barral. Mario había venido escribiendo el manuscrito desde el mismo barco que lo llevaba hacia Madrid, como cuenta Julia en sus memorias, y gracias a la ayuda de ésta transcribió varias veces el original para la corrección posterior. Esta primera novela de Mario está considerada como el evento que inició el llamado "boom" de la novela latinoamericana. En Lima, el libro provoca reacciones de rechazo por parte de las autoridades del Colegio Leoncio Prado, donde se sitúa la novela. Algunas de las noticias injuriosas a la novela y al autor puede leerlas haciendo clic aquí.
La historia más detallada de estos años parisinos en el anonimato, previos a La ciudad y los perros, se encuentra en el libro de Julia Lo que Varguitas no dijo, aunque sea un punto de vista parcial: mientras conocemos asuntos de vida marital, no podemos conocer los eventos de crecimiento como escritor que tiene Mario en esos años. Se divorcia de Julia Urquidi entre 1964 y 1965.
"Cuando la tía Julia y yo nos divorciamos hubo en mi dilatada familia copiosas lágrimas, porque todo el mundo (empezando por mi madre y mi padre, claro está) la adoraba. Y cuando, un año después, volví a casarme, esta vez con una prima (hija de la tía Olga y el tío Lucho, qué casualidad) el escándalo familiar fue menos ruidoso que la primera vez (consistió sobre todo en un hervor de chismes). Eso sí, hubo una conspiración perfecta sobre todo para obligarme a casar por la Iglesia, en la que estuvo involucrado hasta el arzobispo de Lima (era, por supuesto, pariente nuestro), quien se apresuró a formar las dispensas autorizando el enlace. Para entonces, la familia estaba ya curada de espanto y esperaba de mí (lo que equivalía a: me perdonaba de antemano) cualquier barbaridad" (La tía Julia y el escribidor, 1977. Capítulo XX)
En 1962 había empezado a trabajar simultáneamente en dos relatos, uno acerca de la selva y otro acerca de sus recuerdos piuranos. Para recoger material sobre el Amazonas y los indígenas, viaja en 1964 a la selva, repitiendo otra experiencia de 1958 en compañía del antropólogo mexicano Juan Comas. Terminará fundiendo los dos relatos en una novela que titulará La Casa Verde (1966), que está dedicada a Patricia.
Mario Vargas Llosa sobre un aspecto de su transición de joven a adulto:Fumando Espero [Haga clic sobre el título para leer un artículo de Mario sobre su abandonada adicción a la nicotina]
"Fui un adolescente profundamente romántico, que se enamoraba como los seres de las novelas románticas, y al mismo tiempo gozaba y sufría extraordinariamente con esos amores, que eran siempre muy apasionados y que yo vivía de una manera mucho más dramática, trágica, de lo que eran en la realidad.Y en mi vida, el amor es algo muy importante: es y ha sido un gran apoyo para trabajar, para escribir, para tomar decisiones. (...) Desde que yo era muy joven empecé a sentir una serie de reservas frente a la religión, porque la religión combatía lo que a mí me parecía respetable, que era el deseo. "
"Esta es una fuente de enriquecimiento para el hombre. Y así como no soy una persona que esté a favor de la promiscuidad, por ejemplo —porque creo que ella abarata el sexo y envilece la experiencia sexual—, en cambio estoy por la defensa intransigente del deseo. Entonces, su condena, su represión, su abolición ética o religiosa es algo que desde muy niño —al principio de una manera muy confusa, luego de una manera más razonada— me llevó a cuestionar la religión. Creo que los hombres tienen derecho al placer, que el placer es algo muy respetable y defendible en toda su extrañísima diversificación, complejidad, matices y variantes, que tienen que ver con la complejidad misma del ser humano".
© Augusto Wong Campos, 2004. Yahoo! Geocities Inc.
lunes, 31 de agosto de 2009
"El Camino del Progreso y la Civilización" - Ludwig von Mises
Piedra de Toque Caretas, edición n°1674
14 de junio de 2001
Por MARIO VARGAS LLOSA
El Discreto Encanto del Liberalismo
EL gran pensador liberal austríaco Ludwig von Mises se oponía a que hubiera partidos políticos que se llamaran "liberales", argumentando que el liberalismo no debía ser un programa de gobierno, y mucho menos una ideología, sino una cultura, una suma de valores y principios generales universalmente aceptados, que alimentara las ideas y proyectos diversos, y aun contradictorios, de las fuerzas políticas de una democracia. Éste era, según él, el camino del progreso y la civilización. Es una lástima que el autor de La acción humana ya no sea de este mundo, porque le hubiera dado una gran alegría comprobar que su sueño se ha hecho realidad por lo menos en un país, Gran Bretaña, en tanto que otros van siguiéndole los pasos.
La aplastante, y, por cierto, muy merecida victoria de Tony Blair y el Partido Laborista en las elecciones del 7 de junio en el Reino Unido es un triunfo de la opción que representaba mejor la doctrina liberal, en una sociedad en la que, en los últimos años, ha tenido lugar una extraordinaria mudanza ideológica. Para entenderla a cabalidad, hay que olvidarse de las etiquetas con que se presentan los partidos, pues ellas, en vez de informarnos sobre lo que son y defienden, como ocurría antaño, han pasado a ser máscaras, disfraces de su verdadera identidad actual. El Partido Conservador de Margaret Thatcher, que derrotó al gobierno socialista y tomó el poder en 1979, aplicó un programa de reformas radicales de la más genuina estirpe liberal, que revolucionó de raíz la sociedad británica: privatizaciones masivas, guerra a muerte a la inflación, recorte drástico del gasto público, transferencia a la sociedad civil de funciones y deberes que había expropiado la burocracia, un audaz programa de diseminación de la propiedad privada entre los sectores que no tenían acceso a ella. Esas reformas que, por supuesto, tuvieron un precio alto, atajaron la declinación económica del Reino Unido y al cabo de unos años duros, de mucho sacrificio, le devolvieron un dinamismo y competitividad gracias a los cuales es, ahora, la cuarta potencia industrial del planeta.
Para llevar a cabo aquella revolución liberal, la señora Thatcher debió revolucionar a su propio partido, que, en los setenta, era conservador en el peor sentido de la palabra: anticuado, tradicionalista, mercantilista y proclive al intervencionismo estatal en la economía. Ella impulsó en su seno una política de meritocracia que removió a fondo la composición clásica del partido, apartando a la cúpula elitista, llevando a su dirigencia militantes de extracción popular y ganando para él a inmemoriales votantes laboristas. En los años en que la Dama de Hierro gobernó, aunque se siguiera llamando conservador, su partido fue el más liberal entre las fuerzas políticas del Reino Unido, más liberal que los socialistas, desde luego, pero también que el llamado Partido Liberal, a menudo refractario a las medidas modernizadoras del gobierno.
Otra consecuencia afortunada para Gran Bretaña de las reformas de la Thatcher, fue la transformación que ellas precipitaron en el interior del Partido Laborista, que, de manera algo tímida en los años de Kinnock, y acelerada cuando Tony Blair y su equipo tomaron el control del partido, fue arrumbando la ideología socialista y adoptando, disimulada por razones tácticas bajo el disfraz de social democracia, y, últimamente, de una fantasiosa Tercera Vía, una agenda inequívocamente liberal. Sin esa evolución el laborismo probablemente no hubiera llegado nunca al poder, y, en todo caso, de llegar y aplicar su viejo programa, el Reino Unido no hubiera alcanzado jamás la recuperación que ahora luce. Por eso, tuvo mucha razón el semanario The Economist, insobornable defensor de la libertad económica y el mercado, en llamar a Tony Blair "el mejor discípulo de Margaret Thatcher" y en endosar a los laboristas en la última elección en vez de los conservadores. Así lo hicieron, también, dos diarios de derecha: The Times y The Financial Times.
Mientras, en estos últimos años, el Partido Laborista, bajo la dirección de Blair, dejaba de ser socialista y se volvía liberal, el Partido Conservador, víctima de varios traumas en su liderazgo -la caída de Margaret Thatcher, el periodo Major y la ascensión de William Hague- seguía una trayectoria inversa: iba echando por la borda los principios e ideales liberales, y replegándose en un conservadurismo de vuelo corto y bastante retrógrado, impregnado de nacionalismo, de rechazo a Europa y una verdadera obsesión antieuro, con esporádicos tintes de xenofobia y hasta de racismo en su política contra la inmigración (William Hague llegó a sugerir que se encerrara a los ilegales en campos de concentración). No sólo el partido, bajo la mediocre conducción primero de Major y luego de Hague, involucionó de esta manera. La propia Margaret Thatcher padeció una regresión semejante, hasta el extremo de haberse convertido, en sus patéticas intervenciones en la reciente campaña electoral, en una caricatura de sí misma.
Ya casi nadie recuerda -y menos que nadie los gacetilleros que se ensañan con ella- que esta anciana tremebunda, prehistórica, que despotrica contra la Unión Europea como si se tratara de un nuevo Atila, fulmina el multiculturalismo, considera una desgracia que en Estados Unidos el español sea reconocido también como lengua oficial, y sostiene que sólo el mundo anglosajón es verdaderamente democrático, lideró en los años ochenta una de las más audaces reformas políticas y económicas de la historia moderna, de inmensa repercusión en todo el globo. Es una lástima que la señora Thatcher, después de su injusta defenestración por una conjura de los Brutus de su Partido, no se quedara callada. En todo caso, al retirarle su apoyo y castigar en esta elección al Partido Conservador como lo ha hecho, votando masivamente por Tony Blair y los suyos el electorado británico ha mostrado una fidelidad a aquellos postulados liberales que fueron los del gobierno conservador de los años ochenta, a los que la actual dirección del Partido Conservador ha vuelto la espalda. Para recuperar lo que han perdido, los tories tendrán, luego de la previsible caída de William Hague y su posible reemplazo por Michael Portillo -que viene haciendo hábiles esfuerzos para correrse hacia el centro- que volver a aquellos ideales, o su alejamiento del gobierno será largo. Si el Partido Conservador se enquista en su reaccionarismo actual, podría incluso hacerse realidad aquello que se ha propuesto Charles Kennedy: que los liberal-demócratas se conviertan en el primer partido de la oposición a Blair.
Al tomar el poder, en 1997, Tony Blair no atenuó ni abolió una sola de las grandes reformas liberales de la señora Thatcher. Por el contrario, las profundizó y las extendió. Fue simbólico que una de sus primeras medidas consistiera en garantizar, mediante ley, la independencia del Banco Central, con lo que puso fin a la antigua costumbre de los gobiernos socialistas de desbocarse en el gasto público, provocando inflación. La política macroeconómica fue todavía más ortodoxa que la de los conservadores, de una disciplina fiscal estricta. Los impuestos siguen siendo los más bajos de Europa, y el apoyo a la empresa privada, como motor del desarrollo, axioma del gobierno. Ello explica el formidable crecimiento del mercado de trabajo; el desempleo, que se halla en la actualidad en un 3 y medio por ciento, es uno de los más bajos del mundo. Las privatizaciones han continuado, y en el programa electoral de estas elecciones, el Partido Laborista anuncia que, para las reformas de la educación y la salud pública, se propone incorporar al capital privado, ya que los recursos públicos son insuficientes para la inversión que aquéllas requieren. Aunque estos, y otros servicios públicos, como el transporte, muestran aún serias deficiencias, lo cierto es que, gracias a la política moderna con que los laboristas han manejado la economía, las condiciones de vida en Gran Bretaña han ido mejorando en todos los estratos de la sociedad, aunque haya todavía amplios sectores a los que este progreso llega con cuentagotas o no llega.
El Partido Liberal-demócrata, que también ha aumentado en estas elecciones su número de escaños, y que tiene un líder joven, inteligente y de enorme simpatía -Charles Kennedy- es, contrariamente a lo que su etiqueta indica, bastante menos liberal ahora que el laborista. Con muy buen sentido de la oportunidad, viendo que los conservadores se movían hacia la extrema derecha, y los socialistas hacia el centro derecha, Kennedy ha virado a los liberal-demócratas hacia el centro izquierda. Su programa se opone a continuar con las privatizaciones y anuncia una subida de los impuestos para costear la mejora de la seguridad social y las escuelas públicas, instituciones a las que quiere amurallar contra toda participación del capital privado. Por eso, varios sindicatos que aún mantienen una militancia política activa -pocos, pues el sindicalismo, al perder los lazos orgánicos con el Partido Laborista se ha despolitizado mucho- en esta elección abandonaron su tradicional compromiso con el laborismo para apoyar, a veces de manera estridente y otras discreta, a los liberal-demócratas.
¿Qué resulta de todo esto? Que la cultura política de la sociedad británica, en treinta años, ha experimentado una transformación fundamental. Hoy es, básicamente, liberal, como quería von Mises. El apoyo a la democracia tuvo siempre en este país un consenso amplísimo, en todo el espectro político, pero la idea de democracia vigente ya no es la misma que en el año fronterizo de 1979. Entonces, para el laborismo, y buen número de conservadores, la democracia sólo podía realizar la justicia social a través de la acción poderosa de un Estado interventor, que, administrando un vasto sector industrial y los servicios públicos básicos, y garantizando mediante el sistema tributario de redistribución social del ingreso, impedía las excesivas disparidades y frenaba los excesos del capital. El Partido Laboralista de Tony Blair, y con él la inmensa mayoría de la opinión pública, cree siempre en la justicia, desde luego, pero ya no piensa que ésta sea una prerrogativa que dispensan los Estados, sino una aspiración y un logro que compromete al conjunto de la sociedad. También, que la justicia, sin el progreso económico, es, para los más, poco menos que un fuego fatuo. Y que el progreso económico no resulta de un Estado grande y una sociedad civil pequeña, sino, más bien, de un Estado limitado y eficaz y una sociedad civil potente, a la que un régimen de libertades y de competencia abre múltiples oportunidades y dinamiza, induciéndola a crear riqueza. Esta concepción de la democracia como una alianza irrompible de libertad económica y libertad política, cuenta hoy día con un consenso que da a la sociedad británica su envidiable estabilidad e impulsa un progreso que el gobierno ahora confirmado con tan rotundo mandato debería asegurar en los años venideros.
No sólo la mejora de los servicios públicos es la tarea más urgente que Tony Blair tiene por delante. Asimismo, resolver la espinosa cuestión del ingreso de Gran Bretaña a la moneda común europea. Como, según las encuestas, hay una mayoría clara opuesta al euro, éste es un tema que los laboristas -pese a que buena parte de los dirigentes, empezando por Blair, son favorables a la moneda común- han tratado todos estos años con extrema prudencia y evasivas. Pero, gracias al Partido Conservador, que hizo de su oposición al euro el principal estribillo de la campaña (¡Salvemos a la libra esterlina!), se les ha facilitado considerablemente la tarea. Tony Blair se vio obligado a hacer explícita su disposición favorable al ingreso británico en el euro y esto no mermó en nada su popularidad. De modo que, con el mandato recibido, es casi seguro que con su resuelto apoyo a esta opción, ella gane el referéndum que ha prometido en los primeros dos años de su nuevo gobierno. La incorporación de Gran Bretaña a la moneda común será muy útil a la sociedad británica, pero acaso más a la Unión Europea, a la que no le vendrán mal algunas lecciones de la excelente política monetaria inglesa, uno de los factores claves de la buena salud económica de Gran Bretaña. Además, la desaparición de la libra esterlina será un excelente antídoto contra esos peligrosos brotes de nacionalismo y chauvinismo que, de un tiempo a esta parte, afean su vida política.
©Mario Vargas Llosa, 2001.
©Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2001.
14 de junio de 2001
Por MARIO VARGAS LLOSA
El Discreto Encanto del Liberalismo
EL gran pensador liberal austríaco Ludwig von Mises se oponía a que hubiera partidos políticos que se llamaran "liberales", argumentando que el liberalismo no debía ser un programa de gobierno, y mucho menos una ideología, sino una cultura, una suma de valores y principios generales universalmente aceptados, que alimentara las ideas y proyectos diversos, y aun contradictorios, de las fuerzas políticas de una democracia. Éste era, según él, el camino del progreso y la civilización. Es una lástima que el autor de La acción humana ya no sea de este mundo, porque le hubiera dado una gran alegría comprobar que su sueño se ha hecho realidad por lo menos en un país, Gran Bretaña, en tanto que otros van siguiéndole los pasos.
La aplastante, y, por cierto, muy merecida victoria de Tony Blair y el Partido Laborista en las elecciones del 7 de junio en el Reino Unido es un triunfo de la opción que representaba mejor la doctrina liberal, en una sociedad en la que, en los últimos años, ha tenido lugar una extraordinaria mudanza ideológica. Para entenderla a cabalidad, hay que olvidarse de las etiquetas con que se presentan los partidos, pues ellas, en vez de informarnos sobre lo que son y defienden, como ocurría antaño, han pasado a ser máscaras, disfraces de su verdadera identidad actual. El Partido Conservador de Margaret Thatcher, que derrotó al gobierno socialista y tomó el poder en 1979, aplicó un programa de reformas radicales de la más genuina estirpe liberal, que revolucionó de raíz la sociedad británica: privatizaciones masivas, guerra a muerte a la inflación, recorte drástico del gasto público, transferencia a la sociedad civil de funciones y deberes que había expropiado la burocracia, un audaz programa de diseminación de la propiedad privada entre los sectores que no tenían acceso a ella. Esas reformas que, por supuesto, tuvieron un precio alto, atajaron la declinación económica del Reino Unido y al cabo de unos años duros, de mucho sacrificio, le devolvieron un dinamismo y competitividad gracias a los cuales es, ahora, la cuarta potencia industrial del planeta.
Para llevar a cabo aquella revolución liberal, la señora Thatcher debió revolucionar a su propio partido, que, en los setenta, era conservador en el peor sentido de la palabra: anticuado, tradicionalista, mercantilista y proclive al intervencionismo estatal en la economía. Ella impulsó en su seno una política de meritocracia que removió a fondo la composición clásica del partido, apartando a la cúpula elitista, llevando a su dirigencia militantes de extracción popular y ganando para él a inmemoriales votantes laboristas. En los años en que la Dama de Hierro gobernó, aunque se siguiera llamando conservador, su partido fue el más liberal entre las fuerzas políticas del Reino Unido, más liberal que los socialistas, desde luego, pero también que el llamado Partido Liberal, a menudo refractario a las medidas modernizadoras del gobierno.
Otra consecuencia afortunada para Gran Bretaña de las reformas de la Thatcher, fue la transformación que ellas precipitaron en el interior del Partido Laborista, que, de manera algo tímida en los años de Kinnock, y acelerada cuando Tony Blair y su equipo tomaron el control del partido, fue arrumbando la ideología socialista y adoptando, disimulada por razones tácticas bajo el disfraz de social democracia, y, últimamente, de una fantasiosa Tercera Vía, una agenda inequívocamente liberal. Sin esa evolución el laborismo probablemente no hubiera llegado nunca al poder, y, en todo caso, de llegar y aplicar su viejo programa, el Reino Unido no hubiera alcanzado jamás la recuperación que ahora luce. Por eso, tuvo mucha razón el semanario The Economist, insobornable defensor de la libertad económica y el mercado, en llamar a Tony Blair "el mejor discípulo de Margaret Thatcher" y en endosar a los laboristas en la última elección en vez de los conservadores. Así lo hicieron, también, dos diarios de derecha: The Times y The Financial Times.
Mientras, en estos últimos años, el Partido Laborista, bajo la dirección de Blair, dejaba de ser socialista y se volvía liberal, el Partido Conservador, víctima de varios traumas en su liderazgo -la caída de Margaret Thatcher, el periodo Major y la ascensión de William Hague- seguía una trayectoria inversa: iba echando por la borda los principios e ideales liberales, y replegándose en un conservadurismo de vuelo corto y bastante retrógrado, impregnado de nacionalismo, de rechazo a Europa y una verdadera obsesión antieuro, con esporádicos tintes de xenofobia y hasta de racismo en su política contra la inmigración (William Hague llegó a sugerir que se encerrara a los ilegales en campos de concentración). No sólo el partido, bajo la mediocre conducción primero de Major y luego de Hague, involucionó de esta manera. La propia Margaret Thatcher padeció una regresión semejante, hasta el extremo de haberse convertido, en sus patéticas intervenciones en la reciente campaña electoral, en una caricatura de sí misma.
Ya casi nadie recuerda -y menos que nadie los gacetilleros que se ensañan con ella- que esta anciana tremebunda, prehistórica, que despotrica contra la Unión Europea como si se tratara de un nuevo Atila, fulmina el multiculturalismo, considera una desgracia que en Estados Unidos el español sea reconocido también como lengua oficial, y sostiene que sólo el mundo anglosajón es verdaderamente democrático, lideró en los años ochenta una de las más audaces reformas políticas y económicas de la historia moderna, de inmensa repercusión en todo el globo. Es una lástima que la señora Thatcher, después de su injusta defenestración por una conjura de los Brutus de su Partido, no se quedara callada. En todo caso, al retirarle su apoyo y castigar en esta elección al Partido Conservador como lo ha hecho, votando masivamente por Tony Blair y los suyos el electorado británico ha mostrado una fidelidad a aquellos postulados liberales que fueron los del gobierno conservador de los años ochenta, a los que la actual dirección del Partido Conservador ha vuelto la espalda. Para recuperar lo que han perdido, los tories tendrán, luego de la previsible caída de William Hague y su posible reemplazo por Michael Portillo -que viene haciendo hábiles esfuerzos para correrse hacia el centro- que volver a aquellos ideales, o su alejamiento del gobierno será largo. Si el Partido Conservador se enquista en su reaccionarismo actual, podría incluso hacerse realidad aquello que se ha propuesto Charles Kennedy: que los liberal-demócratas se conviertan en el primer partido de la oposición a Blair.
Al tomar el poder, en 1997, Tony Blair no atenuó ni abolió una sola de las grandes reformas liberales de la señora Thatcher. Por el contrario, las profundizó y las extendió. Fue simbólico que una de sus primeras medidas consistiera en garantizar, mediante ley, la independencia del Banco Central, con lo que puso fin a la antigua costumbre de los gobiernos socialistas de desbocarse en el gasto público, provocando inflación. La política macroeconómica fue todavía más ortodoxa que la de los conservadores, de una disciplina fiscal estricta. Los impuestos siguen siendo los más bajos de Europa, y el apoyo a la empresa privada, como motor del desarrollo, axioma del gobierno. Ello explica el formidable crecimiento del mercado de trabajo; el desempleo, que se halla en la actualidad en un 3 y medio por ciento, es uno de los más bajos del mundo. Las privatizaciones han continuado, y en el programa electoral de estas elecciones, el Partido Laborista anuncia que, para las reformas de la educación y la salud pública, se propone incorporar al capital privado, ya que los recursos públicos son insuficientes para la inversión que aquéllas requieren. Aunque estos, y otros servicios públicos, como el transporte, muestran aún serias deficiencias, lo cierto es que, gracias a la política moderna con que los laboristas han manejado la economía, las condiciones de vida en Gran Bretaña han ido mejorando en todos los estratos de la sociedad, aunque haya todavía amplios sectores a los que este progreso llega con cuentagotas o no llega.
El Partido Liberal-demócrata, que también ha aumentado en estas elecciones su número de escaños, y que tiene un líder joven, inteligente y de enorme simpatía -Charles Kennedy- es, contrariamente a lo que su etiqueta indica, bastante menos liberal ahora que el laborista. Con muy buen sentido de la oportunidad, viendo que los conservadores se movían hacia la extrema derecha, y los socialistas hacia el centro derecha, Kennedy ha virado a los liberal-demócratas hacia el centro izquierda. Su programa se opone a continuar con las privatizaciones y anuncia una subida de los impuestos para costear la mejora de la seguridad social y las escuelas públicas, instituciones a las que quiere amurallar contra toda participación del capital privado. Por eso, varios sindicatos que aún mantienen una militancia política activa -pocos, pues el sindicalismo, al perder los lazos orgánicos con el Partido Laborista se ha despolitizado mucho- en esta elección abandonaron su tradicional compromiso con el laborismo para apoyar, a veces de manera estridente y otras discreta, a los liberal-demócratas.
¿Qué resulta de todo esto? Que la cultura política de la sociedad británica, en treinta años, ha experimentado una transformación fundamental. Hoy es, básicamente, liberal, como quería von Mises. El apoyo a la democracia tuvo siempre en este país un consenso amplísimo, en todo el espectro político, pero la idea de democracia vigente ya no es la misma que en el año fronterizo de 1979. Entonces, para el laborismo, y buen número de conservadores, la democracia sólo podía realizar la justicia social a través de la acción poderosa de un Estado interventor, que, administrando un vasto sector industrial y los servicios públicos básicos, y garantizando mediante el sistema tributario de redistribución social del ingreso, impedía las excesivas disparidades y frenaba los excesos del capital. El Partido Laboralista de Tony Blair, y con él la inmensa mayoría de la opinión pública, cree siempre en la justicia, desde luego, pero ya no piensa que ésta sea una prerrogativa que dispensan los Estados, sino una aspiración y un logro que compromete al conjunto de la sociedad. También, que la justicia, sin el progreso económico, es, para los más, poco menos que un fuego fatuo. Y que el progreso económico no resulta de un Estado grande y una sociedad civil pequeña, sino, más bien, de un Estado limitado y eficaz y una sociedad civil potente, a la que un régimen de libertades y de competencia abre múltiples oportunidades y dinamiza, induciéndola a crear riqueza. Esta concepción de la democracia como una alianza irrompible de libertad económica y libertad política, cuenta hoy día con un consenso que da a la sociedad británica su envidiable estabilidad e impulsa un progreso que el gobierno ahora confirmado con tan rotundo mandato debería asegurar en los años venideros.
No sólo la mejora de los servicios públicos es la tarea más urgente que Tony Blair tiene por delante. Asimismo, resolver la espinosa cuestión del ingreso de Gran Bretaña a la moneda común europea. Como, según las encuestas, hay una mayoría clara opuesta al euro, éste es un tema que los laboristas -pese a que buena parte de los dirigentes, empezando por Blair, son favorables a la moneda común- han tratado todos estos años con extrema prudencia y evasivas. Pero, gracias al Partido Conservador, que hizo de su oposición al euro el principal estribillo de la campaña (¡Salvemos a la libra esterlina!), se les ha facilitado considerablemente la tarea. Tony Blair se vio obligado a hacer explícita su disposición favorable al ingreso británico en el euro y esto no mermó en nada su popularidad. De modo que, con el mandato recibido, es casi seguro que con su resuelto apoyo a esta opción, ella gane el referéndum que ha prometido en los primeros dos años de su nuevo gobierno. La incorporación de Gran Bretaña a la moneda común será muy útil a la sociedad británica, pero acaso más a la Unión Europea, a la que no le vendrán mal algunas lecciones de la excelente política monetaria inglesa, uno de los factores claves de la buena salud económica de Gran Bretaña. Además, la desaparición de la libra esterlina será un excelente antídoto contra esos peligrosos brotes de nacionalismo y chauvinismo que, de un tiempo a esta parte, afean su vida política.
©Mario Vargas Llosa, 2001.
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