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sábado, 12 de abril de 2014


Un Pensador para el Siglo XXI

23 de marzo de 2014
Fuente La República
Escribe Mario Vargas LLosa

La obra de Jean-François Revel (1924-2006) no consiste solo en los veintiséis libros que escribió y que, además de la política, abarcan muchos géneros de su enciclopédica cultura: filosofía, arte, historia, literatura, información, gastronomía. También en los centenares de artículos que publicó en revistas como L’Express, Le Point y Commentaire y que, al igual que en los casos de un George Orwell o un José Ortega y Gasset, son textos neurálgicos de su reflexión intelectual. Porque Revel, aunque había tenido una formación académica de alto nivel –Escuela Normal Superior, donde fue discípulo de Louis Althusser, y agregación– renunció  a la carrera universitaria después de haber enseñado en México y en Italia, para dedicarse al periodismo, que alcanzó en Francia, gracias a él, la brillantez que tuvo antes en Gran Bretaña y España gracias a los autores de Cazando un elefante y La deshumanización del arte.
¿Por qué lo hizo? Yo creo que para llegar a un público más amplio que el del ámbito universitario y, acaso, sobre todo, para no verse arrastrado al oscurantismo retórico, aquella forma de logomaquia vanidosa y mentirosa que zahirió con tanta valentía como exactitud en algunos filósofos de su tiempo en el segundo de sus libros, Pourquoi des philosophes? (1957) El periodismo que él practicó significaba claridad y verdad, poner las ideas al alcance del lector profano, pero sin trivializarlas, manteniendo el rigor a la vez que la elegancia y la originalidad de los buenos textos literarios. Sin embargo, el periodismo significa también dispersión y fugacidad; tal vez por ello, hasta ahora, salvo esporádicos empeños como el de Pierre Boncenne (Pour Jean-François Revel, 2006) nadie había intentado presentar de una manera sistemática y completa el pensamiento político de Revel y lo que significa en el contexto de nuestra época.
El profesor Philippe Boulanger acaba de hacerlo, de manera soberbia, con un ensayo que, gracias a una investigación exhaustiva de sus libros, sus artículos y su correspondencia y archivos depositados en la Biblioteca Nacional de París, presenta una visión de conjunto, coherente y minuciosa, del pensamiento político de Revel con el telón de fondo de los grandes debates, crisis nacionales e internacionales, conflictos ideológicos, la guerra fría y el desplome del comunismo, ocurridos durante la vida del pensador francés: “Jean-François Revel. La démocratie libérale à l’épreuve du XXe siècle” .
En su intenso rastreo, Philippe Boulanger muestra, ante todo, que las ideas de Revel sobre el quehacer político se forjaron siempre a partir de un cotejo constante de pensamiento y realidad, confrontando sin descanso los hechos comprobables de la historia vivida y las interpretaciones ideológicas, adaptando éstas a aquella y no acomodando los hechos a ideas o esquemas abstractos preconcebidos, como hacía el marxismo.  Esto fue distanciando cada vez más a Revel de un tipo de socialismo que, a su juicio, distorsionaba la historia  para que justificara una ideología que una lectura objetiva de la realidad desmentía. Pero, y sobre esto Boulanger presenta pruebas incontrovertibles, Revel sostuvo buena parte de su vida que el verdadero socialismo era inseparable del liberalismo, y que el pecado capital del socialismo francés era haberlo olvidado, sometiéndose al marxismo y sirviendo de remolque al comunismo. De ahí, una de sus tesis más atrevidas: que el comunismo era el obstáculo mayor que tenía el socialismo francés para reformar profundamente a Francia y hacer de ella una sociedad más libre al mismo tiempo que más justa. Y de ahí, también, su simpatía por el socialismo sueco y por la social democracia alemana que, a diferencia del socialismo francés, nunca tuvieron complejos de inferioridad frente al comunismo a la hora de defender la democracia “burguesa”.
Reivindicar el liberalismo en Francia, en la época que lo hicieron Jean-François Revel o Raymond Aron, no sólo era ir contra la corriente, sino querellarse al mismo tiempo con la izquierda y una derecha conservadora, populista y autoritaria representada por la Quinta República y el gobierno del general De Gaulle. Pero esa orfandad no intimidó nunca a Revel, polemista y panfletario a lo Voltaire,  que, a lo largo de toda su vida, se opuso a los estereotipos en que querían encasillarlo, lapidarias respuestas que, de un lado, desvelaban la naturaleza caudillista y anti democrática del régimen impuesto por De Gaulle, y, de otro, denunciaban la dependencia del comunismo francés de la Unión Soviética y la ceguera o cobardía de sus “compañeros de viaje” socialistas y progresistas que se negaban a reconocer la existencia del Gulag pese a los abrumadores testimonios que llegaban a Occidente de los disidentes y el fracaso calamitoso de la economía dirigida y estatizada de la Unión Soviética y China Popular para elevar los niveles de vida de la población y la desaparición de todas las libertades que implicaba la llamada dictadura del proletariado y la abolición de la propiedad privada.
El libro de Boulanger muestra, también, que el liberalismo de Revel no incurría en la perversión economicista de ciertos economistas supuestamente liberales, malos aprendices de Hayek,  logaritmos vivientes, para quienes el libre mercado es la panacea que resuelve todos los problemas sociales.
Revel fue, en esto, contundente: para un liberal la libertad política y la libertad económica son indivisibles, la una garantiza la coexistencia pacífica y los derechos humanos, y la otra trae desarrollo económico, crea empleo y respeta la soberanía individual. Al mismo tiempo, una sociedad no alcanza nunca la plena libertad sin una rica vida cultural, en la que se puedan manifestar sin presiones ni dirigismos oficiales la creatividad artística e intelectual y el espíritu crítico.  Para ello es indispensable una educación de alto nivel, privada y pública, pues ella crea la igualdad de oportunidades, esencial para que una sociedad libre sea también una sociedad equitativa, digna y genuinamente democrática.
Revel fue siempre un enemigo declarado de toda forma de nacionalismo, un promotor de un gobierno supranacional, un defensor de una Europa unida y abierta al resto del mundo, un defensor de la lenta disolución de las fronteras a través de los intercambios comerciales y culturales, y alguien a quien su espíritu curioso  llevó a interesarse por otras culturas, otras lenguas –dominaba cinco– y uno de los mejores conocedores de la realidad de América Latina, sobre la que escribió iluminadores ensayos, refutando a sus ingenuos compatriotas que se empeñaban en ver, como un modelo de revolución democrática, el castrismo y las fantasías guevaristas de erupcionar el mundo creando “dos, tres, Vietnam”.
Aunque la política le apasionaba, estaba convencido de que ella no debía absorber toda una vida.  En todo caso, ella no agotaba su inquietud múltiple, su pasión por conocer, lo que hacía de él un heredero directo de la gran tradición humanista occidental.  Escribió una historia de la filosofía, sobre todo centrada en los pensadores griegos y latinos, y en los renacentistas, para lectores profanos, que se lee con el interés de un libro de aventuras, y ensayos sutiles y polémicos sobre Proust, sobre Descartes, y, sobre gastronomía, Un festin en paroles, en el que mostró, sin embarazo alguno, además de su ironía y buen humor, su pasión por la buena mesa y las buenas bebidas.      
Tenemos que agradecerle a Philippe Boulanger el enorme trabajo que debe haber significado para él escribir esta formidable biografía intelectual y política de Jean-François Revel. Ha sido un acto de justicia con uno de los pensadores más agudos y actuales, uno de los mejores continuadores de Tocqueville, y, a la vez, uno de los más injustamente marginados en un país en el que, pese a todas las frustraciones y fracasos que le ha significado aferrarse a la tradición anacrónica del Estado fuerte, grande e intervencionista, que han compartido tanto la izquierda como la derecha, la lección de Revel ha sido desoída y negada. Ya no será posible seguirlo desconociendo después de este admirable reconocimiento de Philippe Boulanger, que ha demostrado la riqueza, profundidad y actualidad de sus ideas.
Lima, marzo de 2014

domingo, 16 de febrero de 2014


Liberales y Liberales

26 de enero de 2014
Fuente La República
Escribe Mario Vargas LLosa

Como los seres humanos, las palabras cambian de contenido según el tiempo y el lugar. Seguir sus transformaciones es instructivo, aunque, a veces, como ocurre con el vocablo “liberal”, semejante averiguación puede extraviarnos en un laberinto de dudas.
En el Quijote y la literatura de su época la palabra aparece varias veces. ¿Qué quiere decir allí? Hombre de espíritu abierto, bien educado, tolerante, comunicativo; en suma, una persona con la que se puede simpatizar. En ella no hay connotaciones políticas ni religiosas, sólo éticas y cívicas en el sentido más ancho de ambas palabras.
A fines del siglo XVIII este vocablo cambia de naturaleza y adquiere matices que tienen que ver con las ideas sobre la libertad y el mercado de los pensadores británicos y franceses de la Ilustración (Stuart Mill, Locke, Hume, Adam Smith, Voltaire). Los liberales combaten la esclavitud y el intervencionismo del Estado, defienden la propiedad privada, el comercio libre, la competencia, el individualismo y se declaran enemigos de los dogmas y el absolutismo.
En el siglo XIX un liberal es sobre todo un librepensador: defiende el Estado laico, quiere separar la Iglesia del Estado, emancipar a la sociedad del oscurantismo religioso.  Sus diferencias con los conservadores y los regímenes autoritarios generan a menudo guerras civiles y revoluciones. El liberal de entonces es lo que hoy llamaríamos un progresista, defensor de los derechos humanos (desde la Revolución Francesa se les conocía como los Derechos del Hombre) y la democracia.
Con la aparición del marxismo y la difusión de las ideas socialistas, el liberalismo va siendo desplazado de la vanguardia a una retaguardia, por defender un sistema económico y político –el capitalismo– que el socialismo y el comunismo quieren abolir en nombre de una justicia social que identifican con el colectivismo y el estatismo. (No en todas partes ocurre esta transformación de la palabra liberal. En los Estados Unidos un liberal es todavía un radical, un social demócrata o un socialista a secas).  La conversión de la vertiente comunista del socialismo al autoritarismo empuja al socialismo democrático al centro político y lo acerca –sin juntarlo– al liberalismo.
En nuestros días liberal y liberalismo quieren decir, según las culturas y los países, cosas distintas y a veces contradictorias. El partido del tiranuelo nicaragüense Somoza se llamaba liberal y así se denomina, en Austria, un partido neofascista. La confusión es tan extrema que regímenes dictatoriales como los de Pinochet en Chile y de Fujimori en el Perú son llamados a veces ”liberales” o “neoliberales” porque privatizaron algunas empresas y abrieron mercados.
De esta desnaturalización de lo que es la doctrina liberal no son del todo inocentes algunos liberales convencidos de que el liberalismo es una doctrina esencialmente económica, que gira en torno del mercado como una panacea mágica para la resolución de todos los problemas sociales. Esos logaritmos vivientes llegan a formas extremas de dogmatismo y están dispuestos a hacer tales concesiones en el campo político a la extrema derecha y al neofascismo que han contribuido a desprestigiar las ideas liberales y a que se las vea como una máscara de la reacción y la explotación.
Dicho esto, es verdad que algunos gobiernos conservadores, como los de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido, llevaron a cabo reformas económicas y sociales de inequívoca raíz liberal, impulsando la cultura de la libertad de manera extraordinaria, aunque en otros campos la hicieran retroceder. Lo mismo podría decirse de algunos gobiernos socialistas, como el de Felipe González en España o el de José Mujica en Uruguay, que, en la esfera de los derechos humanos, han hecho progresar a sus países reduciendo injusticias inveteradas y creando oportunidades para los ciudadanos de menores ingresos.
Una de las características del liberalismo en nuestros días es que se le encuentra en los lugares menos pensados y a veces brilla por su ausencia donde ciertos ingenuos creen que está. A las personas y partidos hay que juzgarlos no por lo que dicen y predican sino por lo que hacen. En el debate que hay en estos días en el Perú sobre la concentración de los medios de prensa, algunos valedores de la adquisición por el grupo El Comercio de la mayoría de las acciones de Epensa, que le confiere casi el 80% del mercado de la prensa, son periodistas que callaron o aplaudieron cuando la dictadura de Fujimori y Montesinos cometía sus crímenes más abominables y manipulaba toda la información, comprando a dueños y redactores de diarios o intimidándolos. ¿Cómo tomaríamos en serio a esos novísimos catecúmenos de la libertad?
Un filósofo y economista liberal de la llamada escuela austríaca, Ludwig von Mises, se oponía a que hubiera partidos políticos liberales, porque, a su juicio, el liberalismo debía ser una cultura que irrigara a un arco muy amplio de formaciones y movimientos que, aunque tuvieran importantes discrepancias, compartieran un denominador común sobre ciertos principios liberales básicos.
Algo de eso ocurre desde hace buen tiempo en las democracias más avanzadas, donde, con diferencias más de matiz que de esencia, entre democristianos y social demócratas y socialistas, liberales y conservadores, republicanos y demócratas, hay unos consensos que dan estabilidad a las instituciones y continuidad a las políticas sociales y económicas, un sistema que sólo se ve amenazado por sus extremos, el neofascismo de Le Front National en Francia, por ejemplo, o La Liga Lombarda en Italia, y grupos y grupúsculos ultra comunistas y anarquistas.
En América Latina este proceso se da de manera más pausada y con más riesgo de retroceso que en otras partes del mundo, por lo débil que es todavía la cultura democrática, que sólo tiene tradición en países como Chile, Uruguay y Costa Rica, en tanto que en los demás es más bien precaria. Pero ha comenzado a suceder y la mejor prueba de ello es que las dictaduras militares prácticamente se han extinguido y de los movimientos armados revolucionarios sobrevive a duras penas las FARC colombianas, con un apoyo popular decreciente. Es verdad que hay gobiernos populistas y demagógicos, aparte del anacronismo que es Cuba, pero Venezuela, por ejemplo, que aspiraba a ser el gran fermento del socialismo revolucionario latinoamericano, vive una crisis económica, política y social tan profunda, con el desplome de su moneda, la carestía demencial –todo falta, la comida, el agua, hasta el papel higiénico– y las iniquidades de la delincuencia, que difícilmente podría ser ahora el modelo continental en que quería convertirla el comandante Chávez.
Hay ciertas ideas básicas que definen a un liberal. Que la libertad, valor supremo, es una e indivisible y que ella debe operar en todos los campos para garantizar el verdadero progreso. La libertad política, económica, social, cultural, son una sola y todas ellas hacen avanzar la justicia, la riqueza, los derechos humanos, las oportunidades y la coexistencia pacífica en una sociedad. Si en uno solo de esos campos la libertad se eclipsa, en todos los otros se encuentra amenazada. Los liberales creen que el Estado pequeño es más eficiente que el que crece demasiado, y que, cuando esto último ocurre, no sólo la economía se resiente, también el conjunto de las libertades públicas. Creen asimismo que la función del Estado no es producir riqueza, sino que esta función la lleva a cabo mejor la sociedad civil, en un régimen de mercado libre, en que se prohíben los privilegios y se respeta la propiedad privada. La seguridad, el orden público, la legalidad, la educación y la salud competen al Estado, desde luego, pero no de manera monopólica sino en estrecha colaboración con la sociedad civil.
Estas y otras convicciones generales de un liberal tienen, a la hora de su aplicación, fórmulas y matices muy diversos relacionados con el nivel de desarrollo de una sociedad, de su cultura y sus tradiciones. No hay fórmulas rígidas y recetas únicas para ponerlas en práctica. Forzar reformas liberales de manera abrupta, sin consenso, puede provocar frustración, desórdenes y crisis políticas que pongan en peligro el sistema democrático. Este es tan esencial al pensamiento liberal como el de la libertad económica y el respeto a los derechos humanos. Por eso, la difícil tolerancia –para quienes, como nosotros, españoles y latinoamericanos, tenemos una tradición dogmática e intransigente tan fuerte– debería ser la virtud más apreciada entre los liberales. Tolerancia quiere decir, simplemente, aceptar la posibilidad del error en las convicciones propias y de verdad en las ajenas.
Es natural, por eso, que haya entre los liberales discrepancias, y a veces muy serias, sobre temas como el aborto, los matrimonios gay, la descriminalización de las drogas y otros. Sobre ninguno de estos temas existe una verdad revelada liberal, porque para los liberales no hay verdades reveladas. La verdad es, como estableció Karl Popper, siempre provisional, sólo válida mientras no surja otra que la califique o refute. Los congresos y encuentros liberales suelen ser, a menudo, parecidos a los de los trotskistas (cuando el trotskismo existía): batallas intelectuales en defensa de ideas contrapuestas. Algunos ven en ello un rasgo de inoperancia e irrealismo. Yo creo que esas controversias entre lo que Isaías Berlin llamaba “las verdades contradictorias” han hecho que el liberalismo siga siendo la doctrina que más ha contribuido a mejorar la coexistencia social, haciendo avanzar la libertad humana.
Lima, enero de 2014

martes, 25 de septiembre de 2012


“Esa Juana de Arco liberal”


Fuente original La República
23 de septiembre de 2012
Escribe Mario Vargas Llosa


Debió de ser allá por los años 1983 o 1984. La concejala del Ayuntamiento de Madrid, que acababa de hablar, lo había hecho con una claridad y rotundidad infrecuentes en un político y defendiendo ideas que no estaban para nada de moda. “¿Quién es esta Juana de Arco española liberal?”, pregunté. La pregunta llegó a sus oídos y, desde entonces, en todos estos años –los de su extraordinaria carrera y, también, los de nuestra amistad– cada vez que la he visto, Esperanza Aguirre me ha recordado aquella anécdota. ¿Por qué Juana de Arco? Porque defender, como ella lo hacía, el liberalismo, me pareció entonces la manera más rápida de precipitarse en la hoguera del desprestigio y la ruina.
Que me equivocara de manera tan garrafal, muestra los altos méritos de Esperanza Aguirre, que, ante la sorpresa general, acaba de anunciar su renuncia a la Presidencia de la Comunidad de Madrid y su retiro de la vida política. No sólo ha sido uno de los escasos políticos de convicción de estos años en España; también, uno de los más populares, que más elecciones ha ganado y que, en todos los cargos que ha ejercido –concejala, senadora, ministra, Presidenta del Senado y Presidenta de la Comunidad–, ha conseguido impulsar más medidas y reformas de corte liberal, gracias a las cuales la provinciana capital de España de hace tres decenios es la metrópoli de hoy día y la región más próspera, menos endeudada, una verdadera potencia industrial y la de vida cultural más rica y diversificada de todo el país.
La vamos a echar mucho de menos. Todos. Los que, como yo, la admirábamos y nos hubiera gustado verla llegar a la Presidencia del Gobierno, convencidos de que, con ella al frente, jamás se hubiera hundido España en una crisis como la que hoy padece, y también sus adversarios, a los que deja hoy en la orfandad, sin tener alguien a quien odiar y atacar con la saña con que se encarnizaron contra ella (ayudados a veces por los micrófonos indiscretos), que se les enfrentaba sin complejos de inferioridad, respondiendo a los insultos con ideas, sin perder nunca las buenas formas y derrotándolos siempre en las urnas.
Esperanza Aguirre libró en todos estos años un doble combate. Contra una izquierda dura, dogmática y vanidosa que se creía dueña no sólo de la verdad ideológica, sino también de la compasión, de la solidaridad y de la “justicia social” y contra una derecha conservadora y ultra, acomplejada y acobardada frente a la izquierda, desconfiada del mercado y la apertura económica, favorable al rentismo y con más intereses que convicciones y principios. Ninguna de estas dos fuerzas pudieron derrotarla pero le hicieron la vida difícil, muy difícil, y la obligaron muchas veces a hacer verdaderos prodigios de táctica política –simulacros y fintas de concesiones, supuestos pasos atrás a fin de saltar adelante– para no verse acorralada en lo personal, y, sobre todo, hacer avanzar los principios liberales básicos de recortar el intervencionismo estatal en la vida económica y social y privatizar en todo lo posible tanto la creación de riqueza como las instituciones y la vida ciudadana.
En su famosa distinción entre el “político de convicción” y el “político de responsabilidad” de 1919, Max Weber matizó que no se debía entender esta diferencia como una antinomia sin remedio, y que había casos, infrecuentes sin duda, en que un político era capaz de conciliar ambas opciones. Una de esas excepciones ha sido Esperanza Aguirre. Nunca perdió de vista los principios liberales a los que se adhirió cuando era todavía muy joven; pero, a lo largo de su carrera política, la experiencia le mostró que la democracia no tolera la rigidez doctrinaria, pues la realidad es siempre más sutil y compleja que las teorías que pretenden exhibirla, y que las ideas que no son capaces de adaptarse a la realidad terminan siempre por conseguir resultados opuestos a los que persiguen. 
En muchos momentos de su vida política, Esperanza Aguirre accedió a iniciativas reñidas con sus convicciones, porque no había más remedio, o para salvar al menos parcialmente su propia agenda. Pero, lo importante, a la hora de juzgar de manera global su gestión, haciendo las sumas y las restas, es que nadie podrá negar que en toda su trayectoria aquellas son mucho más numerosas que estas, y que por eso de ella se puede hacer el mejor elogio de un gobernante: que dejó la comunidad de la que fue responsable mucho –muchísimo– mejor de como la encontró.
Quisiera destacar un aspecto admirable de la política de Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid: el apoyo a los exiliados y perseguidos políticos de Cuba. Ellos han sido siempre los parientes pobres entre todos los latinoamericanos que han debido dejar sus países por las amenazas y el acoso de que eran víctimas de parte del poder. Como, por una de esas aberraciones ideológicas de las que está repleta la época en que vivimos, la Revolución Cubana, pese al más de medio siglo de ruina económica y dictadura política que ha significado para la isla, sigue gozando de una cierta intangibilidad moral ante la izquierda, el centro e incluso sectores de derecha, los exiliados cubanos han padecido de la indiferencia y a veces de la abierta hostilidad de los gobiernos democráticos españoles. La excepción, en esto, ha sido, gracias a Esperanza Aguirre, la comunidad madrileña, que ha ayudado a muchos de ellos a encontrar trabajo, a obtener los permisos correspondientes y a sobrellevar las inevitables penalidades del destierro.
Cuando fue Ministra de Educación y Cultura del primer Gobierno del Partido Popular, la enemistad hacia Esperanza Aguirre de artistas, escritores, cineastas, periodistas, profesores, fue enorme y el ensañamiento contra lo que hacía y decía no conoció límites, sobre todo de los caricaturistas a los que, la inmutable calma con que la ministra ejercía su función como si la tempestad no fuera con ella, atizaba la ferocidad. A juzgar por las barbaridades que le decían y atribuían, la educación y la cultura en España habían caído en manos de una antropófaga, o poco menos. ¡Vaya injusticia! Pocos políticos he conocido que tengan más respeto por el trabajo creativo –artístico o intelectual– que Esperanza Aguirre y que hayan hecho más esfuerzos que ella, en su vida privada, en los escasos recreos que le deparaba su enloquecedora agenda de trabajo, para leer, asistir a conciertos o exposiciones y estar enterada del ir y venir de la vida cultural. Y, también, que haya llevado ese respeto al extremo de no haber querido nunca instrumentalizar las actividades artísticas en provecho personal.
Y, sin embargo, discretamente, lo que ella ha hecho para impulsar la vida cultural en su esfera de influencia ha sido enorme. A ella se debe, en buena parte, que en las últimas décadas la oferta cultural en la comunidad madrileña se haya multiplicado por diez, dejando muy rezagadas a todas las otras ciudades y regiones de España, entre ellas a Cataluña, que en los años sesenta o setenta era la capital cultural de España, y que esta vida cultural sea libre, diversa, múltiple, y, en ella, la iniciativa privada coexista con la pública.
¿Por qué ha renunciado a la política precisamente en este momento? En los últimos dos días he sentido vértigo leyendo todas las especulaciones al respecto. Que porque se le había reproducido el cáncer que padeció hace un par de años, que por discrepancias irreductibles con la política económica de Mariano Rajoy, que por querellas y animosidades en su propio partido, y otras todavía más fantasiosas. Aunque no tengo ninguna otra información que las que he leído en la prensa, creo que nada de eso es cierto. Y que probablemente dijo la verdad en su comparecencia televisiva: que había llegado el momento de retirarse para dar paso a gente más joven, que, después de treinta años de estar en la intensa brega política, quería poder dedicarse un poco más a esa familia que con tanta paciencia y generosidad la ha apoyado en estos años y la ha visto tan poco. Saber retirarse a tiempo, no enquistarse en el poder, ceder la posta a la nueva generación, forma parte, también, de la filosofía (y la coherencia) liberal.

Madrid, septiembre de 2012

domingo, 9 de septiembre de 2012


El Joven Popper


Fuente La República de Perú
09 de septiembre de 2012
Sin Hitler y los nazis Karl Popper no hubiera escrito nunca ese libro clave del pensamiento democrático y liberal moderno, La sociedad abierta y sus enemigos (1945), y probablemente su vida hubiera sido la de un oscuro profesor de filosofía de la ciencia confinado en su Viena natal. Muy poco se conocía de la infancia y juventud de Popper –su Autobiografía (1976) las escamotea casi por completo– hasta la aparición del libro de Malachi Haim Hacohen, Karl Popper. The Formative Years 1902-1945 (2000), exhaustiva investigación sobre aquella etapa de la vida del filósofo en el marco deslumbrante de la Viena de fines del XIX y los primeros años del XX, una sociedad multicultural y multirracial, cosmopolita, de efervescente creatividad literaria y artística, espíritu crítico e intensos debates intelectuales y políticos. Allí debió gestarse la idea popperiana de la “sociedad abierta” de la cultura democrática contrapuesta a las “sociedades cerradas” del totalitarismo.
Como desde la ocupación nazi de Austria en marzo de 1938 la vida cultural de este país entró en una etapa de oscurantismo y decadencia de la que todavía no se ha recuperado –sus mejores talentos emigraron, fueron exterminados o anulados por el terror y la censura– cuesta trabajo imaginar que la Viena en la que Popper hizo sus primeros estudios descubrió su vocación por la investigación, la ciencia y la disidencia, aprendió el oficio de carpintero y militó en el socialismo más radical, era acaso la ciudad más culta y libre de Europa, un mundo donde católicos, protestantes, judíos integrados o sionistas, librepensadores, masones, ateos, coexistían, polemizaban y contribuían a revolucionar las formas artísticas, la música sobre todo aunque también la pintura y la literatura, las ciencias sociales y las exactas y la filosofía. Un libro recién traducido al español, de William Johnston, The Austrian Mind: An Intellectual and Social History 1848-1938 (1972) (El genio austrohúngaro. Historia social e intelectual 1848-1938), reconstruye con rigor esa fascinante Torre de Babel en la que precozmente Popper aprendió a detestar el nacionalismo, una de sus bestias negras a la que siempre identificó como el enemigo mortal de la cultura de la libertad.
La familia de Popper, de origen judío, se había convertido al protestantismo dos generaciones antes de que él naciera en 1902. Su abuelo paterno tenía una formidable biblioteca en la que él, niño, contraería la pasión de la lectura. Nunca se consoló de haber tenido que venderla cuando se desplomaron las finanzas de su familia, que, durante su infancia, era muy próspera. En su vejez, cuando, por primera vez en su vida, recibió algo de dinero por derechos de autor, trató ingenuamente de reconstruirla, pero no lo consiguió. Su educación fue protestante y estoica, puritana, y, aunque se casó con Hennie, una católica, esa moral estricta, calvinista, de renuncia de toda sensualidad y autoexigencia y austeridad extremas, lo acompañó toda su vida. Según los testimonios recogidos por Malachi Hacohen, lo que más reprochaba Popper a Marx y a Kennedy no eran sus errores políticos, sino haberse permitido tener amantes.
En la Viena de su juventud –la Viena Roja– prevalecía un socialismo liberal y democrático, que propiciaba el multiculturalismo, y muchas familias judías integradas, como la suya, ocupaban posiciones de privilegio en la vida económica, universitaria y hasta política. Su precoz rechazo de toda forma de nacionalismo –la regresión a la tribu– lo llevó a oponerse al sionismo y siempre pensó que la creación de Israel fue “un trágico error”.  En el borrador de su autobiografía escribió una frase durísima: “Inicialmente me opuse al sionismo porque yo estaba contra toda forma de nacionalismo. Pero nunca creí que los sionistas se volvieran racistas. Esto me hace sentir vergüenza de mi origen, pues me siento responsable de las acciones de los nacionalistas israelíes”.
Pensaba entonces que los judíos debían integrarse a las sociedades en las que vivían, como había hecho su familia, porque la idea  “del pueblo elegido” le parecía peligrosa. Presagiaba, según él, las visiones modernas de la “clase elegida” del marxismo o de la “raza elegida” del nazismo. Debió ser terrible para quien pensaba de este modo ver cómo, en la sociedad que creía abierta, el antisemitismo comenzaba a crecer como la espuma por la influencia ideológica que venía de Alemania, y sentirse de pronto amenazado, asfixiado y obligado a exiliarse. Poco después, ya en el exilio de Nueva Zelanda, donde, gracias a sus amigos F. A. Hayek y Ernst Gombrich, había conseguido un modesto trabajo como lector en la Canterbury University, en Christchurch, se iría enterando de que dieciséis parientes cercanos suyos –tíos, tías, primos, primas–, además de innumerables colegas y amigos austriacos de origen judío, como él, y perfectamente integrados, serían aniquilados o morirían en los campos de concentración víctimas del racismo demencial de los nazis.
Este es el contexto que indujo a Popper a apartarse unos años de sus investigaciones científicas (antes de abandonar Austria había ya publicado Logik der Forschung (1935) (Lógica de la Investigación Científica) y prestar lo que llamaría su contribución intelectual a la resistencia contra la amenaza totalitaria. Primero fue La pobreza del historicismo (1944-1945) y luego La sociedad abierta y sus enemigos (1945). Malachi Hacohen traza una minuciosa y absorbente historia de las condiciones difíciles, poco menos que heroicas, en que Popper trabajó estos dos libros de filosofía política que le darían una celebridad que nunca imaginó, robando horas a las clases y obligaciones administrativas en la universidad, pidiendo ayuda bibliográfica a sus amigos europeos, y viviendo en una pobreza que por momentos se acercaba a la miseria, ayudado por la lealtad y la entrega misioneras de Hennie, que descifraba el manuscrito, lo dactilografiaba y, además, lo sometía por momentos a críticas severas.
Malachi Hacohen ha trabajado tanto en este libro sobre el joven Popper como éste en su investigación sobre los orígenes del totalitarismo en la Grecia clásica que, según él, arranca con Platón y llega hasta Marx, Lenin y el fascismo, pasando por Hegel y Comte. Y por momentos da la impresión de que, en el curso de esos años de intensa dedicación, fue pasando de la admiración devota y casi religiosa hacia Popper a un cierto desencanto, a medida que descubría en su vida privada los defectos y manías inevitables, sus intolerancias, su poca reciprocidad con quienes lo habían ayudado, sus depresiones y manías, su poca flexibilidad para aceptar la llegada de nuevas formas, ideas y modas de la modernidad.
Algunas de estas críticas me parecen muy injustas, pero ellas no están de más en un libro dedicado a quien sostuvo siempre que el espíritu crítico es la condición indispensable del verdadero progreso en el dominio de la ciencia y en el de la vida social, y que es sometiendo a la prueba del examen y del error –es decir, tratando de “falsearlas”, de demostrar que son falsas– que se conoce la verdad o la mentira de las doctrinas, teorías e interpretaciones que pretenden explicar al individuo aislado o inmerso en la amalgama social.
Por otra parte, Malachi Hacohen deja claramente establecido que, contra lo que se llegó a creer en los años de la Guerra Fría, que Popper era el filósofo nato del conservadurismo, sus tesis sobre la sociedad abierta y la sociedad cerrada, el esencialismo, el historicismo, el Mundo Tercero, la ingeniería social fragmentaria, el espíritu tribal y sus argumentos contra el nacionalismo, el dogmatismo y las ortodoxias políticas y religiosas, cubren un amplio espectro filosófico liberal en el que pueden reconocerse por igual todas las formaciones políticas democráticas, desde el socialismo hasta el conservadurismo que acepten la división de poderes, las elecciones, la libertad de expresión y el mercado. El liberalismo de Karl Popper es profundamente progresista porque está imbuido de una voluntad de justicia que a veces se halla ausente en quienes cifran el destino de la libertad solo en la existencia de mercados libres, olvidando que estos, por sí solos, terminan, según la metáfora de Isaiah Berlin, permitiendo que los lobos se coman a todos los corderos. La libertad económica, que Popper defendió, debía complementarse, a través de una educación pública de alto nivel y diversas iniciativas de orden social, como una vida cultural intensa y accesible al mayor número, a fin de crear una igualdad de oportunidades que impidiera, en cada generación, la creación de privilegios heredados, algo que le pareció siempre tan nefasto como los dogmas religiosos y el espíritu tribal.
 Tánger, septiembre de 2012

viernes, 23 de marzo de 2012


‘El Latifundio nos Marcó el Subconsciente’



22 de marzo de 2012          Fuente Caretas


Límite de tierras, el dilema minero y el Fredemo en retrospectiva.


Entrevista
Ahora se discuten en el Congreso varios proyectos para limitar la propiedad de la tierra y evitar la concentración. ¿Qué opinaría actualmente desde su perspectiva liberal? 

–Algunos países que son democracias muy avanzadas ponen una limitación a la propiedad de la tierra porque piensan que una gran desproporción en el tamaño de las propiedades es contradictoria con la idea de igualdad de oportunidades, que es un principio democrático. 



Otros países también profundamente democráticos no ponen ningún tipo de limitación. Creo que el problema hay que estudiarlo con mucho cuidado. Mi primer instinto es que no debería haber otra limitación que la que imponga naturalmente la realidad política y económica. Creo que en un principio democrático general liberal ese debería ser el criterio.


Pero, bueno, hay factores que hay que tener en cuenta: el pasado, lo que ha significado el latifundio en la historia del Perú, que ha marcado profundamente el subconsciente peruano como una institución de explotación, de discriminación, de violencia social. Creo que hay que tener en cuenta todas esas consideraciones antes de estudiar rigurosamente, sin demagogia, esa problemática.


–Usted acaba de escribir sobre el desarrollo en Piura. ¿Qué piensa sobre las críticas a que esos proyectos de irrigación financiados por el Estado terminan beneficiando a los más grandes? 

–Pero ahora hay una tecnología tan avanzada que los tamaños pasan a segunda importancia. Es la productividad lo que importa y depende de la tecnología. Una muy pequeña propiedad puede ser más productiva que una grande si es bien administrada.

–Como algunos cafetaleros orgánicos. 

–O las granjas agrícolas para la exportación, que son la mejor prueba de que la organización puede dar lugar a una productividad extraordinaria.

–¿Qué piensa del dilema minero que tanto nos convulsiona? 

–Que hoy en día también hay una tecnología que permite que la minería opere sin destruir el medio ambiente tomando todas las precauciones para que ese futuro se respete, y eso es lo que los gobiernos tienen derecho a exigir. Lo que no se puede aceptar de ninguna manera es acabar con la minería por un principio puramente político e ideológico en un país que tiene una vocación minera, que está dotado de recursos minerales extraordinarios, que puede ser una fuente de desarrollo y prosperidad fantástica. Lo que hay que sugerir es desde luego, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, que las empresas mineras actúen con responsabilidad y que haya una autoridad fuerte y firme para hacer respetar todos esos condicionamientos al medio ambiente. El Estado define las políticas, la legalidad, y un Estado democrático lo hace a través de escuchar los puntos de vista contrarios y a través de estudios rigurosamente científicos y tecnológicos. Eso hoy día se puede alcanzar, ocurre en los países más prósperos y es lo que debemos exigir en el Perú, pero no podemos declarar de antemano por una cuestión ideológica que el Perú renuncie a la minería. ¿El Perú va a renunciar a la prosperidad, a la creación de trabajo? A eso equivale.

–En el evento de hoy se recordó varias veces otro encuentro de hace 22 años en Lima que fue un episodio fundacional en su candidatura. ¿Tiene hoy la misma idea del Estado que tenía entonces? 

–Con muchas enmiendas e innovaciones, aprovechando justamente la experiencia. Pero una cosa que me interesa muchísimo subrayar es que ese era un programa minuciosamente estudiado para aplicarlo en democracia. No era un programa para que lo aplicara una dictadura. El principio mismo de una dictadura era írrito a la naturaleza del programa, que era profundamente democrático y para el que nosotros queríamos un mandato electoral. Para mí el desarrollo económico no es concebible separado de una democracia, a través de un régimen autoritario. Eso lo desnaturaliza, lo corrompe. Los intentos muy mediatizados de liberación (económica) que se hicieron en la dictadura estuvieron estragados por la infinita corrupción que la acompañó.

–¿El proceso de privatizaciones, por ejemplo? 

–Por ejemplo. Las privatizaciones eran un instrumento absolutamente fundamental en nuestro caso para infundir la propiedad, para que se extendiera por el país. Sirvieron para enriquecer a algunas cuantas personas y sobre todo para llenar las bolsas de Montesinos y Fujimori.

–En sus ficciones usted ha trazado personajes que demuestran hasta dónde pueden llegar los impulsos humanos sin ataduras. ¿No podría establecerse una relación con la desregulación que terminó en la crisis financiera? 

–No creo que la desregulación conduzca a la barbarie. No se hacen para crear un estado salvaje donde reina el más fuerte. Se hacen para disminuir el red tape, para disminuir la burocratización, para abaratar el costo de la legalidad, pero todo eso siempre dentro de la legalidad, que no puede ser vulnerada. Hombre, hay reformas liberales que han resultado excesivas y a veces contraproducentes. Como cuando la señora Thatcher creó el tax a la propiedad habitacional. La idea era democratizar la propiedad y al final creó unas injusticias tremendas. El pueblo inglés reaccionó y el gobierno debió rectificar. A veces hay excesos en las reformas liberales. Para eso hay una opinión pública que se manifiesta en democracia y exige que las reformas se corrijan
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(Entrevista: Enrique Chávez)

miércoles, 3 de noviembre de 2010


La Política de Mario Vargas Llosa


Escrito por: David Boaz
08 de octubre de 2010

Marie Arana, ex editora en el Perú del Washington Post , escribe un bien considerado y conmovedor análisis de la obra de Mario Vargas Llosa que acaba de recibir un Premio Nobel. Ella explora las opiniones políticas de Vargas Llosa  y esclarece si  éstas le pueden haber impedido ganar el premio mucho antes. Pero hay una palabra que curiosamente no aparece en su artículo. Curioso, porque es una palabra muy común, la palabra que describe su filosofía política, una palabra que él utiliza con frecuencia. Es posible que desee leer el artículo y ver si puede encontrar la palabra que falta antes de seguir leyendo aquí.
Arana escribe:
Cuando se le preguntó a su editor hace varios años por el premio que se le había escapado, me respondió con una sonrisa irónica que él no era la opción políticamente correcta. ...
De acuerdo con el comité del Nobel, ha ganado el premio "por su cartografía de las estructuras de poder y de sus imágenes mordaces de la resistencia del individuo, la rebelión, y la derrota."
Durante años, el chisme fue que Estocolmo no lo reconocería porque su política era conservadora, aunque muchas de sus posiciones - sobre derechos de los homosexuales, por ejemplo - se han ubicado a la izquierda del centro de ...
Pese a todo su trabajo efectuado denunciando gobiernos totalitarios, Vargas Llosa no es ningún revolucionario radical. Ha sido descrito como un neoliberal intransigente, un hombre con convicciones inquebrantables, que su país y la gente necesita una estricta disciplina económica, la afiliación en el mercado mundial y las estrictas medidas de austeridad en el hogar.
¿Cuál es la palabra que falta?  uno leer más.
Esta es la palabra que falta: Mario Vargas Llosa es un liberal. Esto no es difícil de determinar. La Enciclopedia Británica define el liberalismo como la doctrina política y económica que hace hincapié en los derechos y libertades del individuo y la necesidad de limitar los poderes del gobierno. Eso parece cubrir todos los detalles establecidos por Arana.
Y el propio Vargas Llosa ha hecho claro su liberalismo. Cuando recibió el premio anual de la empresa American Institute, su conferencia fue "Confesiones de un liberal. Es posible que haya creado un cierto malestar en el conservador público principalmente cuando dijo:
Porque el liberalismo no es una ideología, es decir, una religión laica dogmática, sino más bien, la doctrina de la evolución de los rendimientos que, en realidad, no busca forzar la realidad para hacer el rendimiento; al respecto hay tendencias diversas y discrepancias profundas entre los liberales. También con respecto a la religión, el matrimonio gay, el aborto y los liberales, tales como yo, que son agnósticos, así como los partidarios de la separación entre Iglesia y Estado y defensores de la despenalización del aborto y el matrimonio gay, que a veces han sido duramente criticada por otros liberales que han expuesto puntos de vista opuestos sobre estas cuestiones.
De hecho, MVLL les respondió:
El libre mercado es el mejor mecanismo que existe para producir riqueza y, si bien complementado con otras instituciones y usos de la cultura democrática, inicia el progreso material de una nación a la altura espectacular con el que estamos familiarizados. ...
Por lo tanto, el liberal que aspira a serlo, considera la libertad un valor fundamental. Gracias a esta libertad, la humanidad ha sido capaz del viaje desde la caverna primitiva hasta las estrellas y la revolución de la información, al progreso de las formas de asociación colectivista y despótica de la democracia representativa. Los fundamentos de la libertad son la propiedad privada y el Estado de Derecho; este sistema garantiza el menor número de posibles formas de injusticia, produce mayor progreso material y cultural, más eficaz en combatir la violencia y proporciona el mayor respeto de los derechos humanos. De acuerdo con este concepto del liberalismo, la libertad es un concepto único y unificado. Políticos y las libertades económicas son tan inseparables como las dos caras de una misma medalla. ...
Soñamos, como los novelistas tienden a hacer: un mundo despojado de fanáticos, terroristas y dictadores, un mundo de diferentes culturas, razas, credos y tradiciones que convivan en paz gracias a la cultura de la libertad, en el que las fronteras se conviertan en los puentes que los hombres y las mujeres pueden cruzar en la búsqueda de sus objetivos sin otro obstáculo que su voluntad suprema.
Entonces no será necesario hablar de libertad porque va a ser el aire que respiramos y porque todos vamos a ser verdaderamente libres. El ideal de Ludwig von Mises de una cultura universal impregnada de respeto a la ley y donde los derechos humanos se han convertido en una realidad.
Arana mencionó que Vargas Llosa ha sido llamado un "neoliberal", sea lo que sea. En su ensayo "El liberalismo en el nuevo milenio", en Fortune Global: El tropiezo y auge del capitalismo del mundo (y reimpreso en la antología Cato Hacia la Libertad), Vargas Llosa había un poco de diversión con la palabra miedo "neoliberalismo".
Wikipedia tropieza un poco al describir sus puntos de vista como, neoliberales, o liberal clásico. ¿Se puede ser a la vez clásico y neo-liberal? Se hace mención de su ruptura con el Partido Popular de España, por sus puntos de vista conservadores no liberales. Una historia del New York Times aparecida esta semana en lo que describe como un conservadorPor supuesto, las opiniones políticas de Vargas Llosa - contra el autoritarismo de cualquier tipo, a favor del libre mercado, la tolerancia social, la paz, el Estado de Derecho y la gobernabilidad democrática es lo que se podría describir en estos días como libertario. Pero eso no es una palabra que Vargas Llosa, un hombre de América Latina y Europa, parece utilizar. Así que por ahora vamos a permitirle al gran escritor describir sus propios puntos de vista: Mario Vargas Llosa es un liberal, uno de los grandes liberales de nuestro tiempo.
En cuanto a su prestigio literario, voy a volver a Marie Arana:
El 2010 el Premio Nobel de Literatura ha sido dado a un escritor cuyo nombre es bien conocido y ampliamente venerados por la comunidad literaria mundial: la profundidad intelectual, innegablemente talentosa, del novelista peruano Mario Vargas Llosa ...
Pero quizás el aspecto más ganador de la carrera de Vargas Llosa es su humanidad profunda y duradera. Generoso en la amistad, su indefectiblemente curiosidad por el mundo en general, incansable en su búsqueda para probar la naturaleza del animal humano, es un escritor modelo de nuestros tiempos. Es un placer para mí escribir que por fin éste año el Premio Nobel de Literatura es otorgado a un ganador indiscutible.