lunes, 18 de octubre de 2010


Mario Vargas Llosa, el escribidor conversador


RECONOCIMIENTO. DOCTOR HONORIS CAUSA POR LA UNIVERSIDAD DE MÁLAGA

El escritor peruano, eterno candidato al Premio Nobel, está considerado como uno de los literatos más granados del planeta
Una de las tragedias de grandes literatos, de los totémicos, de los que perduran, es haberse muerto sin que apenas le reconocieran en vida su valía. Cervantes, un poner, constituye un ejemplo lacerante. No es el caso de Mario Vargas Llosa, eterno candidato al Nobel, consagrado premio Cervantes y Príncipe de Asturias (1986), al que ya casi no le queda sitio en su charretera ni en su estantería para colocar tantos reconocimientos.

Un escribidor de éxito, comprometido intelectual que baja a la arena de tinta de la prensa, liberal beligerante que coqueteó con la izquierda en su juventud y se atrevió a embozarse el poncho de la política como candidato presidencial en Perú, y baluarte imprescindible de una generación de grandes escritores latinoamericanos que descubrieron al mundo la magia de su inventiva.

Afable, gran conversador y mejor escribidor, enamorado de la pintura, apasionado de los toros, devoto del ayuno como terapia levitante, amigo de sus amigos, Vargas Llosa es un personaje entrañable y honesto que a nadie deja indiferente. Venera tanto a los clásicos como a Flaubert, del que es un consumado experto, inquieto hasta el punto de subirse a un escenario a hacer teatro o de muñir reportajes junto a su hija Morgana, fotógrafa, en convulsas esquinas del mundo como Irak, íntimo de García Márquez -amistad que terminó con incidente pugilístico-, adora los hipopótamos: «El animal más tierno, más delicado y más bonito que he visto» y le encanta la yuca frita. Recala desde hace más de veinte años en Marbella donde tiene avenida y estrella de la fama. La Universidad de Málaga lo nombra este miércoles doctor honoris causa en plena madurez creativa, que ha acreditado con sus últimos libros: 'El paraíso en la otra esquina' y 'Travesuras de la niña mala'.

Peruano, Vargas Llosa nació un domingo florido de 1936 en casa de sus abuelos en Arequipa, un pueblo de hojaldre de cal en sus fachadas que reencuentra, con cariño y nostalgia, en Andalucía. Parte de su infancia la trasiega en Bolivia, en Cochabamba. De allí a Lima. Un episodio medular de su vida, por decreto de un padre autoritario, fue su internado en 1950 en la academia militar Leoncio Prado. Dos años de férula que luego plasmó, magistral, en su novela 'La ciudad y los perros' (1963), uno de sus primeros éxitos. Sus vivencias, retazos autobiográficos, arman algunas de sus grandes obras. Casado casi como un furtivo, tan solo con 18 años, con Julia Urquidi, su tía, agavilló 'La tía Julia y el Escribidor' (1977).

Estudia Letras y Derecho, y escarcea con el periodismo en radio y diarios. De su experiencia en estas lides surge 'Conversaciones en La Catedral' (1969), uno de sus textos más redondos que reconoce como parto preferido. Fue registrador de tumbas en el cementerio para sostener la casa y, tras pisar por primera vez París galardonado en un concurso de relatos, recorre la amazonia peruana del Alto Marañón, paisaje que convertirá en tramoya de otro de sus éxitos: 'La Casa Verde' (1966). Inicia a principios de los sesenta un doctorado en Filología Románica en la Complutense madrileña, que abandona para retornar a París donde vive hasta 1966. En mayo de 1965, años ya separado, contrae matrimonio con Patricia Llosa, prima hermana y actual esposa. Se traslada a Londres donde imparte clases en la Universidad. Trabaja en 1967 como traductor para la Unesco en Grecia, junto a Julio Cortázar, y descubre Barcelona donde coincide, entre otros, con Gabriel García Márquez, con quien mantendrá una larga amistad, luego quebrada.

Imparte clases en la Universidad de Puerto Rico y, en Londres, obtiene una cátedra en el King's College. En 1970 consolida su residencia en Barcelona, donde permanecerá durante cinco años. Su cuarta y popular novela 'Pantaleón y las visitadoras' la publica en 1973. En 1981 aparece 'La guerra del fin del mundo', un éxito editorial que logra, 'rara avis', tres ediciones en el primer año.
Candidato
Sus posteriores escarceos con la política como candidato a la presidencia de Perú (1989) frente a Fujimori tienen antecedentes porque rechazó cinco años antes ser primer ministro, cargo que le ofrece Fernando Belaúnde Terry. En 1993 obtiene la nacionalidad española -que suma a la peruana- abjurando del régimen «felón y autoritario» instaurado en su país. Ese año gana el premio Planeta con 'Lituma en los Andes' y en 1994 le otorgan el Cervantes. Ingresa en 1996 en la Academia de la Lengua. Diserta sobre Azorín. Protagoniza en 2000 otro aldabonazo literario con 'La fiesta del chivo', inspirada en la feroz dictadura dominicana de Trujillo. Luego, su alegoría sobre la utopía con Flora Tristán y su nieto Paul Gauguin como referentes. Mario, auténtico, un escribidor que conversa con soniquete melodioso, que aún escribe a pluma y que teme el «sueño espantoso» de Gates de acabar con el papel: «Puede llegar a ser una realidad pero espero que sobreviva una minoría de catecúmenos que en la clandestinidad mantenga viva la cultura del papel, del libro, inseparable de la literatura».

El discurso del Príncipe de Asturias 1986

VARGAS LLOSA, NOBEL

diario SUR de España

07 de octubre de 2010



El discurso del Príncipe de Asturias 1986
Mario Vargas Llosa recibe el premio Principe de Asturias de Letras1986. / Archivo
Discurso pronunciado por Mario Vargas Llosa en la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias de 1986.
Imagino que se me ha confiado la honrosa tarea de agradecer los Premios Príncipe de Asturias porque, entre los premiados, yo puedo testimoniar mejor que nadie sobre el espíritu generoso que los informa y, viniendo del remoto Perú, sobre su vocación universal. Lo hago con la modestia debida, pero, también, orgulloso de compartir este reconocimiento con los distinguidos intelectuales, artistas, científicos e instituciones que los han merecido. Y feliz de hacerlo en esta tierra de Asturias, de recias cumbres y verdes campiñas, donde nació uno de los escritores que más admiro -Clarín- y que es un símbolo, en la historia de Occidente, de amor a la soberanía y a la libertad.
Y puesto que los Premios Príncipe de Asturias hermanan, cada año, a hombres y mujeres de España y de América, quizás ésta sea una ocasión propicia para reflexionar en alta voz sobre aquel hecho fronterizo en la Historia, del que pronto celebraremos cinco siglos: la inserción de América, por obra de España, en el mundo occidental. Vale la pena hacerlo porque, aunque antiguo y sabido, es un hecho que todavía no resulta evidente para todos ni suelen sacar de él, algunos gobiernos y personas, las conclusiones que se imponen.
Españoles e hispanoamericanos vivimos trescientos años de historia común y, en esos tres siglos, la tierra a la que llegó Colón, desapareció y fue reemplazada por otra, sustancialmente distinta. Una tierra que, enriquecida por los fermentos de su entraña pre-histórica y por los aportes de otras regiones del planeta -el África, principalmente-, piensa, cree, se organiza, habla y sueña dentro de los valores y esquemas culturales que son los mismos de Europa. Quien se niega a verlo así tiene una visión insuficiente de América o de lo que es el horizonte cultural de Occidente.
Luego de tres siglos en que fueron una sola, las naciones que España ayudó a formar y a las que marcó de manera indeleble, estallaron en una miríada de países que, entre fortunas e infortunios -más de éstos que de aquéllas- tratan de forjarse un destino decente y de aniquilar a esos demonios que han emponzoñado su historia: el hambre, la intolerancia, las desigualdades inicuas, el atraso, la falta de libertad, la violencia. Son demonios que España conoce porque también en la Península han causado estragos.
Lo que la Historia unió los gobiernos se encargan a menudo de desunirlo. Nuestro pasado, en América, está afeado por querellas estúpidas en las que nos hemos desangrado y empobrecido inútilmente. Pero todas las guerras y disensiones no han podido calar más hondo de la superficie; bajo los transitorios diferendos subsisten, irrompibles, aquellos vínculos que España estableció entre ella y nosotros, y entre nosotros mismos, y que el tiempo consolida cada vez más: una lengua, unas creencias, ciertas instituciones y una amplísima gama de virtudes y defectos que, para bien y para mal, hacen de nosotros parientes irremediables por encima de nuestros particularismos y diferencias.
Quizás una pequeña historia podría ilustrar mejor lo que me gustaría decir. Ya que eso es lo que soy -un contador de historias- permítanme que se la cuente.
Es la historia de un indio del Perú, que nació en 1629 ó 1632 -nadie ha podido precisarlo-, en una aldea perdida de los Andes cuyo nombre, Calcauso, ni siquiera figuró en los mapas. Estaba -a lo mejor está aún- en la provincia de Aymaraes, en Apurímac. Era un muchacho curioso y vivaracho a quien, un día, un clérigo de paso, impresionado por sus dotes, llevó consigo al Cusco e hizo estudiar en el Colegio de San Antonio Abad, donde se concedían algunas becas para "hijos de indígenas". Sabemos muy pocas cosas de su biografía. Ni siquiera es seguro que se llamara con el nombre y el apellido españoles con que ha pasado a la historia: Juan Espinoza Medrano. Parece probado, eso sí, que tenía la cara averiada por verrugas o por un enorme lunar y que a ello debió su apodo: el Lunarejo.
Pero sus contemporáneos le pusieron también otro sobrenombre más ilustre: el Doctor Sublime. Porque aquel indio de Apurímac llegó a ser uno de los intelectuales más cultos y refinados de su tiempo y un escritor cuya prosa robusta y mordaz, de amplia respiración y atrevidas imágenes, multicolor, laberíntica, funda en América hispana esa tradición del barroco de la que serían tributarios, siglos más tarde, autores como Leopoldo Marechal, Alejo Carpentier y Lezama Lima.
La leyenda dice que cuando el Doctor Sublime predicaba, desde el púlpito a la modesta iglesia del barrio de San Cristóbal, en el Cusco, de la que fue párroco, la nave rebotaba de fieles y que había quienes hacían largas travesías para escucharlo. ¿Entendía esa apretada multitud lo que el Lunarejo les decía? A juzgar por los sermones que de él nos han llegado -La Novena Maravilla se titula, con cierta hipérbole, la recopilación- es probable que, la mayoría, no. Pero no hay duda de que esa palabra lujosa, musical, que convocaba con autoridad a los poetas griegos y a los filósofos romanos, a fabulistas bizantinos, trovadores medievales y prosistas castellanos y los hacía desfilar galanamente por la imaginación de sus oyentes, hechizaba a su auditorio.
El único libro orgánico escrito por el Lunarejo del que tenemos noticia es un texto polémico: el Apologético en favor de don Luis de Góngora, que publicó en 1662, refutando al crítico portugués Manuel de Faría y Souza, que había atacado el culteranismo. Hay a quienes la intención de este turbulento panfleto hace reír. ¿No era patético que, allá, tan lejos de Madrid, y tan fuera del tiempo, ese indiano se empeñara en intervenir en una polémica que, aquí, en Europa, había cesado hacía varias décadas y cuyos protagonistas estaban ya muertos? A mí, el anacrónico empeño del curita cusqueño, lanzándose, desde su barriada andina, a reavivar esa extinta polémica, me conmueve profundamente. Porque en su texto erudito, belicoso, atiborrado de pasión y de metáforas, hay una voluntad de apropiación de una cultura que adelanta lo que es hoy, intelectualmente, América Latina. En el Lunarejo, y en un puñado de otros creadores indianos, como el Inca Garcilaso o Sor Juana Inés de la Cruz, las ideas y la lengua que fueron de Europa a América han echado raíces y germinado en un pensamiento y en una estética que representan ya un matiz diferente, una inflexión propia muy nítida dentro de la literatura española y la civilización occidental.
En el Apologético en favor de don Luis de Góngora, el Lunarejo cita o glosa a más de ciento treinta autores, desde Homero y Aristóteles hasta Cervantes, pasando por el Aretino, Erasmo, Tertuliano y Camoens. Las citas cultas eran un ritual de los tiempos, como rendir pleitesía al cielo y a los santos. En su caso, son, también, un ejercicio de magia simpatética, un conjuro para atraer a esas tierras y arraigar en ellas a quienes representaban, entonces, las cimas de la sabiduría y el arte. Aquella brujería fue eficaz: obras como las de Neruda, Borges y Octavio Paz han sido posibles en América Latina gracias a la testarudez con que, gentes como el Lunarejo, decidieron hacer suya, asumir como propia la cultura que España trasplantó a sus tierras.
En los tiempos del Doctor Sublime, la mayoría de nuestros escritores eran meros epígonos: repetían, a veces con buen oído, a veces desafinando, los modelos de la metrópoli. Pero, en algunos casos, como en el suyo, apunta ya un curioso proceso de emancipación en el que el emancipado alcanza su libertad y su identidad eligiendo por voluntad propia aquello que hasta entonces le era impuesto. El colonizado se adueña de la cultura del colonizador y, en vez de mimarle, pasa a crearla, aumentándola y renovándola. Así, se independiza en la medida en que se integra. En eso consiste la soberanía cultural de Hispanoamérica: en saber que Cervantes, el Arcipreste y Quevedo son tan nuestros como de un asturiano o un leonés. Y que ellos nos representan tan legítimamente como las piedras de Machu Picchu o las pirámides mayas.
Aquel proceso fue extraño, sinuoso y, sobre todo, lento. Como el Doctor Sublime, otros hispanoamericanos encontraron su propia voz, sin proponérselo, tratando de emular a los peninsulares. En el Lunarejo, la inventiva y el brío verbal son tan fuertes que rompen los moldes estrechos y rastreros del género que escogió para expresarse. Su Apologético no es tal, sino un poema en prosa en el que, con el pretexto de reverenciar a Góngora y vituperar a Faría y Souza, el apurimeño se libra a una suntuosa prestidigitación. Juega con los sonidos y el sentido de las palabras, fantasea, canta, impreca, cita y va coloreando los vocablos y los malabares con un deje personal. Al final, no vemos en su texto una reinvindicación de Góngora y una abominación del portugués: lo vemos a él, emergiendo, borracho de verbo y de retruécanos, con una figura propia tan resuelta que afantasma al poeta y al crítico.
En el Lunarejo se vislumbra lo que serían el Perú, Hispanoamérica: la frontera austral del Occidente, un mundo en ciernes, inconcluso, ansioso por cuajar, que tiene prisa y que a veces se cae de bruces. Pero la meta final de esa carrera de obstáculos en que está América Latina es clarísima y nada nos ayudaría tanto a alcanzarla como que Europa Occidental entendiera que nuestra suerte está unida a la de ella y que el anhelo de nuestros pueblos es lograr sociedades prósperas y justas, dentro del sistema de libertad y convivencia que es la más grande contribución de Occidente a la humanidad.
A lo mucho que nos unió en el pasado, hoy nos une, a españoles y a hispanoamericanos, otro denominador común: regímenes democráticos, una vida política signada por el principio de libertad. Nunca, en toda su vida independiente, ha tenido América Latina tantos gobiernos representativos, nacidos de elecciones, como en este momento. Las dictaduras que sobreviven son apenas un puñado y alguna de ellas, por fortuna, parecen estar dando las últimas boqueadas. Es verdad que nuestras democracias son imperfectas y precarias y que a nuestros países les queda un largo camino para conseguir niveles de vida aceptables. Pero lo fundamental es que ese camino se recorra, como quieren nuestros pueblos -así lo hacen saber, clamorosamente, cada vez que son consultados en comicios legítimos- dentro del marco de tolerancia y de libertad que vive ahora España.
Para nuestros países, lo ocurrido en la Península, en estos años, ha sido un ejemplo estimulante, un motivo de inspiración y de admiración. Porque España es el mejor ejemplo, hoy, de que la opción democrática es posible y genuinamente popular en nuestras tierras. Hace veintiocho años, cuando llegué a Madrid como estudiante, había en el mundo quienes, cuando se hablaba de un posible futuro democrático para España, sonreían con el mismo escepticismo que lo hacen ahora cuando se habla de la democracia dominicana o boliviana. Parecía imposible, a muchos, que España fuera capaz de domeñar una cierta tradición de intolerancias extremas, de revueltas y golpes armados. Sin embargo, hoy todos reconocen que el país es una democracia ejemplar en la que, gracias a la clarísima elección de la Corona, de las dirigencias políticas y del pueblo español, la convivencia democrática y la libertad parecen haber arraigado en su suelo de manera irreversible.
A nosotros, hispanoamericanos, esta realidad nos enorgullece y nos alienta. Pero no nos sorprende; desde luego que era posible, como lo es, también, allende el mar, en nuestras tierras. Por eso, a las muchas razones que nos acercan, deberíamos decididamente añadir esta otra: la voluntad de luchar, hombro con hombro, por preservar la libertad conseguida, por ayudar a recobrarla a quienes se la arrebataron y a defenderla a los que la tienen amenazada. ¿Qué mejor manera que ésta de conmemorar el quinto centenario de nuestra aventura común?
La palabra Hispanidad exhalaba, en un pasado reciente, un tufillo fuera de moda, a nostalgia neocolonial y a utopía autoritaria. Pero, atención, toda palabra tiene el contenido que querramos darle. Hispanidad rima también con modernidad, con civilidad y, ante todo, con libertad. De nosotros dependerá que sea cierto. Hagamos con esas dos palabras, Hispanidad y Libertad, las piruetas que le gustaban al Lunarejo: juntémoslas, arrejuntémoslas, fundámoslas, casémoslas y que no vuelvan a divorciarse nunca.

El Nobel une a dos amigos separados por un puñetazo

VARGAS LLOSA Y GARCÍA MÁRQUEZ

diario SUR de España

07.10.10 
El Nobel une a dos amigos separados por un puñetazo
Gabriel García Márquez, delante de Mario Vargas Llosa, en una imagen de 1970 cuando ambos formaban parte del jurado del premio Biblioteca Breve. / Archivo
El Premio Nobel de Literatura ha vuelto a hacer confluir las carreras de Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, las dos figuras más emblemáticas de la actual literatura latinoamericana, que se separaron en su momento por una discrepancia nunca esclarecida que terminó en un famoso puñetazo. Fue el joven Vargas Llosa quien asestó, hace 34 años, el golpe sorpresivo a su, por entonces, gran amigo García Márquez, cuando el 12 de febrero de 1976 ambos se encontraron a la entrada de un cine en Ciudad de México.
Las causas del suceso se han mantenido desde entonces ocultas por la decisión de ambas figuras literarias de no difundirlas, un pacto tácito que han respetado a lo largo de más de tres décadas. En medio de numerosas especulaciones, ha sido la versión del periodista hispano-peruano Francisco 'Paco' Igartua, la que mayor acogida ha tenido con el paso del tiempo y que se remite a unas discrepancias sentimentales entre Vargas Llosa y su segunda esposa, Patricia.
Según Igartua, él fue testigo de cómo el peruano se enfureció al ver al colombiano y, sin mediar palabras, se acercó y le asestó un puñetazo que sorprendió a su entonces amigo con los brazos abiertos. En su libro de memorias Siempre un extraño, el periodista dejó entrever que entre los motivos estuvieron los celos, por unos supuestos consejos que había dado 'Gabo' a Patricia cuando ésta tenía problemas conyugales.
Luego ha sido el británico Gerald Martin, en su biografía Gabriel García Márquez: una vida, quien ha dado una nueva pista para descorrer el velo de este enigma personal y literario. Martin asegura que Vargas Llosa le dijo a 'Gabo': "Esto es por lo que le dijiste a Patricia" o "Esto es por lo que le hiciste a Patricia". Otros aseguran que el golpe también fue el culmen de las discrepancias ideológicas que comenzaban a tener ambos amigos, por la defensa del liberalismo que hacía Vargas Llosa, y del régimen cubano de Fidel Castro, en el caso de García Márquez.
La huella de la disputa
Y a pesar de que se pensaba que no existía ninguna evidencia del incidente, más allá de los testimonios difusos y confusos, hace tres años el fotógrafo Rodrigo Moya publicó en México dos fotografías en las que se ve a García Márquez con los efectos del golpe recibido. En esas tomas, aparecidas en el diario La Jornada cuando 'Gabo' cumplió 80 años, aparece el autor de Cien años de soledad con el ojo izquierdo amoratado.
Moya, fotógrafo mexicano de origen colombiano, señaló que tomó la imagen el 14 de febrero de 1976, dos días después del puñetazo, porque García Márquez "quería una constancia de aquella agresión". Recordó que le preguntó al escritor qué había pasado y éste fue "evasivo" y "atribuyó la agresión a las diferencias" que ya eran insalvables en la medida en que el autor peruano "se sumaba a ritmo acelerado al pensamiento de derecha". Pero fue Mercedes Barcha, la esposa de 'Gabo', quien hizo un comentario más elocuente: "Es que Mario es un celoso estúpido, repitió Mercedes varias veces, cuando la sesión fotográfica había devenido en charla o chisme", según Moya.
El fotógrafo dedujo luego que "mientras ambas parejas vivían en París, los García Márquez habían tratado de mediar en los problemas conyugales entre Vargas Llosa y su esposa Patricia, acogiendo sus confidencias". "Como suele suceder, los consejos o comentarios de la pareja colombiana rebotaron hacia Vargas Llosa cuando éste volvió al redil y se reconcilió con su esposa", indicó Moya.
Hace dos años, Vargas Llosa volvió a ratificar que tiene "un pacto tácito" para no hablar sobre García Márquez, con la intención de "darle trabajo a los biógrafos". "Que los biógrafos averigüen, que ellos descubran, que digan qué pasó", señaló al ser preguntado por las causas del incidente que puso fin a una de las amistades más memorables de las letras hispanoamericanas.
Sin embargo, el nuevo premio Nobel ha confirmado que, más allá de las discrepancias, sus vidas y sus carreras siempre confluyen y se mantienen unidas, desde su lejana juventud de afanes literarios. Ahora consagrados y juntos, para siempre, en el parnaso de la literatura universal.



¿Solo peruano?


La profunda peruanidad de Vargas Llosa tiene no solo en su bella estética literaria o en la inteligencia narrativa de sus relatos un sesgo claramente universal

07 de octubre de 2010
Peruano sí, pero no solo peruano. Ese era uno de los soniquetes negativos, ofensivos, que le lanzaban inmisericordemente sus enemigos del APRA en la primera vuelta de las elecciones presidenciales del 90. Peruano a medias, calato en mecánica nacional del Perú, porque Vargas Llosa vivía más aquí que allá o más en la creación de lo universal que en la incomodidad centrípeta de un país asolado por las dictaduras de Velasco Alvarado y Morales Bermúdez.
Y el caso es que sus adversarios tenían razón, aunque no en el sentido ofensivo, ya que la peruanidad de Vargas Llosa no era ni es limitativa de su universalidad. Es peruano Vargas Llosa, sin duda, porque su mundo creativo y muchos de sus personajes están en las tradiciones de Ricardo Palma y en la literatura antropológica de Jose María Arguedas. Peruano es, también, el espacio de corrupción inmoral en el que se desenvuelve 'Zabalita' o la brutalidad deudora de los mejores patriocabulismos que representa el Jaguar del colegio militar Leoncio Prado. Y no digamos nada de la anarquía racional peruana que gobierna las andanzas del humilde Sargento Lituma, cuya terrible consecuencia fue el sanguinario periplo de Sendero Luminoso. Aún así, la profunda peruanidad de Vargas Llosa tiene no solo en su bella estética literaria o en la inteligencia narrativa de sus relatos un sesgo claramente universal, sino también un fondo temático y tipológico de clara comprensión cosmopolita y universal.
Porque en Pantaleón y las visitadoras está también la gran novela satírica europea. Y en La guerra del fin del mundo, el claro reflejo de la irracionalidad humana. Y, ¿acaso no hay en Lituma en los Andes una aventura detectivesca con claras reminiscencias de la novela negra? ¿No están en los héroes de Vargas Llosa los personajes de Baroja, los pensamientos de Rabelais, las deformaciones de Grosz o el humor y la ironía universal? ¿No se distingue en su defensa de Belaúnde Terry, en sus disputas intelectuales con Regis Debray o en sus denuncias contra Fujimori o Montesinos una ferviente defensa de la libertad? Sí, Vargas Llosa es peruano, pero no solo peruano. Es peruano universal, sí, pero ahora también el literato peruano más universal.

Del comunismo universitario a defensor del liberalismo



Valedor del régimen cubano, se distanció de él por la encarcelación de disidentes y llegó a declararse admirador de Margaret Thatcher 

08 de octubre de 2010
Mario Vargas Llosa representa el tipo de escritor al que se ha llamado comprometido siguiendo la estela de Jean-Paul Sartre. Es una figura muy del siglo XX, cuando aún se creía que los intelectuales estaban más cerca de la verdad por su mejor preparación, y se subían al estrado en sentido real o figurado aunque luego cometieran errores garrafales, como su tozudo apoyo a dictaduras por lo general de signo comunista.
Como hoy cada uno cree tener sus propias opiniones, igual de válidas que las de los otros, su poder de influencia ha disminuido, si no desaparecido. Pero hay algunos que insisten, Vargas Llosa entre ellos, tanto que llegó a presentarse en 1990 a la presidencia de su país natal, Perú. Enfrente tuvo al 'chinito' Alberto Fujimori, cuyo populismo derrotó el discurso más elitista del escritor, que antes y después ha tenido un largo recorrido político, desde el marxismo a posiciones afines al liberalismo clásico.
Mientras estudiaba en la Universidad San Marcos de Lima, en 1954, participó en la una célula estudiantil del Partido Comunista Peruano, entonces en la clandestinidad. Año y medio más tarde se afilió al Partido Demócrata Cristiano hasta que lo dejó en 1960 por su tibieza a la hora de apoyar la revolución cubana.
Su estancia en París determinó un nuevo giro a la izquierda. Allí se encontró con Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, muy cercano al régimen de Castro. Vargas Llosa escribió reportajes sobre la nueva situación cubana y participó como miembro del jurado de premios oficiales, como el Casa de las Américas. Pero fue el primero en distanciarse del castrismo, cuando detuvieron en 1971 al disidente Heberto Padilla.
A partir de ese momento comenzó su viaje al liberalismo, luego realizado por muchos otros intelectuales. Cambió a Sartre, ídolo de su juventud, por Albert Camus, e integró en su panteón ideológico al economista Friedrich Hayek y a los filósofos Karl Popper e Isaiah Berlin, ambos muy críticos con el totalitarismo, y el segundo también con el nacionalismo.

El niño que reescribía sus cuentos


08 de octubre de 2010

Diario Sur de España


Comenzó alargando las historias con las que aprendió a leer y ha llegado al Nobel tras escribir un puñado de obras maestras 


Fue en Cochabamba y a la edad de diez años cuando Mario Vargas Llosa sufrió una inmersión en la literatura que habría de cambiar su vida. Una joven amiga de su madre le prestó dos volúmenes de Miguel de Zevaco, 'Nostradamus' y 'El hijo de Nostradamus', novelas que lo conducirían primero hacia Alejandro Dumas y más tarde hacia decenas de libros poblados de héroes y romances que le hicieron soñar con vivir en otros mundos o al menos hacer que unos personajes nacidos de su imaginación vivieran en ellos. Pocas veces un acto tan inocente y común como prestar unos libros ha tenido un efecto tan gigantesco. El niño que recibió aquellos volúmenes ganó ayer el premio Nobel. Pero mucho antes, con solo 19 años, cuando ni en el mejor de sus sueños podía concebir la esperanza de una distinción semejante, se casó con la muchacha que le había cedido los libros y luego, tras divorciarse, la convirtió en la protagonista de uno de sus títulos más celebrados: 'La tía Julia y el escribidor'.
Cuando conoció a Julia Urquidi, Marito como le llamban en su juventud y aún mucho después, vivía con sus abuelos y estaba a punto de descubrir que su infancia había sido una gran mentira. Porque, hasta los diez años, estuvo convencido de que su padre había muerto antes de su nacimiento. Fue la farsa que su madre concibió para evitar a su hijo el disgusto de saber que su marido había pedido el divorcio estando ella embarazada para irse con otra mujer. Hasta que conoció la existencia de su padre, el pequeño Mario había vivido en la localidad boliviana de Cochabamba, donde su abuelo era cónsul honorario.
En Cochabamba, y no tanto en Arequipa, lugar de su nacimiento en 1936, está el origen de buena parte de su literatura. Allí y más tarde en el colegio militar Leoncio Prado, adonde su padre lo envió contra su voluntad. «Todo lo que he inventado, como escritor, tiene raíces en lo vivido; fue, en sus orígenes, algo que hice, vi, oí, pero también leí, y que mi memoria retuvo con una terquedad singular y misteriosa», ha escrito.
Y ha vivido, hecho, visto, oído y leído mucho. Porque el representante más joven del 'boom' latinoamericano ha desempeñado oficios diversos desde la juventud. En ocasiones, obligado por la necesidad, como cuando recién casado con Julia Urquidi y rechazado por su familia -ella fue antes la esposa de un tío del escritor- llegó a desempeñar hasta siete empleos de forma simultánea, entre ellos redactor de noticias para una emisora local, archivero en una biblioteca y revisor de nombres en las lápidas de un cementerio. Nada especial en un joven que no muchos años antes había querido ser torero, a raíz de que su abuelo lo llevara una tarde a conocer no el hielo sino la placita de Cochabamba.
Pero de todos esos oficios, algunos de ellos imposibles, emergió el de contador de historias. El niño que jugaba a prolongar los cuentos que leía modificando finales, matando personajes y añadiendo historias de amor donde no las había, se hizo escritor. Conoció, como en tantos otros casos, la soledad y la pobreza. Durante meses, escribió en una buhardilla de París donde antes había llenado cuartillas un colombiano con aspecto de 'clochard' llamado Gabriel García Márquez, con quien luego mantendría una estrecha amistad y una mítica enemistad. La gloria le llegó pronto: la colección de relatos 'Los jefes' fue un aldabonazo y la novela 'La ciudad y los perros' confirmó su enorme talento.
El contador de historias
Convertido ya en una celebridad, Vargas Llosa no ha renunciado al periodismo, que continúa practicando a veces en lugares incómodos, como Oriente Próximo, ni a la política. Desde su espectacular desmarque de la izquierda latinoamericana y europea a raíz del 'caso Padilla', el escritor hispano peruano ha ido girando hacia el liberalismo, con un momento culminante: el de su candidatura a la presidencia de Perú, una elección que perdió contra todo pronóstico ante uno de los personajes más siniestros de la Historia reciente de Latinoamérica: Alberto Fujimori.
Durante estos años, alimentando una masa creciente de lectores fieles y de detractores igual de pertinaces a causa de sus posturas políticas, ha publicado un catálogo de libros soberbios: 'Conversación en la catedral', 'La guerra del fin del mundo', 'La fiesta del Chivo', 'El paraíso en la otra esquina', 'Travesuras de la niña mala'... Novelas que por sí mismas garantizarían un lugar de honor en los libros de Historia de la literatura. Pero es que, además, Vargas Llosa ha cultivado el ensayo, el teatro y la poesía, y ha mantenido una actividad frenética pronunciando conferencias y discursos y demostrando que es, además, un inigualable narrador oral.
Polemista sin vértigo a quien nadie podrá acusar de haber caído en la tentación de lo políticamente correcto, aficionado al fútbol hasta el extremo de haber comentado para la radio partidos del Mundial de España -y haber reconocido que disfrutó muchísimo con ello-, su nombre parecía haber engrosado la lista de los eternos candidatos al Nobel.
No es que le faltaran premios -tiene el Cervantes, el Príncipe de Asturias, el Rómulo Gallegos, el de la Paz de los libreros alemanes, hasta el Planeta- pero la Academia sueca parecía esquivarlo. Él se tomaba ya a broma las preguntas sobre sus relaciones en Estocolmo y aseguraba no pensar nunca en el Nobel.

domingo, 17 de octubre de 2010


Vargas Llosa, escritor sin fronteras

«Al hablar de Mario el escritor no deberíamos limitarnos a las novelas. Ya ha escrito una excelente autobiografía, El pez en el agua, que es seguramente el mejor testimonio personal de un escritor iberoamericano de nuestra época, que se centra en la infancia del autor y que por fuerza hay que admirar»

13/10/2010
ABC de España

«Y es de temer que en aquel matrimonio, tan lejos de ser perfecto, al que iba a entregarse, no fueran aquellas las últimas que estaba destinada a derramar». Estas son las últimas palabras de la brillante novela de Henry James, Las bostonianas. Se refieren a una ultra-feminista que se enamora y se casa con un reaccionario encantador. Las cito ya que una vez que hablé con Mario Vargas Llosa sobre los libros que había leído últimamente, mencionó la cita sin referirse a ningún texto. Mi memoria recuerda el dato de que Mario es el más leído de todos mis amigos, en todos los idiomas. Si le preguntara algo sobre Tirant lo Blanc, la brillante novela valenciana de Joanot Martorell de la década de 1490, se acordaría en el acto de que en las últimas páginas, por increíble que parezca, un inglés se convierte en emperador de Constantinopla. Esa, señores míos, era una proeza tan extraordinaria como que un peruano se convierta en el ganador del Premio Nobel de literatura. Casualmente, Mario escribió una brillante introducción en la primera edición en francés de Tirant en 2003. Muy atinadamente, tituló el ensayo Roman sans frontières.

Eso es sin duda lo que pensamos cuando oímos hablar de las brillantes novelas de Mario. La tía Julia , inspirada en la primera mujer de Mario, es claramente peruana, pero nos la podemos imaginar en cualquier otro lugar. En París, por ejemplo, donde Mario ha sido tan feliz. ¿No dijo acaso que un mes en París es como leer una larga y admirable novela histórica? Eso fue cuando era estudiante en París en la década de 1950. A un hombre que ha escrito tan bien sobre Brasil, en esa extraordinaria reconstrucción que es La guerra del fin del mundo (1981), no hay que limitarlo a ninguna frontera geográfica. Otra novela internacional es La fiesta del chivo, en la que de manera brillante se destruía de una vez por todas la reputación del dictador de Santo Domingo, Trujillo. También existe una nueva novela basada en el explorador y traidor inglés Roger Casement, que es una obra para la posteridad. Pero Perú siempre está ahí. La ciudad de los perros es su novela más original de la década de 1960, y luego está el excelente estudio de ese deshonroso movimiento terrorista, Sendero Luminoso, titulado Lituma en los Andes.

Al hablar de Mario el escritor no deberíamos limitarnos a las novelas. Ya ha escrito una excelente autobiografía, El pez en el agua, que es seguramente el mejor testimonio personal de un escritor iberoamericano de nuestra época, que se centra en la infancia del autor y que por fuerza hay que admirar tanto por su honestidad como por su excentricidad (las escenas cotidianas en un periódico en —¿era en los años 1950?— son difíciles de superar y sus nostálgicos recuerdos de los burdeles de la vieja Lima son asombrosos). Pero ahora Mario es conocido por ser un consumado ensayista que escribe con gran estilo y profundidad de forma habitual en el periódico liberal español El País. Eso dice mucho de los directores de ese periódico, ya que están dispuestos a publicar de manera habitual a Mario, cuyas opiniones son ahora esencialmente, aunque también creativamente, conservadoras. Por supuesto que Mario ha escrito artículos políticos, pero creo que sus amigos recordarán más los ensayos como los que escribió durante sus viajes, como por ejemplo, la extraordinaria serie de artículos que escribió sobre los primeros días de Estados Unidos en Irak.

También está, y no debemos olvidarlo ni por un instante, Mario, el admirable orador. Ha enseñado mucho en universidades de todos los rincones del mundo, desde Berlín hasta Princeton, pero pienso más en Mario, el magnífico conferenciante que puede iluminar tan bien el tema o la persona que está presentando, y que puede hacerlo tanto en inglés como en español y supongo que también en francés. Una vez, en 1982, presentó en el Ateneo de Madrid una edición en español de mi historia del mundo. Fue toda una hazaña. Le pedí una copia de lo que había dicho. «Pero Hugh, si no tengo notas», fue su respuesta.

Conocí por primera vez a Mario en Londres en 1970. Por aquel entonces, aunque ya había publicado varias novelas magníficas entre las que se incluían La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en la catedral, no era muy conocido fuera de Perú. Estaba dando clases, creo, en un colegio de Hampstead. Nos conocimos en el piso en Gloucester Road del escritor cubano exiliado, Guillermo Cabrera Infante, que era amigo mío desde que fui a Cuba en 1961. Todos nosotros éramos exiliados de izquierdas, ya que Mario realizó unas entusiastas prácticas izquierdistas en la década de 1960 de las que no da cuenta en El pez en el agua, aunque estoy seguro de que lo hará pronto en otras memorias. Después de eso, vi bastante a Mario, y Hernando de Soto y él me invitaron a una conferencia en Perú, creo que en 1982, para hablar del legado del imperio español. Por aquel entonces, de Soto, con su justificación del capitalismo, El otro sendero, parecía el héroe de esa época y mencionó a Mario como posible ministro de Cultura, si conseguía ganar las próximas elecciones presidenciales peruanas. Pero entonces, por aquella época, Mario empezó a darse cuenta de que tenía unas dotes excepcionales para la política y fue él quien se erigió en líder del Perú tradicional con el partido que fundó y que parecía reflejar las esperanzas de los partidarios del libre mercado. Acudió a una cena que ofrecí en mi casa en 1982 para que Margaret Thatcher conociera a algunos escritores. La consiguiente campaña presidencial de Mario se llevó con mucho brío y con mucho valor, pero al final fue derrotado por un peruano de origen japonés menos refinado, Fujimori.

Pero ahora, el ganador absoluto es Mario. ¡Enhorabuena!