lunes, 11 de octubre de 2010


"El Perú soy Yo"


Domingo 10 de octubre de 2010
Extraído de Desde el Techo

Es cierto, Mario Vargas Llosa representa todas las sangres de ésta nación que nos alberga, que a veces nos desune, que nos emociona cada cierto tiempo. Mario, el ahora Nobel, ha sido dotado por Dios de un espíritu malditamente incansable para narrar las cosas que nos suceden a los simples mortales. Más que un literato es un narrador de historias, la mayoría de ellas reales, recopiladas minuciosamente por su pegajosa tinta. A Mario lo conocí hace 23 años , en 1987, cuando se aprestaba a tentar la Presidencia, cuando sus inquietos humores rebalsaban al ver como el joven Alan García destruía la economía del país.

Un día nublado llegó al aeropuerto Jorge Chávez acompañado de su guapa esposa Patricia. Ambos todavía jóvenes, ella más que él. La ingrata y aburrida cobertura periodística en los terminales aéreos tiene eso de bondadoso: que conoces a  gente importante sin proponértelo. Ese día Mario fue abordado por los periodistas destacados allí y absolvió cada una de sus inquietudes, mientras que Patricia nos entretenía tras bambalinas con su perfume y una sonrisa cálida.

Pero Mario no presagiaba ser el incomprendido más notable que nuestra historia haya despreciado. Tuvo una agitada campaña presidencial que lo condujo a enfrentarse con lo más rancio de los retrógrados que aspiraban a revivir un estado socialista o castrador de toda aspiración a la modernidad.

Mario no aprendió a mentir desde chico, nadie se lo enseñó. En toda su campaña se pasó de honesto, de sincero y habló con la verdad, por eso perdió. A lo que se sumó la trama siniestra de García Pérez  quien movió todos los hilos del Estado, incluso fundando un periódico para demoler la figura de Vargas Llosa y permitir el triunfo de esa tromba populista llamada Fujimori. Lo demás es historia.

Mientras que el candidato lapidado por las injurias presidenciales  y de seudos revolucionarios como Javier diez Canseco es hoy el Nobel de Literatura, el ganador de esa contienda está preso pagando sus culpas. Son los avatares de la vida. Para muchos, de haber llegado Vargas Llosa a la presidencia del  Perú,  la humanidad se habría perdido varios de sus Best Sellers. Así que Alan García, sin quererlo, ha contribuido doblemente para que la fundación sueca haya decidido otorgarle el Nobel a Mario. Primero, impidió que el escritor alcance la presidencia, por ende, permitió que prosiga con su rica obra y, segundo, recientemente provocó  su renuncia a la dirección al Museo de la Memoria al intentar pasar de contrabando una ley de amnistía para favorecer a los militares acusados de asesinatos de lesa humanidad.

La fundación de Alfred Nobel  suele otorgar distinciones anuales a aquellos notables ligados a las luchas sociales y no a un liberal como Mario, pero éste último acontecimiento  precipitó el logro más perseguido por el admirador del hipopótamo. Buena por él y por el Perú, no por aquellos innobles que pretenden subirse  al carro triunfal a último momento.

Claro que Mario representa al Perú con todos sus bemoles. Por ese “varguitas” que apabulló  con elocuencia literal en sus primeras obras, hasta el escritor maduro de hoy, han pasado los caudales de triunfos y derrotas de los peruanos. También la sangre, sudor y lágrimas de todas las vertientes que conforman nuestra nación. Cómo discriminarle entonces su derecho a ser uno de los nuestros, si siempre nos ha tenido entre sus genios y demonios.


La catadura de Vargas Llosa

Por Federico Salazar


El premio Nobel de Literatura para Mario Vargas Llosa es una buena noticia para todos. Hay, sin embargo, quienes lamentan tener que felicitarlo.

El diario cubano Granma reconoció sus aportes a la literatura universal, pero agregó que “lo que ha construido con la escritura lo ha ido destruyendo con su catadura moral”. Le reprocha “la obsecuencia ante los dictados del imperio”.


Vargas Llosa es un crítico del régimen cubano. Por eso, el vocero oficial del partido comunista gobernante en Cuba no puede dejar pasar la oportunidad para descalificar sus “desplantes neoliberales”.

Vargas Llosa puede ser cualquier cosa menos obsecuente. Como todo ser humano, tiene defectos y virtudes. La obsecuencia no es una de sus características... al contrario.

Vargas Llosa avaló al régimen castrista hasta 1971, cuando encarcelaron al poeta Heberto Padilla. Comenzó entonces, también, un viraje ideológico, en búsqueda de posiciones a favor de la libertad.

Lo que Granma llama “desplantes neoliberales” son las convicciones que tiene Vargas Llosa en relación a la libertad personal y los límites del poder. Esas ideas pueden estar equivocadas o no, pueden ser consistentes o no, pero de ninguna manera son fruto de la obsecuencia o el interés.

Vargas Llosa no es un “neoliberal”. Es un propagandista del punto de vista en el que cree. En muchos casos ese punto de vista coincide con posiciones en favor de la libertad; en otros, no.

En relación a la cultura, por ejemplo, Vargas Llosa sostiene un punto de vista conservador, no liberal. Así lo reveló en el debate que tuvo aquí en Lima con el propio Milton Friedman. Así  lo revela en su artículo “La civilización del espectáculo”, que desarrollará en una próxima publicación.

Vargas Llosa cree en las libertades y usa su prestigio y su capacidad mediática para difundir esos puntos de vista.

Tiene derecho a ello y, además, lo hace porque cree que debe hacerlo. Eso lo ha llevado a criticar a Fidel Castro y al régimen cubano, y eso es lo que Granma declara reprochable. Es justamente lo que, más bien, lo hace irreprochable desde el punto de vista de la moral pública.

Yo discrepo de muchas de las cosas que piensa y dice Vargas Llosa, pero me parece que su actuación pública, medida en los términos de sus convicciones, es irreprochable.

Lo que establece nuestra “catadura moral”, después de todo, no es nuestro servicio a un régimen tal o cual, sino la fidelidad a las convicciones que suscribimos desde la intimidad. Hay que reconocerle a Vargas Llosa esa honestidad.

Mario Vargas Llosa, premio Nobel

Por Luis Jaime Cisneros
La República


Esta semana ha sido provechosa para el recuerdo y reconfortante para el espíritu. El justo premio concedido a Mario Vargas Llosa ha removido viejas imágenes, cuya importancia ha adquirido en estos días especial relieve emocional. Evoco, primero, en casa de Raúl Porras, la presencia de un joven estudiante arequipeño, que acababa de terminar la secundaria y, gracias a su espíritu crítico alerta, ayudaba a Porras en sus investigaciones. Ese fue para mí el primer Vargas Llosa: ciertamente, la literatura le interesaba más que la historia, pero lo que ocurría en el país, más allá de las aulas, no le era indiferente. Mi segundo recuerdo es de Mario, alumno sanmarquino, en mi curso de Literatura, sentado junto a Javier Silva Ruete y Víctor Li Carrillo. Y en seguida la vida para cuya vivencia y ejercicio estaba Mario destinado: la literatura. El premio obtenido por Los jefes (1958).

Nos reencontramos en París en los 60, en su departamento situado en una plazoleta cuyo nombre olvido. Estaba dedicado al periodismo. Y lo resalto porque esa vinculación con la prensa le ha permitido a Vargas Llosa mantenerse en contacto con lo que ocurre en el mundo y ha respaldado su vivo interés por cuanto acontecimiento político apareciese en el horizonte. A partir de entonces aprendí a seguirle los pasos en el quehacer literario. Mario fue afirmándose progresivamente en el manejo del idioma, y fue ofreciéndonos testimonio vivo y frecuente de su interés por la libertad y la justicia. El Perú que sus textos reflejaban no era el Perú que pudiera interesar al turista, sino el país vivido por los lectores, donde fuera fácil reconocer errores y aciertos.

A los historiadores de la literatura les interesa sentar su preocupación en los temas, como si el peso de un texto estuviera garantizado por el contenido. A mí me interesaba descubrir, en el manejo de la prosa de Vargas Llosa, su evidente interés por hacer del lenguaje un arma de lujo. La sonoridad de la lengua no ha dejado de atraerle ciertamente; sus textos no solamente enteran al lector de un contenido determinado, sino que lo invitan a compartir un modo especial de vivir el movimiento de lo que se dice.

Si es verdad lo que los críticos reconocen de cómo cada texto revela los progresos obtenidos en el manejo de los temas, no es menos verdad que el perfeccionamiento en el manejo abierto del lenguaje ha alcanzado en Vargas Llosa un punto culminante. Una conciencia clara de la arquitectura de la frase y de la interioridad melódica revestida en el lenguaje va ganando el relato vargallosiano. Octavio Paz llegó a poner de relieve cómo es posible reconocer en los textos de Vargas Llosa “la doble transformación de la invención verbal, de la imaginación creadora y de la crítica”. Un testimonio reciente de este minucioso trabajo estilístico con que ahora nos regala la prosa de Mario podemos hallarlo en el fragmento dado a conocer de su última novela: constituye, en mi sentir, un vivo testimonio que asegura al texto una estructura fílmica.

“Cuando abrieron la puerta de la celda, con el chorro de luz y un golpe de viento entró también el ruido de la calle que los muros de piedra apagaban y Roger se despertó asustado. Pestañeando, confuso todavía, luchando por serenarse, divisó, recostada en la puerta, la silueta del sheriff. Su cara flácida, de rubios bigotes y ojillos maledicentes, con la antipatía que nunca había tratado de disimular”. (El sueño del celta).

El lector no puede evitar el ‘movimiento’ con que viene acompañado el texto. Vargas Llosa ha confiado a la puntuación la responsabilidad del movimiento.

Con el Nobel de Literatura 2010 a Mario Vargas Llosa no solamente se le premia por un constante manejo laborioso del lenguaje, sino por un insobornable afán por defender los derechos del hombre, de la justicia y la libertad. Para el Perú, el premio significa volver a creer en el prestigio de la palabra y en el valioso significado de la creación artística.

El Premio Nobel revive el puñetazo de Vargas Llosa a García Márquez


Extraido del diario Opinión de Bolivia

Por David Blanco Bonilla Lima / Efe
07 de octubre de 2010
   
Gabo llamó a su amigo el fotógrafo Rodrigo Moya para que tomara un registro grafico de las secuelas del incidente, es decir del hematoma en el ojo izquierdo y de la nariz herida del escritor colombiano en 1976.
El Premio Nobel de Literatura volvió hoy a hacer confluir las carreras de Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, las dos figuras más emblemáticas de la actual literatura latinoamericana, que se separaron en su momento por una discrepancia nunca esclarecida que terminó en un famoso puñetazo.

Fue el joven y talentoso Vargas Llosa quien asestó, hace 34 años, el golpe sorpresivo a su, por entonces, gran amigo García Márquez, cuando el 12 de febrero de 1976 ambos se encontraron a la entrada de un cine en Ciudad de México.

Las causas del suceso siempre se mantuvieron en el enigma por la decisión de ambas figuras literarias de no difundirlas, un pacto tácito que han respetado a lo largo de más de tres décadas.

En medio de numerosas especulaciones, ha sido la versión del periodista hispanoperuano Francisco "Paco" Igartua, la que mayor asidero ha tomado con el paso del tiempo y que se remite a unas discrepancias sentimentales entre Vargas Llosa y su esposa, Patricia.

Según Igartua, él fue testigo de cómo el peruano se enfureció al ver al colombiano y, sin mediar palabras, se acercó y le asestó un puñetazo que sorprendió a su entonces amigo con los brazos abiertos.

En su libro de memorias "Siempre un extraño", el periodista dejó entrever que entre los motivos estuvieron los celos, por unos supuestos consejos que había dado "Gabo" a Patricia cuando esta tenía problemas conyugales.

Luego ha sido el británico Gerald Martín, en su biografía "Gabriel García Márquez: una vida", quien ha dado una nueva pista para descorrer el velo de este enigma personal y literario.

Martín asegura que Vargas Llosa le dijo a Gabo: "Esto es por lo que le dijiste a Patricia" o "Esto es por lo que le hiciste a Patricia".

Otros aseguran que el golpe también fue el culmen de las discrepancias ideológicas que comenzaban a tener ambos amigos, por la defensa del liberalismo que hacía Vargas Llosa, y del régimen cubano de Fidel Castro, de García Márquez.

Y a pesar de que se pensaba que no existía ninguna evidencia del incidente, más allá de los testimonios difusos y confusos, hace tres años el fotógrafo Rodrigo Moya publicó en México dos fotografías en las que se ve a García Márquez con los efectos del golpe recibido.

En esas tomas, aparecidas en el diario La Jornada cuando "Gabo" cumplió 80 años, se ve al autor de "Cien años de soledad" con el ojo izquierdo amoratado.

Moya, fotógrafo mexicano de origen colombiano, señaló que tomó la imagen el 14 de febrero de 1976, dos días después del puñetazo, porque García Márquez "quería una constancia de aquella agresión".

Recordó que le preguntó al escritor qué había pasado y éste fue "evasivo" y "atribuyó la agresión a las diferencias" que ya eran insalvables en la medida que el autor peruano "se sumaba a ritmo acelerado al pensamiento de derecha".

Pero fue Mercedes Barcha, la esposa de "Gabo", quien hizo un comentario más elocuente: "Es que Mario es un celoso estúpido, repitió Mercedes varias veces, cuando la sesión fotográfica había devenido en charla o chisme", según Moya.

El fotógrafo dedujo luego que "mientras ambas parejas vivían en París los García Márquez habían tratado de mediar los disturbios conyugales entre Vargas Llosa y su esposa Patricia, acogiendo sus confidencias".

"Como suele suceder, los consejos o comentarios de la pareja colombiana rebotaron hacia Vargas Llosa cuando éste volvió al redil y se reconcilió con su esposa", indicó Moya.

Hace dos años, Vargas Llosa volvió a ratificar que tiene "un pacto tácito" para no hablar sobre García Márquez, con la intención de "darle trabajo a los biógrafos".

"Que los biógrafos averigüen, que ellos descubran, que digan que pasó", señaló al ser preguntado por las causas del incidente que le puso fin a una de las amistades más memorables de las letras hispanoamericanas.

Sin embargo, ahora el Premio Nobel ha confirmado que, más allá de las discrepancias, sus vidas
y sus carreras siempre confluyen y se mantienen unidas, desde su lejana juventud de afanes literarios.
Ahora consagrados y juntos, para siempre, en el parnaso de la literatura universal.

domingo, 19 de septiembre de 2010


La era del bufón

PIEDRA DE TOQUE
Por: Mario Vargas Llosa Escritor
Domingo 19 de Setiembre del 2010

Terry Jones, un oscuro pastor protestante de Gainesville, Florida, cuya iglesia cuenta apenas con medio centenar de parroquianos, anuncia que se dispone a conmemorar el aniversario de los atentados de Al Qaeda del 11 de setiembre quemando ejemplares del Corán y, en pocos días, se convierte en una celebridad mundial. No creo que exista un símbolo más elocuente de la civilización del espectáculo, que es la del tiempo en que vivimos.

Lo normal, ante una provocación, estupidez o payasada como la del pastor Jones, dictada por el fanatismo, la locura o un frenético apetito de publicidad, hubiera sido el silencio, la indiferencia, o, a lo más, una mención de dos líneas en las páginas de chismografía y excentricidades de los medios. Pero, en el contexto de violencia política y fundamentalismo religioso del mundo de hoy, la noticia alcanzó pronto las primeras planas y la imagen del predicador incendiario con su cara sombría, su terno entallado y sus dedos ensortijados dio la vuelta al globo. Cientos de miles de musulmanes enfurecidos se echaron a la calle en Afganistán, la India, Indonesia, Pakistán, etcétera, amenazando con represalias contra Estados Unidos y sus aliados si ardía el libro sagrado de su religión. Cundió la alarma en las cancillerías y altas instancias políticas, militares y espirituales de Occidente. El Vaticano, el secretario de Defensa Robert Gates, la Casa Blanca y hasta el general David Petraeus, comandante en jefe de la OTAN en Afganistán, exhortaron al pastor Jones a que depusiera su designio inquisitorial. Este cedió, por fin, y, de inmediato, volvió al anonimato del que nunca debió salir. Hubo un suspiro de alivio planetario y quedó flotando en el ambiente la sensación de que el mundo se había librado de un nuevo apocalipsis.

¿Hubiera podido ocurrir? Desde luego. Uno de los rasgos determinantes del fanatismo es la incapacidad del fanático de tener una tabla de prioridades sensata y racional; en la suya, la primera prioridad es siempre una idea o un dios al que todo lo demás puede y debe ser sacrificado. Por lo tanto, una pira de libros sagrados abrasándose en un parque de Gainesville ante un centenar de cámaras de televisión y fotógrafos justifica la tercera guerra mundial y hasta la desaparición de la vida en este valle de lágrimas. Cuando el general Petraeus pidió al pastor Jones que no quemara los coranes porque si lo hacía los soldados estadounidenses que combaten en Afganistán correrían muchos más riesgos, sabía muy bien lo que decía.

¿Cómo hemos podido llegar a una situación tal en que la iniciativa descabellada de un pobre infeliz, sin credenciales de ningún orden, ha podido poner en vilo al mundo entero pues, de materializarse, habría desatado una orgía de violencia terrorista en varios continentes? Según algunos, la responsabilidad es de los medios de comunicación, que, si hubieran actuado de manera más atinada, no habrían catapultado al pastor Terry Jones al centro de la actualidad, publicitando su amenaza como si esta hubiera sido lanzada por una superpotencia atómica. Es verdad que diarios, radios y canales de televisión actuaron sin responsabilidad alguna, pero esta no es la razón primera del escándalo, porque, en este caso como en muchos otros que padecemos a diario, los medios de comunicación no pueden actuar de otro modo. Están obligados a hacer lo que hacen porque eso es lo que esperan –lo que exigen– de ellos los lectores, oyentes o televidentes en el mundo entero: noticias que salgan de lo común, que rompan con la rutina de lo cotidiano, que sorprendan, desconcierten, escandalicen, asusten, y –sobre todo– entretengan y diviertan. ¿No es divertido acaso que un predicador pentecostalista de Gainesville, Florida, declare, él solo, como un Amadís de Gaula medieval, la guerra total a los cientos de millones de musulmanes que hay en el mundo?

La información en nuestros días no puede ser seria, porque, si se empeña en serlo, desaparece o, en el mejor de los casos, se condena a las catacumbas. La inmensa mayoría de esa minoría que se interesa todavía por saber qué ocurre diariamente en los ámbitos políticos, económicos, sociales y culturales en el mundo, no quiere aburrirse leyendo, oyendo o viendo sesudos análisis ni complejas consideraciones, llenas de matices, sino entretenerse, pasar un rato ameno, que lo redima de la coyunda, las frustraciones y trajines del día. No es casual que un periódico como “Le Monde”, en Francia, que era uno de los periódicos más serios y respetables de Europa, haya estado varias veces, en los últimos años, a las puertas de la bancarrota. Se ha salvado recientemente una vez más, pero quién sabe por cuánto tiempo, a menos que se resigne a dar más espacio a la noticia-diversión, la noticia-chisme, la noticia-frivolidad, la noticia-escándalo que han ido colonizando de manera sistemática todos los grandes medios de comunicación, tanto del primer como del tercer mundo, sin excepciones. Para tener derecho a la existencia y a prosperar, los medios ahora no deben dar noticias sino ofrecer espectáculos, informaciones que por su color, humor, carácter tremendista, insólito, subido de tono, se parezcan a los ‘reality shows’, donde verdad y mentira se confunden igual que en la ficción.

Divertirse a como dé lugar, aun cuando ello conlleve transgredir las más elementales normas de urbanidad, ética, estética y el mero buen gusto, es el mandamiento primero de la cultura de nuestro tiempo. La libertad, privilegio del que gozan los países occidentales y hoy, por fortuna, un buen número de países del resto del mundo, a la vez que garantiza la convivencia, el derecho de crítica, la competencia, la alternancia en el poder, permite también excesos que van socavando los fundamentos de la legalidad, ensanchando esta a extremos en que ella misma resulta negada. Lo peor es que para ese mal no hay remedio, pues mediatizar o suprimir la libertad tendría, en todos los casos, consecuencias todavía más nefastas para la información que su trivialización.

Las secuelas no previstas de la entronización de la cultura del espectáculo –sus daños colaterales– son varias, y, principalmente, el protagonismo que en la sociedad de nuestro tiempo han alcanzado los bufones. Esta era una nobilísima profesión en el pasado: divertir, convirtiéndose a sí mismo en una farsa o comedia ambulante, en un personaje ficticio que distorsiona la vida, la verdad, la experiencia, para hacer reír o soñar a su público; es un arte antiguo, difícil y admirable, del que nacieron el teatro, la ópera, las tragedias, acaso las novelas. Pero las cosas cambian de valencia cuando una sociedad hechizada por la representación y la necesidad de divertirse, su primer designio, ejerce una presión que va modelando y convirtiendo poco a poco a sus políticos, sus intelectuales, sus artistas, sus periodistas, sus pastores o sacerdotes, y hasta sus científicos y militares, en bufones. Detrás de semejante espectáculo, muchas cosas comienzan a desbaratarse, las fronteras entre la verdad y la mentira, por ejemplo, los valores morales, las formas artísticas, la naturaleza de las instituciones y, por supuesto, la vida política.

No es sorprendente, por eso, que en un mundo marcado por la pasión del espectáculo, Damien Hirst, un señor que encierra un tiburón en una urna de vidrio llena de formol, sea considerado un gran artista y venda todo lo que su astuta inventiva fabrica a precios fabulosos; o que las revistas de mayor difusión en el mundo entero, y los programas más populares, sean los que desnudan ante el gran público las intimidades de la gente famosa, que no es, claro está, la que destaca por sus proezas científicas o sociales, sino la que por sus escándalos, excesos o extravagancias callejeras, consigue aquellos quince minutos de popularidad que Andy Warhol –otro de los íconos de la civilización del espectáculo– predijo para todos los habitantes de la sociedad de nuestro tiempo.

Es improbable que su oráculo se cumpla a cabalidad, pero solo porque hay demasiada gente en el mundo y los medios no se darían abasto concediéndoles a todos esa pasajera inmortalidad. Pero sí se está cumpliendo, en un sentido más discreto e íntimo, pues una ambición creciente impulsa cada vez a más gente, de distintos ámbitos, a actuar de modo que le permita escapar del anonimato y acceder a esa efímera popularidad de que gozan los bufones, a los que, si son buenos en el arte de entretener, se les aplaude y da propinas y se les olvida para siempre. Es difícil escapar a este mandato que impulsa, incluso a los mejores, a echarse en brazos de los creativos de la publicidad –del espectáculo– aun cuando lo que hagan sea serio y parezca fuera del alcance de la frivolidad. ¿No hemos visto recientemente a alguien tan poco superficial como el científico Stephen Hawking promocionar su próximo libro con la llamativa propaganda de que en él se demuestra que la creación del universo puede prescindir de Dios?

Este es el entorno en el cual se explica lo ocurrido con Terry Jones, el pastor pentecostal que sacudió al mundo y que pudo habernos arrastrado a otra catástrofe bíblica (nunca mejor dicho). Puede ser un fanático, un loco o un mero payaso. Pero, en cualquier caso, debe quedar claro que no actuó solo. Todos fuimos sus cómplices.

Madrid, 17 de setiembre de 2010.

domingo, 25 de julio de 2010


Héroes de nuestro tiempo


PIEDRA DE TOQUE

El Comercio
Por: Mario Vargas Llosa Escritor
Domingo 25 de Julio del 2010

Que una veintena de presos políticos cubanos hayan sido excarcelados y venido a España con sus familias, y que el gobierno de Raúl Castro haya prometido excarcelar en los próximos “cuatro o cinco meses” a algunas decenas más es una buena cosa, sin duda, y hay que alegrarse por ello.

Lo primero que cabe preguntarse sobre este puñado de exiliados que, después de largos años de martirio en las prisiones cubanas, salen libres, es quiénes son. Ninguno pertenece al antiguo régimen, todos nacieron y fueron formados por la revolución, y su disidencia, por lo tanto, no nace de nostalgia por un pasado que no conocieron, sino de un rechazo a una dictadura que han padecido desde adentro y que despertó en ellos un anhelo de libertad. Por sus oficios, representan todo el abanico social: obreros, artesanos, ex soldados, periodistas, ex funcionarios. ¿Los delitos por los que fueron condenados a esas durísimas penas de 12, 15 y 20 años de prisión? Firmar peticiones, escribir artículos, tener una máquina de escribir, constituir grupos de derechos humanos u oficinas de información independientes, actividades pacíficas y ajenas a cualquier tipo de subversión o violencia. Si a eso se suman las infinitas vejaciones, golpizas, torturas y castigos de toda índole de que han sido víctimas los años que pasaron en la cárcel, no hay duda, cada uno de ellos es un testimonio viviente de la brutalidad irracional que aplica el régimen castrista contra quienes no se someten a él con servidumbre total y del heroísmo que hace falta para enfrentarse, aunque sea de la manera más benigna, contra una dictadura totalitaria como la cubana.

¿Por qué han podido salir de la isla? ¿Por los buenos oficios de la Iglesia Católica, “acompañada” del Gobierno Español, según la fórmula empleada por el ministro de Asuntos Exteriores Miguel Ángel Moratinos? Mi impresión es, más bien, que el Gobierno Cubano, viéndose en una tesitura sumamente difícil luego de la muerte del disidente Orlando Zapata, luego de 86 días de huelga de hambre, que provocó condenas en todo el mundo, y la inminente muerte de Guillermo Fariñas, que llevaba cerca de 130 días en huelga de hambre, decidió hacer un gesto y se sirvió de ambos para sus propios fines. ¿Cuáles? El primero, desactivar la campaña exterior contra el régimen y levantar algo su desprestigiada imagen institucional.

El segundo, más importante, conseguir mediante estas excarcelaciones que la Unión Europea abandone la posición común que suspende toda colaboración económica con el régimen mientras no haya una mejora tangible de los derechos humanos en la isla. Para la dictadura cubana, que vive una situación económica crítica, de la que no sabe cómo salir porque teme que cualquier apertura a la inversión privada y liberalización del mercado la debilite y signifique el principio del fin de la estructura vertical que la sostiene, la cooperación y ayuda exterior son el balón de oxígeno indispensable para alargarle la vida.

Es ingenuo pensar que la excarcelación de unas decenas de presos políticos constituye una reforma sustantiva de la política del régimen contra la oposición. Uno de los rasgos más repugnantes de la dictadura caribeña ha sido su vieja costumbre de regalar presos a los políticos occidentales que iban a hacer el besamanos al dictador, para que ganaran bonos en sus países como “salvadores” y dieran testimonio de lo flexible que podía ser el régimen cuando era tratado con comprensión. Este innoble tráfico de carne humana en las relaciones públicas puede permitírselo sin riesgo alguno una satrapía cuya reserva de prisioneros políticos es un barril sin fondo, y reemplaza a discreción los presos que ofrece a sus huéspedes importantes.

Por el momento, nada ha cambiado, salvo que —¡en buena hora!— unos cuantos héroes de nuestro tiempo han podido salir de Cuba con sus familias a iniciar la difícil vida del destierro, y, como han dicho todos ellos, a seguir luchando desde el exterior por la democratización de su país. Los medios de comunicación cubanos no han dicho palabra de lo ocurrido, salvo la reproducción en “Granma” de un comunicado del arzobispado que debe haber dejado en la luna a sus lectores. No hay una sola disposición, reglamento o ley que sirviera para mandar a la cárcel a los disidentes que haya sido suspendida, abolida o corregida, ni la menor promesa del Gobierno Cubano que haga suponer que la excarcelación es el inicio de una política de tolerancia para los objetores.

El gobierno socialista español cree que sí lo es y este es el argumento con que el ministro Moratinos tratará de convencer a sus colegas de la Unión Europea para que levanten la posición común y la sustituyan por una política de apaciguamiento, amistad y “diplomacia silenciosa” que vaya persuadiendo discretamente a la dictadura de que inicie de una vez una apertura real.

Confieso que nunca he entendido por qué un gobierno democrático, en el que hay un buen número de luchadores contra el franquismo que vivieron en carne propia lo que significa una dictadura totalitaria, lleva a cabo con Cuba una política que, en términos prácticos —son los que importan—, solo sirve para prolongar la existencia de una dictadura atroz, que lleva más de medio siglo y que ha hundido a los cubanos en la miseria, el miedo, la inseguridad y el más cruel despotismo. Y, peor todavía, que constituye una recusación y hostilidad flagrantes contra una oposición que, jugándose la vida y exponiéndose a abusos y represalias vesánicas, lucha para que Cuba alcance lo que tiene España desde la muerte de Franco.

Me lo he preguntado muchas veces y cada vez me parece más difícil encontrar una respuesta que no implique una patética falta de visión, la pequeñez o la ceguera. ¿El acercamiento a la dictadura cubana del gobierno socialista español es, simplemente, una manera de mostrar un cambio radical de política con la del gobierno de José María Aznar, quien persuadió a Europa de adoptar la posición común? Si fuera así, la política exterior de España no sería más que un juguete sin brújula al servicio de menudas querellas partidistas, sin continuidad, horizonte geopolítico ni moral.

Tal vez, la explicación sea de otra índole. El socialismo español, afortunadamente para España, de socialismo tiene ya solo el nombre (y acaso la nostalgia). Como todos los partidos socialistas del Occidente, el español se ha modernizado, renunciando a los viejos paradigmas ideológicos, la lucha de clases, el estatismo, el colectivismo, el dirigismo económico, y ha terminado por conformarse a realidades que antes combatía con encono, la empresa privada, el mercado, la inversión extranjera, y es, hoy día —aunque nunca lo reconocería en estos términos— un baluarte del capitalismo y de la democracia liberal. Sus diferencias con los partidos conservadores y centristas son menudas e intrascendentes, salvo en la retórica de sus dirigentes, en la que a veces sobrenadan los antiguos clichés de la enterrada ideología.

Me pregunto si la incomprensible e inmoral política del gobierno socialista español de colaboración con el castrismo no es una manera para sus dirigentes de demostrarse a sí mismos que no es verdad que hayan dejado de ser socialistas, que ahí está la prueba, lo que hacen para salvarle la vida a la acorralada revolución cubana, que, aunque haya cometido muchos errores, es todavía el emblema de aquel socialismo que fue el suyo, cuando eran jóvenes y utópicos y creían que la peor de las lacras de la humanidad fue la aparición del capitalismo egoísta y vil. Tal vez eso les dé buena conciencia y, pasajeramente, los exonere de la tristeza de comprobar a cada paso que, en todo lo demás, salvo en Cuba, dejaron de ser “revolucionarios” y se volvieron pragmáticos, socialdemócratas, es decir “social pendejos” como los llaman los “compañeros” cubanos, y, horror de horrores, ¡hasta liberales! Qué pena que toda esta operación exculpatoria de un gobierno que debería liderar el apoyo de los países libres a los héroes de la libertad en Cuba se haga a costa de 11 millones de cubanos sometidos desde hace más de medio siglo a un régimen que se disputa con Corea del Norte el privilegio de ser la última dictadura comunista del planeta.

Hago votos para que, siguiendo lo que piden los presos políticos desterrados de Cuba, la Unión Europea no cometa la imprudencia de renunciar a la posición común y la mantenga hasta que el régimen de los hermanos Castro dé pasos verídicos y comprobables de una democratización.

MARBELLA, JULIO DEL 2010
© MARIO VARGAS LLOSA, 2007.
© DIARIO “EL PAÍS”, SL/ MARIO VARGAS LLOSA. PRISACOM.
EXCLUSIVO PARA EL COMERCIO EN EL PERÚ.

lunes, 7 de junio de 2010


Pecados de mi padre


PIEDRA DE TOQUE

El Comercio
Por: Mario Vargas Llosa Escritor
Domingo 30 de Mayo del 2010

La televisión ha sido un extraordinario invento, ya lo sabemos, pero ha sido también un formidable desperdicio, pues, en lugar de contribuir a elevar la cultura y la sensibilidad de todo el mundo, ha banalizado, frivolizado y —me atrevo a decir— aumentado el nivel de imbecilidad en un gran número de seres humanos, a quienes las imágenes de los programas más exitosos de la pequeña pantalla —dechados de vulgaridad, chismografía y amarillismo periodístico— exoneran de preocupaciones, inquietudes espirituales e intelectuales y hasta de la incomodidad de pensar.

Esto se hace sobre todo evidente por contraste, cuando aparece un programa capaz de aprovechar la televisión para enriquecer la información, el conocimiento o el placer de los televidentes de una manera realmente original y creativa. Yo recuerdo algunos de ellos, que sobresalían olímpicamente sobre el piélago de chabacanería e idiotismo en que de costumbre chapalean sus congéneres: “Panorama”, de la BBC, que cada semana ofrecía una investigación novedosa y profunda sobre un tema político de actualidad en el Reino Unido y en el mundo; “Apostrophes”, de Bernard Pivot, que pasaba revista cada semana a la actualidad literaria en Francia con tanta sutileza, inteligencia y amenidad que era visto por millones de televidentes; “60 Minutes”, de la CBS, que en tres o cuatro secuencias de apenas trece minutos cada una ofrece una síntesis fascinante de los hechos y personajes más destacados de la escena internacional.

Pues el documental “Pecados de mi padre”, largometraje de hora y media de duración, dirigido por Nicolás Entel, que exhibió hace unos días la televisión en España, me recordó los mejores logros televisivos de que guardo memoria y, una vez más, me hizo lamentar la utilización que suelen dar los productores y canales a un medio que, en manos diestras e íntegras, puede explorar la realidad circundante de una manera vívida e íntima, encontrar en el caos que ella representa un orden que la haga inteligible y, de este modo, no solo interesarnos y conmovernos como lo haría un gran libro de ficción, sino ilustrarnos de manera muy certera sobre las verdades y las mentiras del mundo en que vivimos.

Decir que “Pecados de mi padre” es la historia de Sebastián Marroquín, el único hijo varón de Pablo Escobar, el más famoso narcotraficante de Colombia, con un prontuario de fechorías y hechos violentos sin parangón que han generado en torno de su nombre una verdadera mitología, es decir muy poca cosa. Porque, la confesión del joven protagonista de este documental, más que un testimonio sobre el horror y la sangre en que transcurrió su vida y la de su madre y su hermanita menor —los tres sobrevivieron de milagro a un atentado de enemigos de su padre que hicieron explotar el edificio Mónaco, donde vivían, con 700 kilos de dinamita—, es la radiografía más persuasiva y más dramática del fenómeno de la violencia que vivió Colombia en los años 80 y 90 por las guerras entre cárteles de la droga y las que libraban todos ellos con las fuerzas del orden.

En la macabra danza participaban millones de millones de dólares mal habidos y decenas de cadáveres, atentados terroristas, secuestros, inseguridad, caos, y sobre todo ello, tronaba la figura, odiada por sus crímenes y latrocinios y adorada por sus derroches populistas —como construir un zoológico feérico en su tierra antioqueña y regalar cinco mil viviendas a los pobres que vivían en los basurales de la ciudad— de Pablo Escobar, quien finalmente fue abatido por la policía en 1993. Su hijo, de 15 años, anunció ese mismo día por la radio que vengaría a su padre, matando a sus ajusticiadores. Pero pocos días después se desdijo, pidió perdón por sus amenazas y juró que renunciaba a continuar en ese paroxismo de violencia que desangraba a su país.

Uno de los grandes méritos del documental de Nicolás Entel es probar de manera inequívoca que el hijo de Pablo Escobar cumplió este juramento. No fue fácil. Él y su madre debieron huir de Colombia, una vez que consiguieron que un juez aceptara cambiar sus nombres, y, luego de una fuga cinematográfica, por Ecuador, Perú, Mozambique y Brasil, recalar en Buenos Aires, donde, no sin tropiezos —incluida la cárcel, donde la viuda de Escobar pasó un tiempo acusada de lavado de dinero y de ser esquilmados por un contador que descubrió su verdadera identidad y pretendió chantajearlos— poco a poco fueron rehaciendo su vida y alcanzando una cierta normalidad. Ahora, la viuda se gana la vida vendiendo inmuebles y Sebastián Marroquín como diseñador de interiores.

¿Cómo convenció Nicolás Entel a Sebastián Marroquín para que desnudara su vida ante la cámara? Es decir, para que aceptara volver a una riesgosa actualidad a la que él y su familia habían evitado con tanto empeño todos estos años. Probablemente, la razón es la que el hijo de Escobar esgrime en el documental: por más que uno trate, no es posible huir de su pasado. La única manera de dejarlo atrás es enfrentarlo, con valentía y lucidez. Él lo hace, de una manera intensa y desgarrada. Pide perdón a todas las víctimas de Pablo Escobar y sus pistoleros, y sus palabras tienen un acento verídico, no truculento, y parecen expresar una voluntad de expiación adquirida en largos años de reflexión y sufrimiento.

El cráter del documental es el encuentro del hijo de Pablo Escobar con los hijos de dos políticos colombianos asesinados por los sicarios del jefe del cártel de Medellín: el ministro Rodrigo Lara Bonilla y el candidato presidencial Luis Carlos Galán. Sebastián Marroquín les escribió primero, pidiéndoles perdón, y esas víctimas a quienes la muerte violenta de sus padres destrozó la vida, se lo concedieron y aceptaron reunirse con él. Escarapela la espalda el instante en que se reúnen y conversan. Hay una tensión que corta el aire, mientras Sebastián Marroquín, con voz estrangulada, explica lo que siente y lo que ha sentido todos estos años ante esa locura homicida que rodeó su infancia y juventud y todos los estragos que sembró en torno su padre. La cámara tiene en estos momentos esa misteriosa facultad que le imprime el talento de un buen realizador: la de escudriñar por debajo de las palabras y los gestos la verdad o la mentira del personaje que está frente a ella, la de delatar sus imposturas o refrendar su sinceridad. En la incomodidad que trata de vencer, en el temblor de la voz, en lo huidizo de su mirada, en la tensión que lo embarga, en el sollozo que trata de contener, es evidente que aquello que Sebastián dice a los hijos de Lara Bonilla y de Galán de veras lo siente. Ellos lo entienden así y por eso su respuesta es no menos auténtica.

Aunque “Pecados de mi padre” no es un documental específico sobre el narcotráfico, este es el ámbito sin el cual nada de lo que refiere hubiera pasado, la razón última de esa orgía de dinero, violencia y crueldad que sacudió entonces a Colombia y ahora sacude a México y está echando sus tentáculos por toda América Latina. Y una de las conclusiones que naturalmente transpira del trabajo de Entel es la ilusión de querer combatir aquel flagelo con jueces, policías, calabozos, prohibiciones y sentencias. Hay demasiado dinero en juego, un mercado tan ferozmente grande para las drogas que estas, de manera inevitable, serán producidas, distribuidas y comercializadas, mientras haya consumidores que las reclamen y estén dispuestos a pagarlas. La represión no tendrá otro efecto que causar más víctimas inocentes y aumentar los precios de la mercancía prohibida, lo que significa que quienes mueven los hilos del negocio de la droga ganarán más, y tendrán mejores armas para matar y más dinero para sobornar y corromper, de modo que la violencia continuará y las instituciones y gobiernos irán siendo progresivamente corroídos por ese ácido hasta que las democracias se vacíen de contenido y solo quede de ellas un embeleco falaz. Porque lo cierto es que el narcotráfico dejó ya de ser hace tiempo un asunto policial. Ahora, por las proporciones que ha alcanzado, las sumas vertiginosas de dinero que maneja, el poder social y político que de ello se deriva, ha pasado a ser un problema esencial del que depende la supervivencia o el desplome de los regímenes democráticos de América Latina.

Madrid, mayo del 2010