lunes, 7 de junio de 2010


Pecados de mi padre


PIEDRA DE TOQUE

El Comercio
Por: Mario Vargas Llosa Escritor
Domingo 30 de Mayo del 2010

La televisión ha sido un extraordinario invento, ya lo sabemos, pero ha sido también un formidable desperdicio, pues, en lugar de contribuir a elevar la cultura y la sensibilidad de todo el mundo, ha banalizado, frivolizado y —me atrevo a decir— aumentado el nivel de imbecilidad en un gran número de seres humanos, a quienes las imágenes de los programas más exitosos de la pequeña pantalla —dechados de vulgaridad, chismografía y amarillismo periodístico— exoneran de preocupaciones, inquietudes espirituales e intelectuales y hasta de la incomodidad de pensar.

Esto se hace sobre todo evidente por contraste, cuando aparece un programa capaz de aprovechar la televisión para enriquecer la información, el conocimiento o el placer de los televidentes de una manera realmente original y creativa. Yo recuerdo algunos de ellos, que sobresalían olímpicamente sobre el piélago de chabacanería e idiotismo en que de costumbre chapalean sus congéneres: “Panorama”, de la BBC, que cada semana ofrecía una investigación novedosa y profunda sobre un tema político de actualidad en el Reino Unido y en el mundo; “Apostrophes”, de Bernard Pivot, que pasaba revista cada semana a la actualidad literaria en Francia con tanta sutileza, inteligencia y amenidad que era visto por millones de televidentes; “60 Minutes”, de la CBS, que en tres o cuatro secuencias de apenas trece minutos cada una ofrece una síntesis fascinante de los hechos y personajes más destacados de la escena internacional.

Pues el documental “Pecados de mi padre”, largometraje de hora y media de duración, dirigido por Nicolás Entel, que exhibió hace unos días la televisión en España, me recordó los mejores logros televisivos de que guardo memoria y, una vez más, me hizo lamentar la utilización que suelen dar los productores y canales a un medio que, en manos diestras e íntegras, puede explorar la realidad circundante de una manera vívida e íntima, encontrar en el caos que ella representa un orden que la haga inteligible y, de este modo, no solo interesarnos y conmovernos como lo haría un gran libro de ficción, sino ilustrarnos de manera muy certera sobre las verdades y las mentiras del mundo en que vivimos.

Decir que “Pecados de mi padre” es la historia de Sebastián Marroquín, el único hijo varón de Pablo Escobar, el más famoso narcotraficante de Colombia, con un prontuario de fechorías y hechos violentos sin parangón que han generado en torno de su nombre una verdadera mitología, es decir muy poca cosa. Porque, la confesión del joven protagonista de este documental, más que un testimonio sobre el horror y la sangre en que transcurrió su vida y la de su madre y su hermanita menor —los tres sobrevivieron de milagro a un atentado de enemigos de su padre que hicieron explotar el edificio Mónaco, donde vivían, con 700 kilos de dinamita—, es la radiografía más persuasiva y más dramática del fenómeno de la violencia que vivió Colombia en los años 80 y 90 por las guerras entre cárteles de la droga y las que libraban todos ellos con las fuerzas del orden.

En la macabra danza participaban millones de millones de dólares mal habidos y decenas de cadáveres, atentados terroristas, secuestros, inseguridad, caos, y sobre todo ello, tronaba la figura, odiada por sus crímenes y latrocinios y adorada por sus derroches populistas —como construir un zoológico feérico en su tierra antioqueña y regalar cinco mil viviendas a los pobres que vivían en los basurales de la ciudad— de Pablo Escobar, quien finalmente fue abatido por la policía en 1993. Su hijo, de 15 años, anunció ese mismo día por la radio que vengaría a su padre, matando a sus ajusticiadores. Pero pocos días después se desdijo, pidió perdón por sus amenazas y juró que renunciaba a continuar en ese paroxismo de violencia que desangraba a su país.

Uno de los grandes méritos del documental de Nicolás Entel es probar de manera inequívoca que el hijo de Pablo Escobar cumplió este juramento. No fue fácil. Él y su madre debieron huir de Colombia, una vez que consiguieron que un juez aceptara cambiar sus nombres, y, luego de una fuga cinematográfica, por Ecuador, Perú, Mozambique y Brasil, recalar en Buenos Aires, donde, no sin tropiezos —incluida la cárcel, donde la viuda de Escobar pasó un tiempo acusada de lavado de dinero y de ser esquilmados por un contador que descubrió su verdadera identidad y pretendió chantajearlos— poco a poco fueron rehaciendo su vida y alcanzando una cierta normalidad. Ahora, la viuda se gana la vida vendiendo inmuebles y Sebastián Marroquín como diseñador de interiores.

¿Cómo convenció Nicolás Entel a Sebastián Marroquín para que desnudara su vida ante la cámara? Es decir, para que aceptara volver a una riesgosa actualidad a la que él y su familia habían evitado con tanto empeño todos estos años. Probablemente, la razón es la que el hijo de Escobar esgrime en el documental: por más que uno trate, no es posible huir de su pasado. La única manera de dejarlo atrás es enfrentarlo, con valentía y lucidez. Él lo hace, de una manera intensa y desgarrada. Pide perdón a todas las víctimas de Pablo Escobar y sus pistoleros, y sus palabras tienen un acento verídico, no truculento, y parecen expresar una voluntad de expiación adquirida en largos años de reflexión y sufrimiento.

El cráter del documental es el encuentro del hijo de Pablo Escobar con los hijos de dos políticos colombianos asesinados por los sicarios del jefe del cártel de Medellín: el ministro Rodrigo Lara Bonilla y el candidato presidencial Luis Carlos Galán. Sebastián Marroquín les escribió primero, pidiéndoles perdón, y esas víctimas a quienes la muerte violenta de sus padres destrozó la vida, se lo concedieron y aceptaron reunirse con él. Escarapela la espalda el instante en que se reúnen y conversan. Hay una tensión que corta el aire, mientras Sebastián Marroquín, con voz estrangulada, explica lo que siente y lo que ha sentido todos estos años ante esa locura homicida que rodeó su infancia y juventud y todos los estragos que sembró en torno su padre. La cámara tiene en estos momentos esa misteriosa facultad que le imprime el talento de un buen realizador: la de escudriñar por debajo de las palabras y los gestos la verdad o la mentira del personaje que está frente a ella, la de delatar sus imposturas o refrendar su sinceridad. En la incomodidad que trata de vencer, en el temblor de la voz, en lo huidizo de su mirada, en la tensión que lo embarga, en el sollozo que trata de contener, es evidente que aquello que Sebastián dice a los hijos de Lara Bonilla y de Galán de veras lo siente. Ellos lo entienden así y por eso su respuesta es no menos auténtica.

Aunque “Pecados de mi padre” no es un documental específico sobre el narcotráfico, este es el ámbito sin el cual nada de lo que refiere hubiera pasado, la razón última de esa orgía de dinero, violencia y crueldad que sacudió entonces a Colombia y ahora sacude a México y está echando sus tentáculos por toda América Latina. Y una de las conclusiones que naturalmente transpira del trabajo de Entel es la ilusión de querer combatir aquel flagelo con jueces, policías, calabozos, prohibiciones y sentencias. Hay demasiado dinero en juego, un mercado tan ferozmente grande para las drogas que estas, de manera inevitable, serán producidas, distribuidas y comercializadas, mientras haya consumidores que las reclamen y estén dispuestos a pagarlas. La represión no tendrá otro efecto que causar más víctimas inocentes y aumentar los precios de la mercancía prohibida, lo que significa que quienes mueven los hilos del negocio de la droga ganarán más, y tendrán mejores armas para matar y más dinero para sobornar y corromper, de modo que la violencia continuará y las instituciones y gobiernos irán siendo progresivamente corroídos por ese ácido hasta que las democracias se vacíen de contenido y solo quede de ellas un embeleco falaz. Porque lo cierto es que el narcotráfico dejó ya de ser hace tiempo un asunto policial. Ahora, por las proporciones que ha alcanzado, las sumas vertiginosas de dinero que maneja, el poder social y político que de ello se deriva, ha pasado a ser un problema esencial del que depende la supervivencia o el desplome de los regímenes democráticos de América Latina.

Madrid, mayo del 2010

domingo, 16 de mayo de 2010


La muerte de un pimpollo

PIEDRA DE TOQUE

El Comercio
Por: Mario Vargas Llosa Escritor
Domingo 16 de Mayo del 2010

Hace unos días, en el piso A3.1 de un edificio que hace esquina entre la avenida Francisco Prats Ramírez y la calle Núñez de Cáceres del barrio residencial El Millón de Santo Domingo, República Dominicana, se encontró muerto a un octogenario llamado Luis José León Estévez que, según testimonio de los vecinos, vivía solo como un hongo y nunca recibía visitas. A todas luces, había puesto fin a su vida por su propia mano, descerrajándose un disparo en la cabeza. La pistola Colt, calibre 45, estaba junto al cadáver, que yacía de espaldas en una cama simple en la que, para entrar en la muerte con más comodidad, el suicida había colocado dos almohadones bajo su espalda. Antes de tumbarse, se había quitado los zapatos. En el cuarto había, además, varias maletas hechas, un teléfono, un televisor y un novenario.

Con él desaparece un personaje que fue muy famoso, en el peor sentido que puede tener esta expresión, en los años 50 del siglo pasado, durante la llamada Era de Trujillo, esos 31 años (1930-1961) en los que el generalísimo Rafael Trujillo Molina, jefe máximo y benefactor y padre de la Patria Nueva, fue el amo y señor —un verdadero dios— de la República Dominicana. León Estévez era entonces oficial de la Fuerza Aérea, íntimo amigo y compañero de francachelas, correrías y orgías del hijo mayor del dictador, Ramfis Trujillo, del que sería también asesor y cuñado pues tuvo la suerte de casarse en 1958 con Angelita, la hija mimada de Trujillo. A esta se la proclamó reina en el más fastuoso acontecimiento de la era, la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre, con que en el año 1955 se celebraron los 25 años del generalísimo en el poder. Cerca de setenta millones de dólares costaron los milyunanochescos festejos en los que participaron las coristas del Lido de París, la orquesta de Xavier Cugat y delegaciones de 42 países “libres” del mundo, muchos presidentes, entre ellos el brasileño Juscelino Kubitschek, y dignatarios internacionales como el cardenal Spellman de New York. El vestido de su graciosa majestad, Angelita I, confeccionado por dos célebres modistas romanas, era de gasa, encaje y cuarenta y cinco metros de armiño ruso. Su toga era idéntica a la que llevó la reina Isabel de Inglaterra en su coronación.

Angelita Trujillo está todavía viva, en Miami, donde, desde que se volvió una “born-again Christian”, suele cantar himnos bíblicos en las iglesias evangélicas. Últimamente ha publicado unas memorias en las que muestra una frialdad polar para con su primer esposo, León Estévez, incluso en un tema delicado que debió de ser materia de los primeros conflictos en el matrimonio. La inverificable leyenda dice que Angelita se prendó de un joven oficial, el teniente Jean Awad Canaán, quien murió por esa época en un oportuno accidente. La familia de este no creyó nunca que aquella muerte fuera casual y acusó siempre al marido de Angelita de haberla provocado, por celos. En estos días, con motivo del suicidio de León Estévez, la hija de aquel teniente, Pilar Awad Báez, ha resucitado aquellas acusaciones.

Gracias a su matrimonio y su amistad con Ramfis, León Estévez hizo una carrera meteórica. Fue nombrado director de la Academia Militar Batalla de las Carreras a los 23 años y muy poco después ascendido a teniente coronel. Pero su fama de entonces no se debía a sus méritos profesionales, sino a su elegancia y su apostura. Aunque su seudónimo era Pechito, la gente común y corriente, y sobre todo las muchachas, lo llamaban “Pimpollo”, es decir, guapo, galano y gentil. En las fotos aparece siempre vestido de manera impecable e imitando el atuendo y las coqueterías de Ramfis, los anteojos oscuros Ray Ban, el bigotito recortado a la manera de los astros del cine mexicano como Arturo de Córdoba, los zapatos brillando como espejos y la sonrisita de triunfador.

En los años 90, cuando yo investigaba sobre la Era de Trujillo, el nombre del teniente coronel Luis José León Estévez se me aparecía por doquier en los testimonios escritos y orales y casi todos coincidían en señalarlo como uno de los más crueles y feroces torturadores y asesinos de aquellos años terribles, sobre todo en los seis meses que siguieron a la muerte del dictador, cuando Ramfis Trujillo, al frente de las Fuerzas Armadas (Balaguer era el presidente nominal) desencadenó una vertiginosa represión en venganza por el asesinato de su padre, en que cientos de dominicanos fueron torturados y asesinados por todo el país. Es seguro que Pechito estuvo en la Hacienda María, de Ramfis, el día que seis de los ajusticiadores del tirano fueron arrebatados a la Justicia, secuestrados por militares y llevados allí para que Ramfis y sus compinches, con vasos de whisky en las manos, los mataran a balazos. Por participar en este crimen, Pechito Estévez fue condenado en contumacia a 30 años de cárcel en febrero de 1965. Pero no cumplió un solo día tras las rejas, porque ya vivía en el exilio, y en 1977, por prescripción de la pena, pudo volver a Santo Domingo, donde se convirtió en un próspero empresario.

En el exilio se había separado de su mujer, a la que acusó de haber “secuestrado” a sus tres hijos, contraído una nueva unión con una señora acomodada, y experimentado una conversión a una forma afiebrada y extrema del catolicismo. Se lo decía miembro de una organización integrista, tal vez el Opus Dei. Yo visité la iglesita donde el Pimpollo oía misa todas las mañanas y pasaba el copón de las limosnas. Aparentemente estaba ya desencantado de la política, pues, en la cena que me organizó el simpático Kalil Haché, antiguo secretario de Trujillo, para que pudiera conversar con los trujillistas sobrevivientes y fieles a la memoria del tirano —la más inolvidable de todas las cenas a la que me ha tocado asistir— el teniente coronel no se hizo presente. Solo le interesaban entonces la religión y los negocios.

Después de muchas gestiones e intermediarios, aceptó recibirme en su despacho. Había dejado de ser un Adonis hacía tiempo, pero conservaba la pulcritud en el vestir. Era un hombre frío, desconfiado, y no ocultaba su veneración a la memoria de Trujillo. En un momento dado, me dijo que había conversado con una mujer humilde a la que el jefe le había besado los pies porque ella, en la cama, le dijo que los tenía muy fríos. “Ya ve usted, en contra de lo que se dice, era un hombre compasivo”, concluyó.

Le recordé que casi todos los dominicanos que habían sido torturados en la época de Trujillo en la cárcel La Cuarenta y sentados en la famosa silla eléctrica, para recibir descargas que les quemaran el cuerpo, aseguraban que él siempre estaba allí, presenciando el horror, y muchas veces participando en él con su inseparable fusta de jinete, con la que le gustaba azotar a las víctimas. Añadí que, sin ir muy lejos, mi amigo José Israel Coello, que me acababa de dejar en la puerta de su despacho, había sido una de ellas, y que todavía le quedaba en el cuerpo algún rastro de las cicatrices de los fustazos que le infligió mientras, amarrado en la silla, recibía descargas eléctricas.

Estuvo mirándome un buen rato en silencio, mientras palidecía. Pensé que iba a echarme de su oficina o agredirme. Pero se limitó a murmurar, con un gesto de disgusto: “Si quiere que le diga la verdad, no me acuerdo de ese episodio”. Su respuesta me produjo un escalofrío. Probablemente era cierto, lo habría hecho tantas veces y con tantos, que ya no quedaban caras y nombres concretos de los martirizados en su memoria.

Ahora veo en los diarios de Santo Domingo que algunos de los disidentes antitrujillistas que sobrevivieron a las torturas de La Cuarenta, como la doctora Asela Morel, que estuvo allí presa con las hermanas Mirabal, han recordado las siniestras hazañas que perpetraba Pechito Estévez, en 1961, en aquellos calabozos inmundos, oscuros, llenos de humo, sangre, injurias y dolor, en una época en que, casi por doquier en América Latina, las dictaduras perpetraban monstruosidades parecidas.

Los jóvenes dominicanos de nuestros días deben oír hablar de todo aquello como de algo prehistórico. Por fortuna, su país ha dejado atrás y cada día se aleja más de semejante barbarie. Es uno de los países latinoamericanos donde la democracia ha arraigado mejor y donde unas políticas sensatas han traído progreso económico e institucional considerable. Desde luego que hay mucha pobreza todavía y la violencia no ha desaparecido en la vida social. Pero, comparada con el horror de aquellos años, la situación actual está a años luz de la de entonces, aunque solo fuera porque en la República Dominicana de hoy un Pechito Estévez sería inconcebible.

MADRID, MAYO DEL 2010

domingo, 2 de mayo de 2010


Retrato de familia

PIEDRA DE TOQUE

El Comercio
Por: Mario Vargas Llosa Escritor
Domingo 2 de Mayo del 2010

Cuando la conocí, en el pueblecito aragonés de Calaceite, Pilar Donoso era una niña que protagonizaba con mis hijos las aventuras que inspiraron a su padre, José Donoso, una de sus mejores novelas: “Casa de Campo” (1978). Y aunque la volví a ver después, en Chile, ya hecha una joven, y luego toda una señora, la imagen que de ella prevalece en mi memoria es la de aquella criatura vivaracha y traviesa que revoloteaba sin tregua por la soberbia casa de piedra de las alturas de Teruel que los Donoso habían decorado con todas sus soberbias excentricidades y neurosis.

Ahora, la Pilarcita ha publicado un libro tan extraño y hermoso como su título, “Correr el tupido velo”. En él, sus padres y ella vuelcan su intimidad a través de diarios privados, cartas, testimonios y recuerdos que introducen al lector en todos los pliegues y repliegues de la vida de una familia, con inusitada sinceridad y, al mismo tiempo, con tanta elegancia que todo lo que hay en sus páginas de sufrimiento y desgarro queda como atenuado y embellecido. Por otra parte, además de una biografía de sus padres y de ella misma, la autora ofrece en este libro un documento excepcional sobre el proceso creativo del escritor que fue José Donoso, las fuentes y modelos que le sirvieron para gestar sus historias, sus métodos y manías, los entusiasmos y las depresiones por las que pasaba, su tenacidad y disciplina y los arrebatos, paranoias, histerias, ingenuidades, miedos y, a veces, ilusiones de chiquilín con que, además de la imaginación y la memoria, amasaba sus cuentos y novelas.

No debió ser nada fácil vivir junto a una persona para la que su trabajo literario era lo único que importaba, un objetivo a lo que todo lo demás, empezando por la mujer y la hija, debía subordinarse y, si era preciso, ser sacrificado. No es de extrañar que María del Pilar padeciera depresiones y en ciertas etapas de su vida se refugiara en el alcohol y que la propia Pilarcita sintiera una desesperanza y soledad que bañan algunas páginas de su libro de profunda tristeza. Y, sin embargo, no hay la menor duda, José Donoso amaba a su mujer, adoraba a su hija, y no hubiera podido vivir ni escribir sin la fantástica complicidad que llegó a tener con ambas, de las que, a la vez que las sometía a todos los caprichos de su egolatría, dependía en cuerpo y alma y a las que, de tanto en tanto, también abrumaba de regalos y delicadezas.

Lo mejor de “Correr el tupido velo” es la sabiduría de su construcción. José y María del Pilar Donoso llevaron a lo largo de muchos años, cada uno por su cuenta, unos diarios —que cada cónyuge guardaba en el mayor secreto— en los que registraban su vida diaria y opinaban con franqueza total (y a ratos aterradora) de las gentes que veían, de los libros que leían, de lo que hacían y dejaban de hacer, y, también, por supuesto, con la misma sinceridad brutal, dejaban sentado lo que pensaban uno del otro y de la niña que habían adoptado como hija en España cuando la pequeña tenía apenas 2 añitos. Pilar Donoso ha seleccionado de ese enorme material fragmentos a los que hace dialogar entre sí, y enriquece ese diálogo con extractos de la correspondencia familiar y con sus propios recuerdos. De todo ello resulta una complejísima información, cargada de ambigüedad y sutileza, en la que el lector tiene por momentos la sensación de haber invadido lo más recóndito de la intimidad de aquellos personajes, ese recinto ultrasecreto donde moran los fantasmas y los monstruos que los seres humanos nos pasamos la vida tratando de evitar que salgan a la luz. Aquí salen y el espectáculo, aunque por momentos es chocante y hasta lastimoso, ilumina de manera clarividente los avatares de una familia concreta, de la vocación literaria y de la condición humana en general.

Fuimos buenos amigos con Pepe y María del Pilar y yo creía conocerlos bastante bien, pero leyendo “Correr el tupido velo” he descubierto que desconocía de ellos más cosas de las que sabía. Siempre tuve claro que él era un escritor hasta el tuétano, exclusivo y excluyente, cuya vocación prácticamente ocupaba su vida, de la que había terminado por eliminar todo lo que no fuera literatura o le sirviera para sus libros, pero ignoraba por completo que, para llegar a serlo de esta manera radical, hubiera tenido que pasar tantas pruebas y pellejerías en su juventud, la pobreza y el desamparo de largos años, en una época en la que en América Latina su empecinamiento en ser solo un escritor (careciendo de ayuda y dinero) era poco menos que una locura o un suicidio. Lo consiguió, pero nunca se libró de aquella inseguridad con que debió vivir, de joven insolvente, en una pensión pobretona de Buenos Aires, cuando borroneaba sus primeras historias. Esa inseguridad era, en buena parte, económica. No lo dejaba traslucir, ni a sus amigos más próximos, pero debido a ella hasta sus últimos años, ya acosado por las enfermedades, siguió aceptando los extenuantes viajes a enseñar a las universidades de Estados Unidos o las giras de conferencias que con frecuencia interrumpía una crisis de su salud que lo disparaba al hospital.

Es fascinante descubrir, en el libro, su obsesión por la moda. Durante buena parte de su vida representó al viejo señor feudal más o menos arruinado, viviendo en pueblos minúsculos o haciendo vida de pueblo en las ciudades, más bien recluido, pero frenéticamente atento a los últimos gritos de la chismografía social internacional, las modas indumentarias y las payasadas del jet set. Las páginas en las que lo descubrimos dedicando todas sus horas libres, en una casa de Comillas, a devorar una colección de revistas de alta sociedad, dando instrucciones a su mujer y a su hija sobre cómo debían vestirse y decidiendo la tapicería de los sillones o la disposición de los árboles y las flores en los jardines —otra de sus grandes pasiones, como las casas antiguas, las mudanzas y las viejas y los viejos— abren unos paréntesis de buen humor y picardía en un mundo por lo general impregnado de gravedad, tensiones y angustia.

El libro muestra también lo que muchos amigos de Pepe sospechábamos: que María del Pilar fue una compañera extraordinariamente sacrificada, que hizo suyas sus fantasías, extravagancias y todos los disparates con los que él gustaba amueblar su existencia, pues de este modo encontraba inspiración y voluntad para escribir, apoyándolo y siguiéndolo hasta la autodestrucción. Nada la había preparado a ella para semejantes heroísmos. Había tenido una juventud cosmopolita, acomodada, viajera y frívola y enamorarse de José Donoso transformó su existencia de manera brutal. Cuando todavía eran novios, él le exigió que, antes de casarse, se psicoanalizara y ella obedeció, lo que da ya un indicio del género de pareja que llegaron a constituir. Durante algún tiempo vivir junto a un hombre como José Donoso debió ser una aventura excitante y arriesgada, pero, luego, aquella experiencia de alto voltaje comenzó a cobrarle un peaje en depresiones, inseguridad y crisis nerviosas que ahogaba en alcohol, algo que esa señora tan bien educada que fue siempre María del Pilar no permitió que adivinaran ni sus amigos más íntimos.

Yo los quise mucho a los dos, y ahora, después de haber leído el libro de la Pilarcita, los quiero más. Entrar a su casa era como entrar a ese simulacro que es la vida de los libros, una vida que no es la real sino su anverso y su sublimación, una vida postiza, de sueño, artificio, apariencia y pose. Pero José Donoso consiguió que su vida fuera eso, la única forma de vida que conocía y amaba, y, por ello, lo que en cualquier otro hubiera parecido evasión, embrollo y pantomima, fue en él vida genuina vivida con la intrepidez y la entrega total de una gran aventura.

En pocos libros como en este se puede seguir, paso a paso, de manera tan vívida, la gestación de las novelas de un autor. Donoso era un trabajador disciplinado y se esforzaba por tener un control minucioso de historias y personajes, sobre los que preparaba biografías pormenorizadas. Y, sin embargo, en este libro se advierte cómo, en lo que se refiere a los temas, no era él quien los escogía sino ellos los que lo escogían a él, insinuándose de pronto en forma de recuerdos que transparentaban viejas obsesiones, y lo iban invadiendo y sometiendo, obligándolo a menudo a abandonar los trabajos que había emprendido hacía tiempo, para volcarse en cuerpo y alma en una nueva empresa creativa.

Además de bien construido, “Correr el tupido velo” es un libro escrito con lucidez, economía, discreción donde hace falta y, por momentos, con una franqueza que corta el aliento. No sé si su hija asistió alguna vez a esos talleres para jóvenes escritores que José Donoso dio a lo largo de muchos años, en su casa de Santiago, y por los que pasaron algunos de los mejores narradores chilenos de la actualidad como Alberto Fuguet y Arturo Fontaine. Pero, lo hiciera o no lo hiciera, a juzgar por este absorbente ensayo con el que inicia su vida literaria, Pilar Donoso se impregnó de los secretos del arte de escribir en esa familia de obstinados fantaseadores de la que pasó a formar parte cuando era solo un pedacito de mujer.

MADRID, ABRIL DEL 2010

martes, 20 de abril de 2010


Treinta años de hostilidad

Enero 14, 2007

CesarHildebrandtBlog
Por César Hildebrandt
(Publicado por La Primera)
Se acaba de desmentir la reconciliación de esos dos grandes escritores que son Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

Como se sabe, hace más de 30 años, en el vestíbulo de un cine mexicano, Vargas Llosa noqueó a García Márquez con un derechazo sorpresivo al mentón.

Como se sabe también, todo se debió a los coqueteos de caribe aventajado que García Márquez tuvo a bien lanzarle, en Barcelona, a Patricia Llosa de Vargas, quien se encontraba más que desconsolada porque Mario estaba en Nueva York y la pareja había tenido uno de esos pleitos recurrentes en los matrimonios.

El instinto de novelista alfa, aprendido en Aracataca, le dijo a García Márquez que era un buen momento para intentar la escalada. El cálculo fue errado y el truco de la ruta perdida y la noche estrellada al regreso de una cena colectiva no sirvió para nada: Patricia fue el muro de Berlín, la muralla china y la esposa en regla que siempre ha sido.

Cuando Mario regresó –que fue al muy poco tiempo-, Patricia le contó todo, con pelos y señales –bueno, felizmente había sólo señales en la frustrada aventura de don Gabo-. Mario, que para algunos casos sigue siendo el macho de Diego Ferré, juró vengarse. Y la ocasión se presentó en aquel cine mexicano, cuando el escritor colombiano se acercó a darle la mano, inconsciente de que Mario estaba al tanto de su intento traicionero. Inconsciente también de que el que pudo ser su rival de amores iba al gimnasio todos los días y tenía una pegada temible.

Ver a García Márquez tumbado en el mármol del piso –un testigo nuestro fue el desaparecido Francisco Igartua-, auxiliado por todos los que pudieron acercársele, preguntándose de dónde había venido ese recto de derecha, fue el acontecimiento social y chismográfico de la época. Ni él ni Vargas Llosa contaron jamás su versión de los hechos y eso se entiende: para ambos resultaba vergonzoso eso de querer entrar al descerraje en un matrimonio amigo, en un caso, y eso de sentir celos latinos demostrados a la mexicana, en el otro.

Vargas Llosa se sintió doblemente traicionado. En noviembre de 1971, bajo el sello de siempre de Barral Editores, colección Biblioteca Breve de Balance, había aparecido “García Márquez. Historia de un deicidio”, un libro monumental dedicado a estudiar a ese fenómeno de la literatura universal en el que se había convertido, en sólo cuatro años, el autor de “Cien años de soledad”. A ese libro, que era una biografía del Gabo y un análisis de lo que se ha llamado “el libro más importante del siglo XX escrito en español”, Vargas Llosa le había dedicado, como a todos sus libros pero en dosis probablemente más encarnizadas, horas, semanas, meses de acopio de información, análisis y redacción. Era un libro de 666 páginas –sí, 666- y era tan exhaustivo que llegaba a aburrir. Allí Mario comparaba “Cien años de soledad” con “Madame Bovary” y “El Quijote” y el deicidio del título consistía en que el mundo creado por García Márquez era tan ambicioso, estaba tan cósmicamente estructurado, era tan convincente a pesar de sus ilusionismos, que constituía un ejemplo perfecto de uno de los pocos sueños cumplidos en la literatura de todos los tiempos: el novelista como Dios pagano creando un universo paralelo, el novelista usurpando la Creación.

“Quien se sirve de toda la realidad humana como cantera para un fin tan egoísta y demencial (rivalizar con Dios) sólo puede lograr su propósito sirviendo esa vocación con un egoísmo y una demencia semejante”, escribe Vargas Llosa refiriéndose a García Márquez. El libro tiene como epígrafe una cita de Conrad de “El agente secreto” y, al final, un reconocimiento de Vargas Llosa a quienes hicieron posible su escritura. La lista la encabezan sus amigos “Mercedes y Gabriel García Márquez”.

Consumada la traición de Barcelona, el deicida sería Mario. Jamás volvió a hablar de García Márquez, aunque siempre lo alude cada vez que se refiere a los intelectuales que le toleran todo a Fidel Castro.

Decía Benavente, creo, que los enemigos sólo son temibles cuando empiezan a tener la razón. En este caso no nos movemos en el mundo calculable de la razón sino en el manglar de los gruñidos territoriales. Y, desde la perspectiva de cualquier ética, puede decirse que el derechazo de Vargas Llosa estuvo bien dado. Con lo que se demostró, por enésima vez, que se puede escribir con brillo insuperable, ganar el Nobel, ser un gigante de la creación y, al mismo tiempo, compartir con la humanidad las miserias más de entrecasa.

domingo, 18 de abril de 2010


Torear y otras maldades

PIEDRA DE TOQUE

El Comercio
Por: Mario Vargas Llosa Escritor
Domingo 18 de Abril del 2010

El intento de prohibir las corridas de toros en Barcelona ha repercutido en medio mundo y, a mí, me ha tenido polemizando en las últimas semanas en tres países en defensa de la fiesta ante enfurecidos detractores de la tauromaquia. La discusión más encendida tuvo lugar en la noche de Santo Domingo —una de esas noches estrelladas, de suave brisa, que desagravian al viajero de la canícula del día—, en el corazón de la Ciudad Colonial, en la terraza de un restaurante desde la que no se veía el vecino mar, pero si se lo oía.

Alguien tocó el tema y la señora que presidía la mesa y que, hasta entonces, parecía un modelo de gentileza, inteligencia y cultura, se transformó. Temblando de indignación, comenzó a despotricar contra quienes gozan en ese indecible espectáculo de puro salvajismo, la tortura y agonía de un pobre animal, supervivencia de atrocidades como las que enardecían a las multitudes en los circos romanos y las plazas medievales donde se quemaba a los herejes. Cuando yo le aseguré que la delicada langosta de la que ella estaba dando cuenta en esos mismos momentos y con evidente fruición había sido víctima, antes de llegar a su plato y a sus papilas gustativas, de un tratamiento infinitamente más cruel que un toro de lidia en una plaza y sin tener la más mínima posibilidad de desquitarse clavándole un picotazo al perverso cocinero, creí que la dama me iba a abofetear. Pero la buena crianza prevaleció sobre su ira y me pidió pruebas y explicaciones.

Escuchó, con una sonrisita aniquiladora flotándole por los labios, que las langostas en particular, y los crustáceos en general, son zambullidos vivos en el agua hirviente, donde se van abrasando a fuego lento porque, al parecer, padeciendo este suplicio su carne se vuelve más sabrosa gracias al miedo y el dolor que experimentan. Y, sin darle tiempo a replicar, añadí que probablemente el cangrejo, que otro de los comensales de nuestra mesa degustaba feliz, había sido primero mutilado de una de sus pinzas y devuelto al mar para que la sobrante le creciera elefantiásicamente y de este modo aplacara mejor el apetito de los aficionados a semejante manjar. Jugándome la vida —porque los ojos de la dama en cuestión a estas alturas delataban intenciones homicidas— añadí unos cuantos ejemplos más de los indescriptibles suplicios a que son sometidos infinidad de animales terrestres, aéreos, fluviales y marítimos para satisfacer las fantasías golosas, indumentarias o frívolas de los seres humanos. Y rematé preguntándole si ella, consecuente con sus principios, estaría dispuesta a votar a favor de una ley que prohibiera para siempre la caza, la pesca y toda forma de utilización del reino animal que implicara sufrimiento. Es decir, a bregar por una humanidad vegetariana, frutariana y clorofílica.

Su previsible respuesta fue que una cosa era matar animales para comérselos y así poder sustentarse y vivir, un derecho natural y divino, y otra muy distinta matarlos por puro sadismo. Inquirí si por casualidad había visto una corrida de toros en su vida. Por supuesto que no y que tampoco las vería jamás aunque le pagaran una fortuna por hacerlo. Le dije que le creía y que estaba seguro que ni yo ni aficionado alguno a la fiesta de los toros obligaría jamás ni a ella ni a nadie a ir a una corrida. Y que lo único que nosotros pedíamos era una forma de reciprocidad: que nos dejaran a nosotros decidir si queríamos ir a los toros o no, en ejercicio de la misma libertad que ella ponía en práctica comiéndose langostas asadas vivas o cangrejos mutilados o vistiendo abrigos de chinchilla o zapatos de cocodrilo o collares de alas de mariposa. Que, para quien goza con una extraordinaria faena, los toros representan una forma de alimento espiritual y emotivo tan intenso y enriquecedor como un concierto de Beethoven, una comedia de Shakespeare o un poema de Vallejo. Que, para saber que esto era cierto, no era indispensable asistir a una corrida. Bastaba con leer los poemas y los textos que los toros y los toreros habían inspirado a grandes poetas, como Lorca y Alberti, y ver los cuadros en que pintores como Goya o Picasso habían inmortalizado el arte del toreo, para advertir que para muchas, muchísimas personas, la fiesta de los toros es algo más complejo y sutil que un deporte, un espectáculo que tiene algo de danza y de pintura, de teatro y poesía, en el que la valentía, la destreza, la intuición, la gracia, la elegancia y la cercanía de la muerte se combinan para representar la condición humana.

Nadie puede negar que la corrida de toros sea una fiesta cruel. Pero no lo es menos que otras infinitas actividades y acciones humanas para con los animales, y es una gran hipocresía concentrarse en aquella y olvidarse o empeñarse en no ver a estas últimas. Quienes quieren prohibir la tauromaquia, en muchos casos, y es ahora el de Barcelona, suelen hacerlo por razones que tienen que ver más con la ideología y la política que con el amor a los animales. Si amaran de veras al toro bravo, al toro de lidia, no pretenderían prohibir los toros, pues la prohibición de la fiesta significaría, pura y simplemente, su desaparición. El toro de lidia existe gracias a la fiesta y sin ella se extinguiría. El toro bravo está constitutivamente formado para embestir y matar y quienes se enfrentan a él en una plaza no solo lo saben, muchas veces lo experimentan en carne propia.

Por otra parte, el toro de lidia, probablemente, entre la miríada de animales que pueblan el planeta, es hasta el momento de entrar en la plaza, el animal más cuidado y mejor tratado de la creación, como han comprobado todos quienes se han tomado el trabajo de visitar un campo de crianza de toros bravos.

Pero todas estas razones valen poco, o no valen nada, ante quienes, de entrada, proclaman su rechazo y condena de una fiesta donde corre la sangre y está presente la muerte. Es su derecho, por supuesto. Y lo es, también, el de hacer todas las campañas habidas y por haber para convencer a la gente de que desista de asistir a las corridas de modo que estas, por ausentismo, vayan languideciendo hasta desaparecer. Podría ocurrir. Yo creo que sería una gran pérdida para el arte, la tradición y la cultura en la que nací, pero, si ocurre de esta manera —la manera más democrática, la de la libre elección de los ciudadanos que votan en contra de la fiesta dejando de ir a las corridas— habría que aceptarlo.

Lo que no es tolerable es la prohibición, algo que me parece tan abusivo y tan hipócrita como sería prohibir comer langostas o camarones con el argumento de que no se debe hacer sufrir a los crustáceos (pero sí a los cerdos, a los gansos y a los pavos). La restricción de la libertad que ello implica, la imposición autoritaria en el dominio del gusto y la afición, es algo que socava un fundamento esencial de la vida democrática: el de la libre elección. La fiesta de los toros no es un quehacer excéntrico y extravagante, marginal al grueso de la sociedad, practicado por minorías ínfimas. En países como España, México, Venezuela, Colombia, Ecuador, el Perú, Bolivia y el sur de Francia, es una antigua tradición profundamente arraigada en la cultura, una seña de identidad que ha marcado de manera indeleble el arte, la literatura, las costumbres, el folclor, y no puede ser desarraigada de manera prepotente y demagógica, por razones políticas de corto horizonte, sin lesionar profundamente los alcances de la libertad, principio rector de la cultura democrática.

Prohibir las corridas, además de un agravio a la libertad, es también jugar a las mentiras, negarse a ver a cara descubierta aquella verdad que es inseparable de la condición humana: que la muerte ronda a la vida y termina siempre por derrotarla. Que, en nuestra condición, ambas están siempre enfrascadas en una lucha permanente y que la crueldad —lo que los creyentes llaman el pecado o el mal— forma parte de ella, pero que, aún así, la vida es y puede ser hermosa, creativa, intensa y trascendente. Prohibir los toros no disminuirá en lo más mínimo esta verdad y, además de destruir una de las más audaces y vistosas manifestaciones de la creatividad humana, reorientará la violencia empozada en nuestra condición hacia formas más crudas y vulgares, y acaso nuestro prójimo. En efecto ¿para qué encarnizarse contra los toros si es mucho más excitante hacerlo con los bípedos de carne y hueso que, además, chillan cuando sufren y no suelen tener cuernos?

sábado, 3 de abril de 2010


Europa, América Latina y MVLL

La República
Alberto Adrianzén M.(*)

El 12 de diciembre del año pasado, la Universidad Católica del Perú le otorgó merecidamente el grado doctor honoris causa al escritor Mario Vargas Llosa (MVLL). En su discurso, “Sueño y realidad de América Latina”, MVLL vuelve sobre un viejo tema que consiste en afirmar que tanto los escritores latinoamericanos como los europeos –en general– han tenido y tienen una visión idílica de América Latina (AL). Para MVLL nuestra región sería algo así como la tierra de las utopías: “Desde el Inca Garcilaso de la Vega y Sor Juana Inés de la Cruz, hasta los poemas de Vallejo, Neruda, Octavio Paz, nuestra literatura ha edificado una A. Latina de ficción a la altura del paradigma que vieron en ella los primeros europeos que desembarcaron aquí. En el campo político, en cambio, en el que conviene discernir con claridad lo que separa a la ficción de la realidad, esta tendencia ha resultado catastrófica” (p. 39).

Una consecuencia de ello sería que “una de las manías recurrentes de la cultura latinoamericana ha sido la de definir su identidad.

Se trata de una pretensión inútil, peligrosa e imposible, pues la identidad es algo que tienen los individuos, no las colectividades una vez que superan los condicionamientos tribales” (p. 46). Para el escritor, AL sería “una prolongación de Occidente”, con “perfiles propios” y con “una personalidad diferenciada” (p. 51). Sin embargo, es esa supuesta manía, finalmente, lo que habría llevado a AL a no ser plenamente occidental y a no superar la “mentalidad tribal”, la “tentación colectivista” y el caudillismo político. Dicho en otros términos, a no ser plenamente liberal.

En realidad, la visión de MVLL sobre la imagen que tenían y tienen los europeos de A. Latina es bastante parcial e incompleta. Es cierto que inicialmente esta visión estuvo cargada de “utopismo”. Se dice que Cristóbal Colón cuando tocó tierras americanas pensó que había llegado al Paraíso. Cuando los franciscanos plantearon crear una “república de indios” y otra de “españoles” en América, lo hacían porque pensaban utópicamente que era posible construir una “cristiandad ejemplar” con los indios, frente a la decadencia pecaminosa de los europeos. Sin embargo, esta visión no siempre fue así.

El humanista italiano Antonello Gerbi –que no cita MVLL en su discurso– ha dado cuenta de manera bastante erudita y completa, cómo esta visión cambió radicalmente en la Ilustración (La disputa del Nuevo Mundo. Historia de una polémica 1750-1900). A. Latina pasó de ser un espacio utópico a ser un continente inmaduro, de animales pequeños e incompletos, poblado por gente de sangre fría, de genitales minúsculos y hasta con cabezas cónicas como se afirmó en ese tiempo. Se asistía a la construcción de una visión eurocéntrica (y racista) que tuvo su máxima expresión en el siglo XIX y que sirvió como discurso legitimador del colonialismo europeo. No es cierto, por lo tanto, que lo que ha primado en la visión europea ha sido siempre el utopismo sino más bien todo lo contrario, como se demuestra ahora con la aparición en el Viejo Continente de movimientos ultraderechistas y antitercermundistas de claro tinte xenófobo y racista.

Tampoco es cierto que A. Latina haya sido una mera “prolongación de Occidente”. En realidad, es la “aparición” de nuestro continente lo que permite el nacimiento de lo que hoy conocemos como Occidente. El gran intelectual español José Antonio Maravall se pregunta a raíz del “descubrimiento” de América: “¿qué es políticamente el planeta recién inaugurado para la Historia, y, por ende cómo debe organizarse en su totalidad y en sus partes?”. Por ello, el diálogo entre Europa y AL no ha sido fácil. No solo por el “descubrimiento” y por la fuerza de las culturas precolombinas sino también porque si hoy Occidente es lo que es se le debe en parte a América. Somos la otra cara de Occidente, el otro “Occidente”, como lo fueron los españoles en el siglo XVI, y quizás por eso nos atrevemos a transitar por nuevos caminos.

(*) albertoadrianzen.lamula.pe

martes, 9 de marzo de 2010


Lula y los Castro


PIEDRA DE TOQUE

Por: Mario Vargas Llosa Escritor
El Comercio
Domingo 7 de Marzo del 2010

Mi capacidad de indignación política se embota algo los meses del año que paso en Europa. La razón, supongo, es que vivo allá en países democráticos en los que, no importa los problemas que padezcan, hay un amplio margen de libertad para la crítica, y los medios, los partidos, las instituciones y los individuos suelen protestar con entereza y ruido cuando se suscita un hecho afrentoso y despreciable, sobre todo en el campo político.

En América Latina, en cambio, donde paso tres o cuatro meses al año, aquella capacidad de indignación retorna siempre, con la furia de mi juventud, y me hace vivir en el quién vive, desasosegado y alerta, esperando (y preguntándome de dónde vendrá esta vez) el hecho execrable que, generalmente, pasará inadvertido para el gran número, o merecerá el beneplácito o la indiferencia general.

Esta mañana he vivido una vez más esa sensación de asco e ira, viendo al risueño presidente Lula del Brasil, abrazando cariñosamente a Fidel y Raúl Castro, en los mismos momentos en que los esbirros de la dictadura cubana correteaban a los disidentes y los sepultaban en los calabozos para impedirles asistir al entierro de Orlando Zapata Tamayo, el albañil opositor y pacifista de 42 años, del Grupo de los 75, al que la satrapía castrista dejó morir de hambre —luego de someterlo en vida a confinamiento, torturas y condenarlo con pretextos a más de 30 años de prisión— tras 85 días de huelga de hambre.

Cualquier persona que no haya perdido la decencia y tenga un mínimo de información sobre lo que ocurre en Cuba espera del régimen castrista que actúe como lo ha hecho. Hay una absoluta coherencia entre la condición de dictadura totalitaria de Cuba y una política terrorista de persecución a toda forma de disidencia y de crítica, la violación sistemática de los más elementales derechos humanos, procesos amañados para sepultar a los opositores en cárceles inmundas y someterlos allí a vejaciones hasta enloquecerlos, matarlos o empujarlos al suicidio. Los hermanos Castro llevan 51 años practicando esa política y solo los idiotas podrían esperar de ellos un comportamiento distinto.

Pero de Luiz Inácio Lula da Silva, gobernante elegido en comicios legítimos, presidente constitucional de un país democrático como Brasil, uno esperaría, por lo menos, una actitud algo más digna y coherente con la cultura democrática que en teoría representa, y no la desvergüenza impúdica de lucirse, risueño y cómplice, con los asesinos virtuales de un disidente democrático, legitimando con su presencia y proceder la cacería de opositores desencadenada por el régimen en los mismos momentos en que él se fotografiaba abrazando a los verdugos de Orlando Zapata Tamayo.

El presidente Lula sabía perfectamente lo que hacía. Antes de viajar a Cuba, 50 disidentes cubanos le habían pedido una audiencia durante su estancia en La Habana y que intercediera ante las autoridades de la isla por la liberación de los presos políticos martirizados como Zapata en los calabozos cubanos. Él se negó a ambas cosas. Tampoco los recibió ni abogó por ellos en sus dos anteriores visitas a la isla, cuyo régimen liberticida siempre elogió sin el menor eufemismo.

Por lo demás, esta manera de proceder del mandatario brasileño ha caracterizado todo su mandato. Hace años que, en su política exterior, desmiente de manera sistemática su política interna, en la que respeta las reglas del Estado de derecho, y, en economía, en vez de las recetas marxistas que proponía cuando era sindicalista y candidato —dirigismo económico, nacionalizaciones, rechazo a la inversión extranjera, etcétera—, promueve una economía de mercado y de libre empresa como cualquier estadista socialdemócrata europeo.

Pero, cuando se trata del exterior, el presidente Lula se desviste de los atuendos democráticos y se abraza con el comandante Chávez, con Evo Morales, con el comandante Ortega, es decir, con la hez de América Latina, y no tiene el menor escrúpulo en abrir las puertas diplomáticas y económicas del Brasil a la satrapía teocrática integrista de Irán. ¿Qué significa esta duplicidad? ¿Que el presidente Lula nunca cambió de verdad? ¿Que es un simple travestido, capaz de todos los volteretazos ideológicos, un politicastro sin espina dorsal cívica y moral? Según algunos, los designios geopolíticos para Brasil del presidente Lula están por encima de pequeñeces como que Cuba sea, con Corea del Norte, una de las dictaduras donde se cometen los peores atropellos a los derechos humanos y donde hay más presos políticos. Lo importante para él serían cosas más trascendentes como el puerto de Mariel, que Brasil está financiando con 300 millones de dólares, así como la próxima construcción por Petrobras de una fábrica de lubricantes en La Habana. Ante realizaciones de este calado ¿qué puede importarle al “estadista” brasileño que un albañil cubano del montón, y encima negro y pobre, muera de hambre clamando por nimiedades como la libertad?

En verdad, todo esto significa, ay, que Lula es un típico mandatario “democrático” latinoamericano. Casi todos ellos están cortados por la misma tijera y casi todos, unos más, otros menos, aunque —cuando no tienen más remedio— practican la democracia en el seno de sus propios países, en el exterior no tienen reparo alguno, como Lula, en cortejar a dictadores y demagogos tipo Chávez o Castro, porque creen, los pobres, que de este modo aquellos manoseos les otorgarán una credencial de “progresistas” que los libre de huelgas, revoluciones, acoso periodístico y de campañas internacionales acusándolos de violar los derechos humanos. Como recuerda el analista peruano Fernando Rospigliosi, en un admirable artículo, “Mientras Zapata moría lentamente, los presidentes de América Latina —incluido el sátrapa cubano— se reunían en México para formar una organización —¡otra más!— regional. Ni una palabra salió de allí para demandar la libertad o un mejor trato para los más de 200 presos políticos cubanos”. El único que se atrevió a protestar —un justo entre los fariseos— fue el presidente electo de Chile, Sebastián Piñera.

De manera que la cara de cualquiera de estos jefes de Estado hubiera podido reemplazar a la de Luiz Inácio Lula da Silva, abrazando a los hermanos Castro, en la foto que me retorció las tripas al leer la prensa de esta mañana.

Esas caras no representan la libertad, la limpieza moral, el civismo, la legalidad y la coherencia en América Latina. Estos valores se encarnan en personas como Orlando Zapata Tamayo, las Damas de Blanco, Oswaldo Payá, Elizardo Sánchez, la bloguera Yoani Sánchez, y demás cubanos y cubanas que, sin dejarse intimidar por el acoso, las agresiones y vejaciones cotidianas de que son víctimas, se siguen enfrentando a la tiranía castrista. Y se encarnan, asimismo, en principalísimo lugar, en los centenares de prisioneros políticos y, sobre todo, en el periodista independiente Guillermo Fariñas, que, cuando escribo este artículo, lleva ya ocho días de huelga de hambre en Cuba para protestar por la muerte de Zapata y exigir la liberación de los presos políticos.

Curiosa y terrible paradoja: que sea en el seno de uno de los más inhumanos y crueles regímenes que haya conocido el continente donde se hallen hoy los más dignos y respetables políticos de América Latina.

LIMA, 4 DE MARZO DEL 2010