domingo, 12 de febrero de 2012


Las ideas y el caos


Fuente La República
Escrito por Mario Vargas llosa

Quienes creen que la historia de América Latina es una obra maestra de la sinrazón, un producto del puro instinto y de la fuerza bruta, deberían leer el reciente libro del historiador mexicano Enrique Krauze, Redentores. Ideas y poder en América Latina (Debate, 2011). Este ambicioso y audaz ensayo quiere mostrar, a través de perfiles biográficos de doce latinoamericanos de diversa vocación –políticos, revolucionarios, escritores, dictadores– que la evolución de América Latina no es un caos, resultante de las pasiones y los apetitos desbocados, sino una compleja trama movida por ideas y convicciones que, aunque a menudo disimuladas detrás de desplantes, matonerías y retóricas rimbombantes y huecas, le dan a aquella sentido, coherencia y racionalidad.
Como los autores de las dos obras capitales que le sirven de modelo, Russian Thinkers, de Isaiah Berlin, y To the Finland Station, de Edmund Wilson, Enrique Krauze cree firmemente que las ideas hacen siempre la historia y explican todos los grandes hechos –repugnantes o admirables, generosos o mezquinos, liberadores o esclavizantes– que constituyen el devenir de todas las sociedades y naciones.
Aunque rigurosamente trabados entre sí, los capítulos del libro son de dimensión y profundidad variada y entre el riquísimo y exhaustivo dedicado a Octavio Paz –un libro dentro del libro, en verdad– y los más breves y someros consagrados, por ejemplo, a José Martí y a Eva Perón, hay diferencias acusadas. Pero todos están escritos con desenvoltura, astucia y felicidad y se leen con la expectativa y la excitación de las mejores novelas. Redentores es una obra clave de nuestros días, una de las empresas intelectuales más audaces concebidas en el ámbito intelectual y político latinoamericano, y, por su rigor y erudición y la originalidad de sus análisis, un aporte valiosísimo para entender la actualidad y las perspectivas inmediatas de ese continente que creíamos de las oportunidades perdidas pero que, según la tesis más polémica de Krauze, ya no lo es más, pues ha entrado por fin, en medio del tumulto que es todavía su fachada, en un rumbo de verdadero progreso.
El optimismo que transpira el libro no peca de ingenuo, está fundado en datos, indicios y razonamientos persuasivos. Debo confesar que, en mi caso, ha servido para derribar desconfianzas y escepticismos que alentaba hacia algunos países, sumidos en problemas que me parecían obstáculos insalvables para que en ellos echaran  raíces en un futuro próximo instituciones y costumbres democráticas sobre bases estables. Desde luego, Krauze es muy consciente de la enorme diversidad existente entre la veintena de países de América Latina y de la imposibilidad de que todos ellos progresen al mismo ritmo y de la misma manera. Es también muy lúcido sobre los desafíos mayores para la democratización que representan el narcotráfico y su inmenso poderío económico y el crecimiento desaforado de la delincuencia y la corrupción que en gran parte es su consecuencia. Lo que señala es una tendencia general a la que, unos más rápido y otros con retardo, todos se van sumando, algunos con entusiasmo y lucidez y los demás a regañadientes y hasta sin darse cuenta cabal del proceso modernizador en el que están inmersos.
Según Krauze no es casual que en la América Latina de nuestros días no haya sino una sola dictadura de tipo clásico, la de la Cuba castrista, una semidictadura demagógica y corrupta, la Venezuela de Hugo Chávez, y un par de democracias populistas y secuestradas por caudillos como la Bolivia de Evo Morales y la Nicaragua de Daniel Ortega, en tanto que todos los otros países, no importa cuán imperfectas sean todavía sus instituciones, parecen haber optado de manera resuelta por Estados de Derecho basados en la democracia política y economías de mercado. Más importante todavía: el modelo socialista autoritario que en los años sesenta y setenta reclutaba a todas las vanguardias políticas del continente y era el santo y seña de sus juventudes, está hoy prácticamente en ruinas, condenado a una marginalidad que se sigue encogiendo y que alientan apenas grupos y grupúsculos huérfanos de calor popular, en tanto que una nueva izquierda, como la que gobernó en Chile con la Unidad Popular y que gobierna ahora en países como Brasil, Uruguay, El Salvador y Perú, ha dejado atrás sus viejos sueños colectivistas y estatistas y optado por el pragmatismo democrático y de economías abiertas de la social democracia europea.
El camino para llegar hasta aquí –a la modernidad y el realismo políticos– ha sido largo, sangriento, de confusión y delirio ideológicos, sueños utópicos de redención social a través de la violencia, la guerra civil, dictaduras atroces, democracias paralizadas por la ineptitud y la venalidad de sus líderes, burócratas y parlamentarios, y Enrique Krauze lo traza en síntesis brillantes y elocuentes a través de los perfiles biográficos. Por momentos, como en las páginas dedicadas a José Vasconcelos, a Evita Perón, al Che Guevara y al Subcomandante Marcos, el libro alcanza vuelos épicos, relata deslumbrantes peripecias aventureras que parecen provenir más de las fantasías locas del realismo mágico que de una realidad documentada. Los repetidos fracasos, las enormes desigualdades económicas y sociales, el sufrimiento que las repetidas desventuras políticas han ido sembrando por todo el continente, poco a poco han ido empujando a las sociedades latinoamericanas hacia el realismo, es decir, hacia los consensos democráticos, el primero, el de coexistir en la diversidad política sin entrematarse, acatando los veredictos electorales, la renovación periódica de los gobiernos, el respeto a la libertad de expresión y al derecho de crítica, la aceptación de la propiedad, de la empresa privada y del mercado como mecanismos indispensables del desarrollo económico. Todo ello ha ido imponiéndose poco a poco, por la fuerza de las cosas, a través de la evolución de una derecha y una izquierda que, no sin reticencias y traspiés, han ido renunciando a sus viejas obsesiones excluyentes y violentistas, y cambiando de métodos.
Desde luego que nada de esto es irreversible. Enrique Krauze no cree que la historia tenga leyes inflexibles a las que los pueblos estén sometidos como los astros a la ley de gravedad, sino que aquella fluctúa, avanza o retrocede y a veces gira sobre sí misma de manera tautológica. Pero las conclusiones de su libro son elocuentes y estimulantes: comparada, no con el ideal, sino con su pasado mediato e inmediato, América Latina ha progresado de manera notable. Si sus economías van creciendo y han resistido mejor la crisis financiera que causa estragos en Estados Unidos y en Europa es porque ahora es más libre que en el pasado y porque la cultura de la libertad ha ido impregnando tanto su realidad política como la social y la económica. Nada indica que en el futuro inmediato esta tendencia vaya a cambiar. Todo lo contrario. Habría que ser ciego porfiado en materias ideológicas para creer que todavía la Cuba totalitaria, donde siguen muriendo los disidentes perseguidos por la policía política, o la Venezuela arruinada y enconada por las malas artes de Hugo Chávez, pudieran ser el modelo hacia el cual se encamina el resto del continente. Es evidente que esos regímenes representan anacronismos en proceso de desintegración –muy lenta, por desgracia– en un contexto en el que lo que se va imponiendo de manera inequívoca es el modelo democrático liberal.  
Como soy uno de los doce protagonistas de Redentores, y Krauze me dedica un generoso ensayo, he tenido dudas hamletianas antes de reseñarlo. Sé de sobra las suspicacias que este artículo puede despertar. Pero lo hago porque, como todavía las ideas que su autor defiende tienen tanta dificultad para ser reconocidas y aceptadas en el medio intelectual latinoamericano –paradójicamente más retrógrado que el político y el económico–, me temo que no tenga la difusión que se merece y sea víctima de la discriminación y censura que aún practica el establishment cultural, controlado por un progresismo de pacotilla. Krauze tiene el coraje de proclamarse un liberal en un medio donde todavía esta parece una mala palabra, asociada a las ideas de explotación y egoísmo capitalista, y otro de los grandes méritos de su ensayo es devolver a aquella su prístino sentido de defensor y amante de la libertad como valor supremo, pero de ninguna manera disociada de la justicia y de la convicción de que ésta, en el dominio social, sólo puede significar la creación de una sociedad donde haya igualdad de oportunidades para todos. En este sentido, tiene muchísima razón cuando sostiene que el liberalismo está más cerca de la social democracia que del conservadurismo, y que, buena parte del proceso de modernización de América Latina se debe a que, sin que nadie lo quisiera ni advirtiera, ambas tendencias se han ido acercando y confundiendo en la realidad, empujando de este modo la civilización y haciendo retroceder la barbarie. Su libro es un hito decisivo en este proceso civilizador.
Londres, enero de 2012


Vargas Llosa, en la semana del estruendo


Fuente original: El Cultural de España

Por Luis María Anson, de la Real Academia Española

LUIS MARÍA ANSON | Publicado el 15/10/2010



Ernesto Sáenz de Buruaga, que está haciendo un formidable programa en la Cope, tuvo la generosidad de recordar las palabras pronunciadas por mí el pasado mes de abril cuando la Fundación Marazuela entregó, en un acto solemne, presidido por el alcalde de Las Rozas, Bonifacio de Santiago, el premio a la personalidad más destacada del año a Mario Vargas Llosa. Terminé mi discurso pidiendo a los asistentes que dedicaran un aplauso de agradecimiento “al escritor que este año ganará el Premio Nobel de Literatura. Tengo ya reservadas habitaciones en Estocolmo para el mes de diciembre”. No se trataba de un scoop, sino de un deseo. No me quiero adornar con laureles que no me corresponden. Han sido muchos los años en que he dicho o he escrito lo mismo. Quien andaba metida en el tejido de la información literaria era Blanca Berasátegui y por eso le hizo al novelista la espléndida entrevista premonitoria que fue hace un mes portadón de esta revista de referencia en el mundo cultural español e iberoamericano. Lo recordé a los lectores en el artículo que publiqué en El Mundo el viernes pasado: Vargas Llosa, un Premio Nobel contra la moral degradada por la codicia.

Las cámaras de televisión, los micrófonos radiofónicos, los fogonazos de internet, la efervescencia de los periódicos impresos han encendido de estruendos y parafernalias la semana de un escritor que destacó siempre por la sencillez y la discreción. De tanta apoteosis y tantas manifestaciones van a quedar, sobre todo, algunos artículos. Quiero destacar el más profundo y emotivo de cuantos he leído: el de Fernando Iwasaki, Enfermo del Perú.

Pero me gustó también por su alcance el de Enrique Krauze, al que admiraba tanto Octavio Paz. Y el de Juan Cruz, conocedor minucioso de la obra del autor de La casa verde. Y el de Víctor García de la Concha en La Razón y el de Carmen Iglesias en El Mundo.

Ángeles González-Sinde, El vicio de interpretar la vida, superó de lejos a los artículos de los otros políticos, llenos casi todos de ignorancia, de tópicos, de lugares comunes y de petulancia. Bien Fernando Savater. Y Cercas. También Carlos Rodríguez Braun.

Espléndido como siempre Ignacio Camacho. Es el más destacado columnista de ABC, al que acompañaron Carrascal, Edwards, César Antonio Molina y el inteligente y experto Tulio Demicheli. Raúl del Pozo, erizante, como siempre. Y con él, en El Mundo, me gustó especialmente la profundidad de Darío Villanueva, los chispazos de Inocencio Arias, la serenidad de Luis Antonio de Villena, la ecuanimidad de Raúl Rivero, la capacidad crítica de Santos Sanz.

Este recorrido a vuela pluma sólo subraya la punta del iceberg. Periodistas, novelistas, críticos, intelectuales de todo el mundo desmenuzaron en los periódicos impresos, hablados, audiovisuales y digitales la obra del nuevo Premio Nobel de Literatura. La cultura así globalizada explosionó en el altar de internet dejando un reguero de dioses y de sueños.

Ah, y en un par de periódicos escribió también Aitana Sánchez Gijón. En La verdad de las mentiras, en Odiseo y Penélope y en Las mil noches y una noche se enfrentó con ventaja profesional a un Vargas Llosa actor que salió discretamente airoso del envite. Sobre todo en Las mil noches y una noche. Asistí yo a la representación en los jardines del Palacio Real, desde donde el Rey de España gobernó al Perú hasta los primeros años del siglo XIX. Aitana estaba llena de gracia aquella noche y era la inteligencia maherida, el fulgor de las caderas en agraz, la piel manantial, el vino rojo en la mirada, un sueño sin fin que se derrama.

Cerramos hoy la semana del estruendo para Mario Vargas Llosa. Él sabe mejor que nadie que los premios literarios son sólo los sonajeros del escritor. Lo que importa es el trabajo nuestro de cada día. Y Vargas Llosa, que está siempre al borde de las cuartillas en blanco, morirá con la pluma puesta, sin sustraer un solo día a su trabajo de escritor.
 

Carta de Luis María Ansón a Mario Vargas Llosa


MARTES 9 DE AGOSTO DE 2011



Querido Mario:
Eres el intelectual en español más influyente del mundo. Eso lo escribí antes del Nobel de Literatura. Y aunque los premios son solo los sonajeros del escritor, está claro que los académicos suecos han robustecido la influencia que, con permiso de Patricia, ejerces en los cinco continentes a favor de la libertad y la honradez política.

Estuviste siempre contra la dictadura. Zurraste sin piedad a Pinochet, desenmascarando sus manejos subterráneos. Denunciaste a la vez, como Octavio Paz, el fondo real de la tiranía de Fidel Castro. Y te has enfrentado con dictadores del más vario pelaje político. Tuviste además el valor de basurear a esos intelectuales progresistas de salón, que condenaban a Pinochet pero ensalzaban a Castro. Te han abofeteado en no pocos sitios por tu independencia frente a lo que durante muchos años establecía, como políticamente incorrecto, el sectarismo soviético internacional. Despreciaste olímpicamente a las ovejas merinas que, al decir de Ortega y Gasset, se dedican a balar siempre tras el carnero adalid. Supiste mantenerte impávido ante la palabra estevada y el ademán letrinal y alzaste tu voz por encima de vertederos totalitarios, comunistas o fascistas.

Y, claro, has escrito el mejor artículo político –Retorno a la dictadura, no– que he leído en los últimos años. Eliminados los candidatos más razonables, tus compatriotas se debaten entre dos males que les solicitan: la incertidumbre de Ollanta Humala o el riesgo dictatorial de Keiko Fujimori. La honradez intelectual te ha llevado a apoyar al candidato izquierdista con el que se puede salvar la libertad si los peruanos consiguen alinearle junto al chileno Lagos, el brasileño Lula o el uruguayo Mujica. Se trata de una apuesta arriesgada, pero es la única que puede resguardar en el Perú la libertad recuperada.

Tu apuesta por Humala tiene mucho riesgo. Pero el riesgo con la hija de Fujimori sería mayor. Keiko significa “legitimar el régimen que envileció la política y sembró la violencia en nuestro país”. La democracia peruana solo tiene diez años. Está demasiado tierna y no puede caer en la desmemoria. El retorno del fujimorismo la haría trizas. Me has convencido, querido Mario, tienes razón. Tú sabes el cariño profundo que siento por el Perú y la admiración que me suscitan sus intelectuales y el pueblo de tu nación azul y vegetal, la de la palabra pedernal y España en el corazón. Así es que te escribo estas líneas públicas para darte la enhorabuena por la lucidez de tu artículo; también por el valor que una vez más has demostrado. “La manera más segura de calmar a un tigre –escribió Adenauer– es dejar que te devore”. Tu has sabido enfrentarte a lo largo de toda tu vida a los tigres voraces de la dictadura.  


Carta publicada en el diario EL MUNDO.

Luis María Anson elogia la postura electoral de Vargas Llosa

Fuente original: redacción de La Mula
El periodista, escritor y miembro de la Real Academia de la Lengua Española, Luis María Anson, elogió al Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, por su valentía para enfrentar dictaduras y manifestarse en contra del “riesgo dictatorial” de Keiko Fujimori y apoyar la “incertidumbre” de Ollanta Humala quien puede salvar la libertad si “los peruanos consiguen alinearle junto al chileno Lagos, el brasileño Lula o el uruguayo Mujica”.
“Se trata de una apuesta arriesgada, pero la única que puede resguardar en Perú la libertad recuperada” añadió.
Luis María Anson es uno de los periodistas más influyentes de la derecha en España, razón por la cual su apoyo a la candidatura de Ollanta Humala ha generado sorpresas, sobre todo en el sector conservador peruano que parece decantarse por la candidatura de Keiko Fujimori.
A continuación, va la columna completa  de Luis Maria Anson publicado en el diario “El mundo” de España:
Querido Mario
Eres el intelectual en español más influyente del mundo. Eso lo escribí antes del Nobel de la Literatura. Y aunque los premios son solo los sonajeros del escritor, está claro que los académicos suecos han robustecido la influencia que, con permiso de Patricia, ejerces en los cinco continentes a favor de la libertad y la honradez política.
Estuviste siempre contra la dictadura. Zurraste sin piedad a Pinochet, desenmascarando sus manejos subterráneos. Denunciaste a la vez, como Octavio Paz, el fondo real de la tiranía de Fidel Castro. Y te has enfrentado con dictadores del más vario pelaje político. Tuviste además el valor de basurear a esos intelectuales progresistas de salón, los caviar y el domperignon, que condenaban a Pinochet pero ensalzaban a Castro. Te han abofeteado en no pocos sitios por tu independencia frente a lo que durante muchos años establecía, como políticamente incorrecto, el sectarismo soviético internacional. Despreciaste olímpicamente a las ovejas merinas que, al decir de Ortega y Gasset, se dedican a balar siempre tras el carnero adalid. Supiste mantenerte impávido ante la palabra estevada y el ademán letrinal y alzaste tu voz por encima de vertederos totalitarios, comunistas o fascistas.
Y, claro, has escrito el mejor artículo político -Retorno a la dictadura, no- que he leído en los últimos años. Eliminado el candidato peruano más razonable, tus compatriotas se debaten entre dos males que les solicitan: la incertidumbre de Ollanta Humala o el riesgo dictatorial de Keiko Fujimori. La honradez intelectual te ha llevado a a apoyar al candidato izquierdista con el que se puede salvar la oportunidad sí los peruanos consiguen alinearle junto al chileno Lagos, el brasileño Lula o el uruguayo Mujica. Se trata de una apuesta arriesgada pero la única que puede resguardar en Perú la libertad recuperada.
Tu apuesta por Humala tiene mucho riesgo. Pero el riesgo con la hija de Fujimori sería mayor. Keiko significa “legitimar el régimen que envileció la política y sembró la violencia en nuestro país”. La democracia peruana solo tiene diez años. Está demasiado tierna y no puede caer en la desmemoria. El retorno del fujimorismo la haría trizas. Me has convencido, querido Mario, tienes razón. Tu sabes el cariño profundo que siento por Perú y la admiración que me suscitan sus intelectuales y el pueblo de tu nación azul y vegetal, la de la palabra pedernal y España en el corazón. Así es que te escribo estas líneas públicas para darte la enhorabuena por la lucidez de tu artículo Retorno de la dictadura, no; también por el valor que una vez más me has demostrado. “La manera más segura de calmar a un tigre -escribió Adenauer- es dejar que te devore”. Tu has sabido enfrentarte a lo largo de toda tu vida a los tigres voraces de la dictadura.

domingo, 15 de enero de 2012


Matrimonio en Bombay



15 de enero de 2012
Escribe Mario Vargas Llosa

Roberto es un peruano de Lima y Nus una india de Bombay. Ambos estudiaron en Estados Unidos y trabajan para una compañía de publicidad transnacional. Se conocieron en Nueva Delhi, se enamoraron en Shanghái donde fueron a hacer una campaña publicitaria y ahora residen en Nueva York. Allí tomaron la decisión de casarse. El matrimonio se celebrará en Bombay, residencia de la familia de la novia. Como Roberto es hijo de unos amigos muy queridos, Patricia y yo hemos venido a acompañarlos y, con nosotros, más de un centenar de forasteros de medio mundo, sobre todo, peruanos.
Este enlace y estos amores son un producto de la globalización, no hubieran sido posibles unos años atrás. Nus es la primera persona de su extenso linaje que se casa por amor. Hasta ahora, en su familia los matrimonios fueron siempre arreglados, como sigue ocurriendo en innumerables hogares indios, y, principalmente, entre las familias de religión musulmana que, como los progenitores de Nus, pertenecen a la secta Bohri, de un millón de prosélitos, caracterizada por su fidelidad a la tradición.
Cuando Nus informó a sus padres que quería casarse con Roberto, aquéllos se alarmaron. Su madre le propuso un muestrario de pretendientes, pero ya que la muchacha no daba su brazo a torcer, la familia aceptó conocer al exótico joven procedente del Perú –y, encima, de familia nazarena– que aspiraba a desposar a su hija. Roberto vino a Bombay, se las arregló para pasar el examen y seducir a sus futuros parientes políticos, los que, finalmente, consintieron a la boda.
Ésta durará cuatro días y constituirá una obra sutil de equilibrio religioso, musical, sociológico, diplomático e idiosincrático. El primer día consta de una ceremonia privada a la que asisten sólo las familias. Se firma el contrato matrimonial y el abuelo de Nus la “entrega” simbólicamente a su novio. Los otros tres días consisten en fiestas y cenas copiosas, con bailes, canciones, espectáculos y manjares donde se alternan la tradición y lo moderno, el oriente indio, la América gringa e hispánica y fogonazos del resto del mundo.
El Hotel Taj Mahal Palace, ya restaurado en su antigua magnificencia de los estragos que le infligieron unos terroristas venidos de Pakistán, que destrozaron sus instalaciones y las sembraron de sangre y de cadáveres,  es el escenario de la ceremonia llamada Mehndi. A los invitados hombres nos enturbantan y a las damas unos diligentes diseñadores les bordan en las manos y en los pies los delicados encajes “henna”, portadores de buena suerte, con una tintura que se irá desvaneciendo al paso de los días. Las guayaberas y las chaquetas se entreveran con los blusones y las camisolas, las sandalias y pantuflas con los zapatos, así como los saris delicados con atrevidas minifaldas occidentales. De acuerdo a las instrucciones, se evitan los atuendos en blanco y en negro. Hay un colorido espectáculo de  bailarinas, cantantes y músicos de Rajastán y una comida estrictamente vegetariana, de misteriosa factura y ardiente como el fuego. Que no se sirva gota de alcohol no es obstáculo para que los jóvenes, la gran mayoría de asistentes, se lancen a bailar las danzas locales y formen al poco rato una algarabía frenética, haciendo figuras, rondas, trencitos, en torno a los novios que presiden la fiesta en estado de trance. Yo resisto hasta la medianoche pero aquello se alarga hasta el amanecer.
La fiesta del día siguiente, llamada Sangeet, es informal y más latina que india. La terraza del Hotel Intercontinental, que mira al Mar de Arabia, ha sido transformada en una explanada caribeña –uno se creería en Santo Domingo,  Cartagena o Jamaica– y la música que atruena la noche son merengues, cumbias, mambos, guarachas, románticos boleros y, por fin, las indescifrables danzas modernas norteamericanas. Se brinda con vino, champagne, whisky, y los indios, ahora en franca minoría ante los latinos, toman el desquite cuando los amigos y amigas de los novios presentan un número de danza inspirado en los melodramas musicales de Bollywood, la más fecunda productora de películas del mundo –cerca de mil al año y en treinta lenguas distintas– que tiene sus desarrapados estudios en las afueras de Bombay. Es divertido, cómico, simpático, y acaba de romper las barreras de idiomas, creencias y costumbres y confundir a todos los jóvenes en un jolgorio de sincretismo exaltado y glorioso. Cuando me arrastro hasta mi hotel, aquello sólo está empezando.
La ceremonia del último día, Walima, es la más bonita y llamativa. En ella no se bebe alcohol ni se bailan danzas modernas, se desfila por la calle y luego, en un hermoso jardín vecino al Paseo Marítimo, se felicita y despide a los novios, mientras se degustan las especialidades culinarias de la comunidad Bohri preparadas por la familia de Nus. El atuendo indio prevalece y muchos extranjeros llevan también Salwaar Kameez, blusas y faldas Lehenga, saris, chaquetas Nehru, turbantes y babuchas. El desfile callejero, desde el Trident Hotel, dura varias cuadras. Los novios van en lo alto de una carroza decorada con flores y tirada por caballos, mientras a su alrededor  parientes y amigos cantan alabanzas y hacen votos de buena fortuna para los recién casados. Una pequeña orquesta con cornetas, tambores y platillos escapada de una película de Fellini preside el cortejo.
La gente de las veredas y los autos sonríe, saluda, envía buenaventuras y, de pronto, descubro que, también aquí, entre las bellas muchachas envueltas en sedas, los caballeros elegantes y las damas que lucen sus joyas, se han entreverado los mendigos: ancianos, hombres y mujeres, niños que apenas han aprendido a andar, con las manos estiradas, luciendo sus harapos, su ceguera, sus muñones, su delgadez esquelética, su desamparo. Son la presencia brutal de la realidad en este cuento de hadas.
Las estadísticas dicen que la India, la más grande democracia del mundo, viene dando una formidable batalla contra la pobreza, creciendo desde hace quince años a un promedio parecido al de China –entre un 9 y 10 por ciento anual– y que cada año millones de pobres dejan de serlo y se incorporan a las pujantes clases medias.  Todo ello es cierto. Pero las verdades estadísticas no dicen nunca toda la verdad. Lo que ocultan (y esto vale también para China, Brasil y todos los nuevos gigantes) es que, a pesar de ese admirable progreso, decenas y, acaso, centenas de millones de indios han quedado atrás, varados, y no tendrán ya la oportunidad de salir del infierno de miseria y desesperanza.
Eso es lo que nos recuerdan los mendigos de esta fascinante y estremecedora ciudad cuyas calles atestadas parecen salidas de las parábolas de Borges sobre el infinito y la vertiginosa eternidad. Están por todas partes, callados, pacíficos, terribles: a las puertas del Museo Nacional y sus hermosas colecciones de pinturas nepalesas y tibetanas; en torno a la desvencijada mansión victoriana Mani Bhavan , donde vivió el asceta Mahatma Gandhi que con su limpia palabra y sus ayunos derrotó al imperio británico; al pie de la Puerta de la India y en los andenes y escalinatas de la Victoria Terminus Station, tan presente en las historias de Rudyard Kipling,  parecida a la estación St. Pancras de Londres, pese a las capas de mugre que recubren sus relojes, lampadarios, balcones, asientos y techos, ventanales y paredes de falso gótico, y están también en el embarcadero donde los turistas suben a los barquitos que los llevarán a la isla de Elefanta, a ver las monumentales esculturas de Shiva excavadas en las grutas.
Están allí porque en Bombay, a diferencia de lo que ocurre en Lima, Madrid, México o Río de Janeiro, la pobreza y la riqueza no tienen sus barrios acotados para que aquella no turbe ni asuste a quienes disfrutan de una vida digna. No, en esta ciudad  ricos y pobres andan mezclados de manera inextricable y, por ejemplo, la casa-rascacielos del multibillonario Ambaní, uno de los hombres más ricos del mundo, levanta hacia los cielos sus trescientas habitaciones desde una barriada donde deben apiñarse las familias más menesterosas de la ciudad.
Roberto y Nus, claro está, no pueden pensar en este momento en estas cosas tristes. Allí están, jóvenes, apuestos, ella bellísima en sus gráciles sedas, maquillada con arte impecable, y él, desenvuelto como si hubiera llevado toda la vida ese atuendo oriental. Reciben las felicitaciones con alegría y esperan el instante final, el de “los zapatos nuevos”, que, al ser entregados por la madre del novio a Nus, marcarán el término de la boda.
¿Serán felices? Para casarse han tenido que vencer enormes obstáculos, un excelente comienzo. Un matrimonio feliz es una empresa común y exige tanta dedicación, fervor, paciencia e insistencia como una gran novela. Gentes de cinco continentes y una veintena de países hemos venido aquí a exigirles que sean felices. No deberían defraudarnos.

domingo, 1 de enero de 2012


El Orden Espontáneo



Escribe Mario Vargas llosa
01 enero de 2012
Fuente original La República
El Negro Cucaracha fue uno de los capos indiscutidos de una de las cárceles de Lima durante muchos años y, me dicen, tiene el cuerpo hecho un crucigrama de cicatrices de tanta cuchillada que recibió en esos tiempos turbulentos. Es un moreno alto, fornido y de edad indefinible a cuyo paso la gente de Gamarra se abre como ante un río incontenible. Me lo han puesto de guardaespaldas y no sé por qué pues en este rincón de La Victoria me siento más seguro que en el barrio donde vivo, Barranco, donde no son infrecuentes los atracos con pistola.
El Negro Cucaracha es ahora un hombre religioso y pacífico. Se ha vuelto evangélico, anda con una biblia en la mano y en el largo paseo me recita versículos sagrados y me habla de redención, arrepentimiento y salvación con esa seguridad del creyente radical que a mí siempre me pone algo nervioso.
Gamarra comienza donde termina Mendocita, ahora un sector de La Victoria de clase media modesta, donde, en mi primer año universitario, 1953, yo participé en una encuesta para averiguar la composición social de la que era entonces la barriada más pobre y violenta de Lima, recién formada por migrantes que bajaban de la sierra en busca de trabajo. Mendocita ha progresado mucho desde entonces, pero lo que constituye un prodigio de desarrollo es la contigua Gamarra, paraíso de la informalidad y el capitalismo popular, y soberbio ejemplo de lo que Friedrich A. Hayek llamó el orden espontáneo. En este puñado de manzanas cuya densidad demográfica a estas horas de la mañana es la de un hormiguero, se produce más riqueza y hay más transacciones comerciales que sin duda en ningún otro lugar del Perú. Y por aquí no pasó el Estado ni gobierno alguno, ni las instituciones financieras formales, ni los créditos bancarios ni las normativas del Perú oficial. Todo esto que fermenta a mi alrededor con un dinamismo enloquecido es una creación de provincianos pobres y misérrimos que, huyendo del hambre, el desamparo y la violencia, dejaron sus aldeas andinas y, como no encontraron en la capital el trabajo que buscaban, tuvieron que inventárselo.
He venido porque hace unos días un empresario amigo que conoce bien Gamarra me contó algunas anécdotas sobre los personajes del lugar que me dejaron estupefacto. Me habló de un puneño al que llamaremos Tiburcio, a quien vio llegar a Lima muy joven, con poncho y ojotas, que sobrevivió vendiendo chupetes por las calles, y que ahora alquila tiendas y talleres de manufactura en estas calles por dos millones de dólares al mes. No exageraba ni una pizca. Tiburcio es uno de los íconos del barrio. Tiene once edificios, incontables tiendas y talleres y, desde hace poco, una fábrica de etiquetas en México.
Me recibe en el más moderno de sus locales y me muestra orgulloso una foto panorámica del minúsculo pueblecito, a orillas del lago Titicaca, donde nació. Habla un buen español, con música aimara, y despide energía y optimismo por todos los poros de su cuerpo. ¿Cómo lo hizo? Trabajando día y noche, ahorrando lo que podía y durmiendo en las calles, al principio. Lo ayudaron otros puneños que habían ya progresado y, por eso, él ayuda a los provincianos que vienen a Lima sin otro capital que su voluntad de salir adelante. Me asegura que el dinero que presta se  lo devuelven en el 99 por ciento de los casos. “Me sobran dedos en las manos para contar las veces que me han estafado. Y eso que nunca pedí recibo por los préstamos”. Ha crecido tanto que, ahora, intenta formalizar por lo menos una parte importante de sus negocios y, para ello, ha contratado como gerente al primer banquero que le abrió una cuenta corriente.
Son pocas las transacciones que se hacen en Gamarra que figuran en contratos. Prima la palabra, que es sagrada, y el que la viola la paga: se le cierran todas las puertas y se vuelve un apestado. Le conviene huir y no volver por estos lares. Por doquier me dicen que la delincuencia es menor que en otros barrios y que no son muchos los dueños de negocios y locales que tienen seguridad privada. 
El precio de la propiedad alcanza cifras vertiginosas. Mi amigo me jura que, aunque parezca imposible, no hace mucho se vendió un local en el epicentro de Gamarra ¡a 28 mil dólares el metro cuadrado! Es decir, más caro que los barrios más caros de Nueva York, Fráncfort, Zúrich o Tokio.
Se comercia de todo pero principalmente paños y telas, y ropa que es confeccionada en talleres del mismo barrio. Son centenares, equipados con maquinaria muy moderna, y miríadas de trabajadores de ambos sexos que hilan, cortan, cosen y empaquetan a un ritmo frenético, a menudo oyendo huaynos y música chicha por altoparlantes a todo volumen. Algunos talleres están en las alturas, con una vista circular sobre el centro de la ciudad y los cerros aledaños, y otros en sótanos atestados que se hunden cuatro o cinco pisos en el subsuelo limeño. Mañana y tarde un verdadero río de camiones, camionetas, autos y hasta carretillas y motos se llevan esa mercadería por todos los rincones del Perú y también al extranjero.
Una de las tiendas mejor provistas es la de don Moisés (tampoco éste es su nombre). Es uno de los más antiguos y respetados comerciantes del barrio. Todos hablan de él con reverencia y gratitud. No es un provinciano sino un criollo, uno de los pocos que representa a Lima en este Perú en pequeño formato que es Gamarra. Según él, este emporio nació en los años sesenta, cuando algunos migrantes advirtieron que los camiones que traían animales y artículos de panllevar al Mercado Mayorista regresaban vacíos al interior del país. Se les ocurrió entonces utilizar ese transporte para enviar mercancías a sus pueblos y así comenzó a rodar la bolita de nieve que convertiría este pedazo de la vieja Lima en el vórtice de trabajo y riqueza que es ahora.
Los empresarios y comerciantes de Gamarra son unos liberales que se ignoran. Desconfían del Estado y del gobierno y repiten como un mantra: “¡Si sólo nos dejaran trabajar!”. Ahora se quejan de la disposición que prohibió temporalmente y aún mantiene ciertas restricciones para importar hilados de la India, una medida que, dicen, ha conseguido el lobby de los productores de hilados nacionales, más caros y menos variados que los que traían de Bombay o Kerala. Eso encarece sus costos y favorece a los fabricantes colombianos, sus grandes competidores en el mercado manufacturero nacional y americano. ¿Qué quisieran, pues? Que se abrieran las fronteras y la globalización de la que tanto se habla fuera una realidad también en el Perú.
Las horas que paso en Gamarra me ilustran mejor que muchos estudios sobre el Perú de nuestros días. En las elecciones del año pasado, cuando advirtieron que los pobres del Perú votarían por Ollanta Humala, las clases dirigentes (que nunca han dirigido nada y vivido casi siempre del mercantilismo) entraron en pánico y, creyendo que se venía un segundo Hugo Chávez, volcaron todo su poderío a favor de Keiko Fujimori, la hija del dictador que cumple 25 años de cárcel por asesino y por ladrón. Pese a ello, esta última perdió la elección. Humala ha respetado escrupulosamente la Hoja de Ruta que prometió seguir en la segunda vuelta electoral, es decir, mantener la democracia y las políticas de mercado que en los últimos once años han traído al Perú un desarrollo sin precedentes en su historia.
¿Por qué el presidente Humala tomó distancia de Hugo Chávez y adoptó las políticas de Brasil, Uruguay o Colombia? Más que por una conversión ideológica, por una percepción clara de la realidad: porque, para que sea posible la inclusión social que es su objetivo primordial, es indispensable que haya riqueza y empleo y para ello no hay otro camino que el que siguen los hombres y las mujeres de Gamarra. Estos descubrieron a través de su experiencia algo que todavía muchos dirigentes de la izquierda, cegados por la ideología, se niegan a aceptar: que el verdadero progreso social no pasa por el estatismo ni el colectivismo –inseparables a la corta o a la larga de la dictadura– sino por la democracia política, la propiedad privada, la iniciativa individual, el comercio libre y los mercados abiertos.
El Perú va por el buen camino y ni la derecha fujimorista ni la izquierda obtusa y anacrónica están por el momento en condiciones de apartarlo de él.